LÍBRATE DE LA CULPABILIDAD

A lo largo de mis años como pastor y consejero bíblico, me he dado cuenta del poder que la culpabilidad tiene sobre muchos cristianos. Todos, de una forma u otra, luchamos con pensamientos relacionados con acciones del pasado, por las cuales aún hoy nos sentimos responsables. El tema de la culpa debe ser abordado, no solo para que podamos ser verdaderamente libres, sino también para que podamos ayudar a otros a alcanzar esa libertad. Muchos creyentes viven como prisioneros de un sentimiento de culpa que los esclaviza.

Entendamos un poco más sobre lo que es la culpabilidad. La culpa es un concepto complejo que se refiere tanto al hecho de haber hecho algo malo como a la respuesta emocional que esto genera. La culpa y el temor son como dos polos opuestos: la culpa te atrapa en el pasado, mientras que el temor te esclaviza por algo que aún no ha ocurrido, pero que imaginas en el futuro.

La culpa tiene un gran impacto en los problemas emocionales que enfrentamos. Muchas veces, en lugar de confrontarla, respondemos con mecanismos de defensa: negamos lo que hicimos, culpamos a otros, reprimimos lo que sentimos, justificamos nuestras acciones o desviamos la atención hacia otra cosa. Estas reacciones son comunes y casi automáticas; son intentos de nuestra mente para manejar la culpa sin resolverla realmente.

Sin embargo, ese sentimiento de culpa no tratada puede llevarnos a la autocondena, manifestándose en ansiedad, baja autoestima, miedo, preocupación y pensamientos negativos. Cuando estos conflictos no se abordan, muchas personas terminan cayendo en formas de camuflaje psicológico, como el aislamiento, el consumo de sustancias o conductas compulsivas. Todo esto puede culminar finalmente en una profunda depresión.

ese sentimiento de culpa no tratada puede llevarnos a la autocondena, manifestándose en ansiedad, baja autoestima, miedo, preocupación y pensamientos negativos.

Por eso es tan importante encontrar libertad de la culpabilidad, para así poder vivir realmente libres como Cristo nos ha hecho libres. Es imposible vivir en libertad mientras uno se sienta esclavo de sus propios pensamientos.

Quiero aclarar que no deben malinterpretarse las verdades y principios que compartiré en este artículo. Desde la perspectiva bíblica, la culpa es un asunto más sencillo de tratar cuando se examina a la luz de las Escrituras. En cambio, en el mundo de la psicología, puede convertirse en un tema muy complejo, ya que muchos psicólogos abordan la culpa desde una perspectiva humanista. 

Yo creo que existe una culpa verdadera, que nos señala hacia Cristo y hacia algo que hicimos mal. Esa culpa es un llamado a la confesión y al arrepentimiento, y al perdón de Dios, para poder ser restaurados y aliviados espiritualmente.

También creo que existe una culpa falsa, pero no es como muchos psicólogos la definen —como una “carga religiosa” producto de haber crecido en un hogar con valores y reglas bíblicas. Según esa visión, la persona se siente culpable solo porque no está viviendo a la altura de las tradiciones de sus padres. Yo rechazo esa definición.

La culpa falsa que yo identifico es aquella que Satanás usa para esclavizarte, incluso después de que ya has confesado tu pecado, has sido perdonado y has hecho lo correcto para enmendar el daño. Es una trampa espiritual que busca mantenerte atado al pasado, a pesar de la gracia de Dios. Como dijo Jay Adams:

“El término “culpa” no se refiere a un sentimiento (como suelen pensar los psicólogos). Se refiere a un hecho. La culpa es responsabilidad o culpabilidad delante de Dios. Ahora bien, si la conciencia de una persona no ha sido cauterizada al punto de volverse insensible al malestar que provoca la culpa, entonces ciertamente puede experimentar sentimientos negativos intensos. Pero estos sentimientos provienen de la conciencia, por medio de la cual la persona ha evaluado su actitud o acción como una violación de sus propios estándares. Dios diseñó al ser humano de tal manera que esto sucediera, para alertarlo de su necesidad de arrepentimiento y cambio. No existe tal cosa como la “culpa falsa”, un concepto derivado de Freud y no de la Biblia. Una persona que se siente mal porque cree haber pecado contra Dios —aunque el acto en sí no haya sido pecaminoso— no está sintiendo una “culpa falsa”. Se siente mal porque es culpable.” Jay E. Adams, “Guilt,” en The Practical Encyclopedia of Christian Counseling (Córdoba, TN: Institute for Nouthetic Studies, 2020), p. 94.

Es cierto que todos somos culpables delante de Dios, porque todos somos pecadores. Sin embargo, muchas veces una persona puede seguir sufriendo de culpabilidad innecesaria, aun después de haber sido perdonada. Cuando alguien ha arreglado su vida ante Dios, ya no tiene por qué sentirse culpable, porque la Biblia afirma que hemos sido justificados.

 “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo;” Romanos 5:1 

Si una persona no entiende este principio fundamental, es probable que continúe sintiéndose culpable, sin comprender que al venir a Cristo, ha sido totalmente perdonada. Esa falta de comprensión puede hacer que incluso un cristiano sincero, que ya ha confesado su pecado y se ha arrepentido, siga cargando una culpa innecesaria por algo que ya fue tratado ante Dios, pero que no puede cambiar del pasado.

