Uno de los desafíos más difíciles para muchos obreros cristianos es la falta de madurez emocional para afrontar las críticas que surgen al estar al frente de una iglesia. Como pastores y ministros, entendemos que vivimos bajo la mirada constante de los demás. Todos nos observan, todos forman una opinión sobre nosotros y, lamentablemente, muchos comparten esas opiniones con otros. Esto puede ser profundamente doloroso para cualquiera.
En su libro sobre liderazgo espiritual, el pastor Paul Chappell citó a un pastor que escribió: “Las cualidades de un pastor son tener la mente de un erudito, el corazón de un niño y la piel de un rinoceronte.” También se ha dicho: “Trata tanto la crítica como los elogios como chicles: mastícalos un poco, pero no los tragues.”
“Trata tanto la crítica como los elogios como chicles: mastícalos un poco, pero no los tragues.”
Cada ministro del Señor enfrenta una tarea sumamente desafiante: predicar la perfecta Palabra de Dios mientras sigue siendo un ser humano imperfecto y con debilidades. Todo predicador reconoce esta realidad y, por ello, procura ministrar con la gracia de Dios, consciente de que él mismo aún no ha alcanzado la plenitud de lo que debería ser como cristiano. Gracias a Dios, Su llamado al ministerio no exige perfección, porque si así fuera, ninguno de nosotros podría predicar Su Palabra.
“Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros,” 2 Corintios 4:7
Con el paso de los años, he comprendido cada vez más la enorme importancia de mantener una salud espiritual y emocional sólida. Muchos abandonan el ministerio porque, ante las múltiples presiones ministeriales, terminan emocionalmente agotados, lo que hace imprescindible una vida espiritual fuerte.
Cuando me enseñaron esto en el instituto bíblico, lo consideré importante; pero ahora, después de 23 años en el ministerio, entiendo que es absolutamente crucial. Pastores en todas partes están dejando el ministerio, y las principales razones siguen siendo el desánimo, las dificultades financieras y las tentaciones relacionadas con el sexo opuesto. Estos factores continúan afectando a muchos hombres de Dios, recordándonos la necesidad de estar firmes y fortalecidos en el Señor.
En el libro “Pastores en alto riesgo” HB London dijo: “El pastor típico tiene su mayor impacto ministerial en una iglesia entre los años 5 y 14 de su pastorado; desafortunadamente, el pastor promedio dura solo cinco años en una iglesia.”
“El pastor típico tiene su mayor impacto ministerial en una iglesia entre los años 5 y 14 de su pastorado; desafortunadamente, el pastor promedio dura solo cinco años en una iglesia.”
En el libro “Replenish” por Lance Witt da estos numeros sorprendentes del ministerio:
• El 80% de los pastores y el 85% de sus esposas** se sienten desanimados en el ejercicio de su ministerio.
• El 70% de los pastores carece de un amigo cercano, un confidente o un mentor en quien apoyarse.
• Más del 50% de los pastores están tan desalentados que renunciarían al ministerio si tuvieran otra forma de sostenerse económicamente.
• Más del 50% de las esposas de pastores consideran que la decisión de su esposo de entrar al ministerio ha sido lo más perjudicial para su familia.
• El 30% de los pastores confesaron haber tenido una aventura amorosa o un encuentro sexual con un miembro de su congregación.
• El 71% de los pastores afirman sentirse agotados y luchan contra la depresión, enfrentando no solo fatiga semanal, sino también diaria.
• Solo uno de cada diez ministros logrará llegar a la jubilación permaneciendo en el ministerio.
Existen muchas tazones del porque esta sucediendo esto, pero solo quiero señalar unas de las que resaltan.
1. DEMASIADO TRABAJO Y FALTA DE RENOVACIÓN ESPIRITUAL.
Si soy sincero, conozco este error de primera mano, y lo conozco muy bien. Por eso decidí comenzar con este punto. Es fácil quedar atrapado en la preparación del próximo sermón y olvidar la importancia de alimentar nuestra propia vida espiritual. Hace años, me di cuenta de que mi tanque espiritual estaba vacío. Predicaba constantemente, pero no estaba nutriendo mi alma. En mi afán por servir a Dios, descuidé mi relación con Él.
Cuando esto sucede, tu vida entra en crisis. Como líderes, tendemos a justificarnos con el argumento de que estamos demasiado ocupados, pero mientras tanto, nuestra alma se debilita. Y cuando el alma se debilita, también lo hace nuestra capacidad para enfrentar las demandas del ministerio. El enemigo sabe detectar nuestro mayor descuido. Sabe cuándo nuestro corazón cruza la línea entre adorar a Dios y convertir en ídolo nuestro ministerio, nuestra labor o incluso nuestra identidad como siervos.
