EN MANOS DE LA TECNOLOGÍA

Es difícil poner en palabras las consecuencias tan severas que estamos viendo en las nuevas generaciones debido al bombardeo constante de las influencias digitales. Hoy vivimos en una cultura completamente conectada a una pantalla. Nadie puede negar los efectos que esta era digital ha tenido sobre nosotros. Lo hemos sentido todos —en nuestra atención, en nuestras emociones, en nuestras relaciones— y lo estamos viendo claramente en nuestros hijos.

Estamos presenciando un fenómeno que está afectando hasta el mismo núcleo de la familia. Cada vez menos familias pasan tiempo de calidad juntas, porque cada miembro está inmerso en su propio dispositivo. Nos ignoramos unos a otros, aún estando en la misma habitación. Llegamos al punto en que ni siquiera podemos ver una película completa sin sentir la necesidad de revisar el celular. ¡Jamás imaginé que tendría que pedirle a mi familia que guarde sus teléfonos solo para poder disfrutar juntos una película!

Cada vez menos familias pasan tiempo de calidad juntas, porque cada miembro está inmerso en su propio dispositivo

Y no hablo solo de otros… yo mismo me he dado cuenta de lo fácil que es distraerse. Recuerdo hace años, leyendo un libro sobre los peligros del mundo digital, cuando me cayó el veinte: yo también estaba cayendo en esa trampa. Es algo sutil, pero profundo. Antes, ver una película era la forma de desconectarse del mundo exterior. Hoy, estamos tan distraídos, que ni siquiera podemos hacer eso sin otro aparato en la mano.

Lo vemos por todos lados: familias sentadas en restaurantes, juntas físicamente pero emocionalmente separadas, cada uno absorto en su pantalla. Niños adictos a los dispositivos, mientras padres cansados optan por entregarles una tableta antes que corregir o atender una necesidad. Pero esa comodidad momentánea está generando un daño duradero. Cada día frente a una pantalla hiperestimula al niño, lo vuelve más impaciente, más antisocial, menos capaz de concentrarse y aprender. Estudios han revelado que el daño al cerebro por la adicción a los celulares es comparable al de ciertas drogas: la materia gris se ve afectada severamente.

Estudios han revelado que el daño al cerebro por la adicción a los celulares es comparable al de ciertas drogas: la materia gris se ve afectada severamente.

Estoy seguro que ningún padre desea ser la causa del retraso o daño en el desarrollo de su hijo. Sin embargo, muchos caen —quizás sin saberlo— en esa misma negligencia, al darles un celular cada vez que se portan mal o están inquietos. Hoy vemos niños incapaces de viajar en auto sin estar pegados a una pantalla. Por eso, hace poco decidí poner a prueba a mi propia familia. Emprendimos un viaje de 15 horas en carretera, y les dije a mis hijos: “No habrá películas ni pantallas, solo vamos a hablar, cantar, observar el camino y disfrutar el momento.” ¡Y sobrevivimos! Fue un reto, pero también fue una bendición.

Este artículo nace de la preparación de una clase que estaré dando en mi iglesia, titulada *“Perdiendo Generaciones”*. Y mientras preparaba, Dios me recordó cuántas cosas importantes sacrificamos cada vez que preferimos darles un celular a nuestros hijos en lugar de darles nuestro tiempo. Por eso quiero compartir contigo tres principios esenciales que debemos recordar como padres:

1. ES NUESTRO TRABAJO PREPARAR A NUESTROS HIJOS PARA EL FUTURO

“Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.” —Proverbios 22:6

Dios nos ha confiado la tarea de formar a nuestros hijos, de enseñarles cómo vivir en este mundo. Pero, ¿cómo lo lograremos si no podemos enseñarles ni a sentarse tranquilos por 20 minutos? ¿Cómo les enseñaremos a obedecer, a poner atención, a convivir sanamente, si no practicamos eso en casa?

Muchos padres ya ni quieren salir con sus hijos porque terminan peleando entre ellos por el mal comportamiento de los niños. Pero ese mal comportamiento en público revela la falta de disciplina en lo privado. La solución no es el celular. Un niño entretenido no es igual a un niño educado. Cuando se les acaba la batería, sale a la luz el verdadero corazón del niño.

Educar no es cómodo ni fácil, pero es nuestra responsabilidad. Invertamos tiempo enseñando lo básico: cómo obedecer, cómo escuchar, cómo estar presentes.

2. ES NUESTRA RESPONSABILIDAD VIGILAR QUÉ INFLUYE A NUESTROS HIJOS

Vivimos en una era donde las redes sociales, videos y contenido digital influyen profundamente en la mente de los jóvenes. Muchos padres piensan que el contenido que ven sus hijos es inofensivo, pero no se imaginan cuántos jóvenes adictos a la pornografía fueron expuestos por primera vez a los 9 años. El enemigo no está dormido; él trabaja incansablemente para capturar la mente de las nuevas generaciones.

El enemigo no está dormido; él trabaja incansablemente para capturar la mente de las nuevas generaciones

Muchos padres se obsesionan con cerrar puertas, poner rejas y alarmas para proteger físicamente a sus hijos, mientras que el enemigo ya se ha colado por las pantallas. Vivimos rodeados de una cultura que define la belleza, el éxito, la identidad y la moralidad de maneras completamente contrarias a la Palabra de Dios. Y nuestros hijos están constantemente expuestos a eso.

“Y vosotros, padres… críen a sus hijos en disciplina y amonestación del Señor.” —Efesios 6:4  

“Herencia de Jehová son los hijos…” —Salmos 127:3

Nuestros hijos no son nuestros: son de Dios, y Él nos los ha confiado para que los formemos para Su gloria. Usemos filtros, monitoreemos lo que ven, y formemos primero su mente en la verdad antes de que sean expuestos a la mentira.

formemos primero su mente en la verdad antes de que sean expuestos a la mentira.

3. EL EJEMPLO ES LA MEJOR ENSEÑANZA

Muchas veces, como padres, tomamos libertades que nuestros hijos no saben cómo interpretar. Pero recuerda: lo que tú toleras, ellos lo multiplican. Si tú estás pegado al celular todo el día, no esperes que ellos sean diferentes. Si tú quieres tiempo en familia, pero estás ausente emocionalmente por estar en redes, ¿qué estás enseñando con tu ejemplo?

La enseñanza sin ejemplo es como un sermón sobre honestidad predicado por Judas Iscariote: aunque las palabras sean correctas, el mensaje se arruina por el testimonio.

“Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos.” —Proverbios 23:26

Si quieres hijos libres de adicciones digitales, empieza contigo. Si deseas hijos que amen la Palabra, que respeten a los demás, que sepan conversar y estar presentes, muéstraselos con tu vida.

No podemos permitir que la tecnología críe a nuestros hijos. Para eso estamos nosotros. No hay excusa válida para abdicar nuestra responsabilidad. No nos rindamos ante esta ola cultural que arrastra a tantas familias. Peleemos la buena batalla. Criemos hijos que sepan pensar, estar quietos, imaginar, conversar, y estar en silencio sin entrar en crisis. Es posible, pero requiere intencionalidad y esfuerzo.

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