El enemigo sabe detectar nuestro mayor descuido.
El autor Lance Witt lo expresó de manera poderosa:
“Hemos descuidado el hecho de que la mayor herramienta de liderazgo de un pastor es un alma sana. Nuestra concentración en la habilidad, la técnica y la estrategia ha dado como resultado que se le reste importancia a la vida interior. El resultado es un número cada vez mayor de hombres y mujeres que lideran nuestras iglesias estando emocionalmente vacíos y espiritualmente secos.” Lance Witt.
Mantener una vida espiritual saludable no es opcional; es esencial. Antes de ministrar a otros, debemos asegurarnos de que nuestro propio corazón esté conectado con Dios.
“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida.” Proverbios 4:23
“Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús.” 2 Timoteo 2:1
“Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza.” Efesios 6:10
Es muy fácil caer en la trampa de “servir a Dios” mientras, poco a poco, terminamos sirviéndonos a nosotros mismos. El mayor peligro de no reabastecer nuestra vida espiritual es que nos debilita ante los desafíos del ministerio. Un pastor que no cuida su vida interior es más vulnerable a caer en pecados inmorales. También es más propenso a la amargura, especialmente cuando su familia es criticada por la congregación.
Cuando nuestro interior está vacío, es fácil quebrantarnos sin razón aparente. Cualquier versículo nos conmueve hasta las lágrimas, porque nuestra alma clama por Dios. Nuestra vida interna anhela desesperadamente Su presencia. Si estamos demasiado ocupados para nutrir nuestra relación con Él, corremos el riesgo de vivir en un estado de vacío constante, y cuando se vive así, la caída se vuelve inevitable.
Las exigencias del ministerio pueden ser abrumadoras. Los pastores a menudo se ven atrapados entre la predicación, la consejería, la administración y sus propias responsabilidades familiares. La necesidad de estar siempre disponibles para otros puede llevar al agotamiento físico, emocional y espiritual. Por eso, el desgaste es una de las principales razones por las que muchos pastores terminan renunciando.
Nuestra tarea más importante es alimentar nuestra alma con lo que más necesita: Dios. Si estamos demasiado ocupados para hacerlo, nuestra vida interna se debilita, y cuando eso sucede, todo lo que hacemos para Dios se vuelve más difícil. Una vida interior fuerte es esencial para sostenernos en el llamado que hemos recibido.
“Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, Así clama por ti, oh Dios, el alma mía. 2 Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios? 3 Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche, Mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?” Salmos 42:1-3
2. DESANIMO MINISTERIAL
Es fácil experimentar sentimientos encontrados, especialmente cuando no vemos el crecimiento que esperamos en nuestras congregaciones. Cuando nos enfocamos en los aspectos negativos del ministerio, el desánimo puede apoderarse de nosotros, afectando nuestra pasión y propósito.
La situación se vuelve aún más difícil cuando tanto el pastor como su cónyuge están desanimados. En esos momentos, ninguno de los dos tiene la fuerza para levantar al otro, lo que hace que la carga del ministerio sea aún más pesada. Por eso, es crucial aprender a renovar nuestras fuerzas en Dios y recordar que nuestro llamado no depende de los resultados visibles, sino de la fidelidad con la que servimos.
“Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. 10 Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante.” Eclesiastes 4:9-10
Un matrimonio en el ministerio debe esforzarse aún más para mantener su relación y su ánimo a flote. Es fundamental que el estado emocional de uno no arrastre al otro hacia el desánimo. También se requiere madurez para discernir qué compartir y qué es mejor guardar en silencio. Con los años, he aprendido que mi esposa, por proteger mi espíritu, ha escuchado críticas hacia mí sin decírmelo. No todo merece nuestra atención.
Un matrimonio en el ministerio debe esforzarse aún más para mantener su relación y su ánimo a flote.
Lamentablemente, en matrimonios inmaduros, los cónyuges comparten información innecesaria que solo alimenta el desánimo. Es peligroso cuando el pastor y su esposa se sumergen en conversaciones sobre el descontento de la gente, convirtiendo la frustración en el centro de su vida. Para la esposa del pastor, es especialmente difícil ver a su esposo sacrificar tiempo con la familia solo para ser criticado, haciéndole sentir que todo esfuerzo ha sido en vano.
El ministerio también puede volverse agotador cuando las constantes quejas hacen que el matrimonio se sienta insuficiente. Si no se manejan adecuadamente, estas presiones pueden llevar a la amargura, un punto del que muchos no logran recuperarse, haciendo que su salida del ministerio sea inevitable.
Otra carga pesada para quienes sirven en el ministerio es cuando sus hijos son criticados. Es casi imposible evitarlo, ya que el pastor busca dirigir a su familia y su iglesia en los caminos del Señor. He tratado de enseñar a mi iglesia que mis hijos no son perfectos, al igual que los de ellos. Dios sabe que siempre he tratado los problemas de otros jóvenes con la misma gracia con la que quisiera que trataran a mis hijos si cayeran en el mismo pecado.
Esto lo aprendí al observar cómo algunos pastores enfrentaban serios conflictos en sus iglesias debido a un trato inconsistente: eran extremadamente severos con los hijos de otros, pero indulgentes con los suyos. Recuerdo un caso en el que un pastor disciplinaba a los jóvenes de la iglesia por enviar mensajes inapropiados al sexo opuesto, pero cuando sus propios hijos cayeron en inmoralidad, intentó encubrirlo. Decirle a la congregación: “¡Nadie tocará a mi familia!” no es la mejor manera de manejar una situación así. Un enfoque más sabio sería decir: “Traten a mis hijos con el mismo amor y gracia con los que yo traté a los suyos cuando cayeron en pecado.”
Nos guste o no, nuestras familias están bajo constante observación. A veces de manera justa, otras veces con un espíritu crítico. Esto puede ser agotador para cualquier familia pastoral. Es responsabilidad del líder del hogar fortalecer a su familia para que pueda soportar la crítica sin caer en la amargura.
Nos guste o no, nuestras familias están bajo constante observación.
En nuestra casa, una de las formas en que hemos combatido esto es evitando llevar “basura” al hogar. No llego quejándome de cada comentario negativo de los hermanos de la iglesia. Mis hijos aman a personas que, en algún momento, hablaron mal de mí o de mi esposa, porque nunca les hemos llenado la mente de resentimiento. No magnificamos cosas triviales ni hacemos un drama innecesario de las críticas. Ellos mismos han visto que hemos perdonado, y eso les ha enseñado a hacer lo mismo.
Cuando estas situaciones no se manejan bien, pueden llevar a una familia pastoral al desánimo, hasta el punto en que muchos prefieren abandonar el ministerio. Por eso, es esencial cultivar una vida de gracia, perdón y enfoque en Dios, para que ni el ministerio ni la familia se conviertan en una carga insoportable.
3. FALTA DE CRECIMIENTO EN LA IGLESIA.
Uno de los recordatorios más constantes de nuestra insuficiencia como pastores es la falta de crecimiento en nuestra congregación. El desánimo que surge de esto es una carga que muchos llevamos en silencio. Es difícil admitirle a alguien que nos sentimos como un fracaso, así que simplemente seguimos adelante con una sonrisa, mientras libramos una batalla interna.
Cuando mantenemos una buena salud espiritual, este desánimo es pasajero. Pero si descuidamos nuestra vida interna, puede volverse un peso crónico que afecta nuestra pasión y llamado. No debemos olvidar que nuestra responsabilidad es mantener una fortaleza espiritual mayor que la de aquellos a quienes guiamos. Como dijo Oswald Sanders:
“El liderazgo espiritual requiere poder espiritual superior, algo que el ego jamás podría generar. No existe nadie a quien se le pudiera llamar un líder espiritual autodidacta. Un verdadero líder influye a otros espiritualmente sólo porque el Espíritu obra dentro y a través de él en mayor grado que en aquellos a quienes guía.” J. Oswald Sanders
Algo que debo recordar constantemente es que Dios no me hace responsable de los resultados, sino de mi fidelidad. Mi tarea es trabajar diligentemente para Él, y Él se encargará de los frutos. Lo más importante es mantener una conciencia limpia, sabiendo que estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo y administrando bien nuestro tiempo.
Cuando el desánimo intenta apoderarse de mi mente por no ver el crecimiento que creo que deberíamos tener, me esfuerzo en recordar la Palabra de Dios. En especial, las palabras que Dios le dijo a Ezequiel, que me recuerdan que mi llamado no depende de los resultados visibles, sino de mi obediencia a Él.
“Yo, pues, te envío a hijos de duro rostro y de empedernido corazón; y les dirás: Así ha dicho Jehová el Señor. 5 Acaso ellos escuchen; pero si no escucharen, porque son una casa rebelde, siempre conocerán que hubo profeta entre ellos. 6 Y tú, hijo de hombre, no les temas, ni tengas miedo de sus palabras, aunque te hallas entre zarzas y espinos, y moras con escorpiones; no tengas miedo de sus palabras, ni temas delante de ellos, porque son casa rebelde. 7 Les hablarás, pues, mis palabras, escuchen o dejen de escuchar; porque son muy rebeldes.” Ezequiel 2:4-7
Es mi deber transmitir el mensaje, aunque no siempre sea bien recibido. Lo hago por obediencia a Dios, no por buscar la aprobación de los hombres. Mi deseo es ser fiel a Dios y cumplir bien la tarea que Él me ha encomendado.
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