De la misma manera, como consejeros bíblicos no debemos tratar de resolver apresuradamente el dilema en la mente de quien se siente culpable. La culpabilidad puede ser algo real, especialmente si hay áreas de su vida que aún no ha tratado correctamente delante de Dios.

Es importante entender que es imposible hacer que una persona culpable vea con claridad la diferencia entre culpa verdadera y falsa. Toda culpa subjetiva es “real” en el sentido de que lo es para quien la experimenta. Por eso, simplemente decirle que “no es real” no ayudará; al contrario, puede generar más confusión y frustración. En lugar de eso, debemos guiar al aconsejado con paciencia hacia la confesión y la gracia de Dios. Es allí, en la luz del perdón divino, donde la verdadera paz y libertad pueden ser halladas.

1. LA CULPABILIDAD VERDADERA

Toda culpabilidad que te señala algo que hiciste mal es una culpabilidad verdadera y debe ser tratada con seriedad. Es importante no ignorarla ni justificarla. Dios ha puesto en cada ser humano una conciencia, por medio de la cual podemos discernir entre el bien y el mal.

Nadie necesita enseñarte que robar está mal; tu propia conciencia te lo hace saber. Por eso, la mayoría de las personas que roban lo hacen en secreto: porque saben que está mal. Esa sensación de malestar interior es una muestra de que su conciencia les está hablando.

Recuerdo que cuando mis hijos eran pequeños y hacían algo incorrecto, como mentir o desobedecer, su rostro los delataba. Estaban luchando contra su propia conciencia, y eso se reflejaba en su expresión. La culpa verdadera afecta incluso el cuerpo: el rostro, la tensión en el corazón, el ritmo del pulso. La conciencia no se puede silenciar fácilmente, y es una herramienta que Dios usa para llevarnos al arrepentimiento y la restauración.

“ Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, estos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, 15 mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos, 16 en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio.” Romanos 2:14-15

“Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo.” Juan 1:9

Cuando alguien hace algo en contra de la ley de Dios, es correcto sentirse culpable. Esa culpa es una respuesta natural que proviene de la conciencia, y muchas veces es acompañada por la convicción del Espíritu Santo, quien incomoda el corazón del creyente para llevarlo a la verdad. La meta de esa culpabilidad no es destruirte, sino llevarte al arrepentimiento delante de Dios, y ayudarte a asumir la responsabilidad de lo que has hecho. Sin embargo, cuando una persona decide ocultar o ignorar esa culpabilidad, comienza un proceso de endurecimiento de la conciencia. En otros casos, esta negación desemboca en problemas emocionales más profundos: ansiedad, culpa crónica, confusión interna y hasta depresión.

La meta de esa culpabilidad no es destruirte, sino llevarte al arrepentimiento delante de Dios, y ayudarte a asumir la responsabilidad de lo que has hecho.

Todo ser humano es culpable ante Dios, y esa culpabilidad solo puede ser tratada a través de Jesucristo. En la vida cristiana, es fundamental comprender la diferencia entre la justificación posicional y la justificación práctica.

La justificación posicional es lo que recibimos en el momento en que somos hechos hijos de Dios. En Cristo, hemos sido perdonados de la culpabilidad de nuestro pecado. Dios nos ha declarado limpios y sin culpa, y por eso se usa la palabra jurídica “justificación”. Es un acto legal donde el Juez justo, que es Dios Padre, nos declara justos.

Esta justificación se logra por medio de la sangre de Cristo. Jesús es nuestro abogado ante el Padre, y lo único que necesita hacer para abogar por nosotros es mostrar sus manos traspasadas, prueba de que Él pagó el precio de nuestro pecado. Él fue nuestro sustituto, y por eso somos limpios en Su sangre.

“siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús,” Romanos 3:24

“Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira.” Romanos 5:9

Si yo me he arrepentido y he ido a Cristo para que me salve, entonces soy una nueva criatura. Ya no tengo que seguir sufriendo culpabilidad por mis pecados pasados, porque he sido perdonado y estoy reconciliado con Dios.

Aquellos que siguen sintiéndose culpables por su pasado, aun después de haber venido a Cristo, muchas veces lo hacen porque, en lo profundo de su corazón, no creen verdaderamente en las promesas de Dios. Y cuando alguien no cree lo que Dios ha dicho, permanece emocionalmente esclavizado a los sentimientos del pasado, a pesar de haber sido perdonado.

Un aspecto muy importante, no solo para saber que has sido perdonado, sino también para vivir con paz y libertad, es practicar la restitución. Restituir, cuando sea posible, es una forma práctica de demostrar arrepentimiento y obediencia, y es un paso que muchas veces trae libertad interior. En el sentido bíblico, la restitución es el acto de devolver, reparar o compensar el daño causado a otra persona a causa del pecado, especialmente en casos de robo, fraude, engaño o negligencia. Es una expresión práctica del arrepentimiento verdadero, y forma parte del proceso de reconciliación con Dios y con el prójimo.

En el sentido bíblico, la restitución es el acto de devolver, reparar o compensar el daño causado a otra persona a causa del pecado, especialmente en casos de robo, fraude, engaño o negligencia.

Esto lo vemos claramente en la vida de Zaqueo. Cuando él fue salvo, inmediatamente quiso hacer restitución a aquellos que había defraudado. Esta acción fue una muestra externa de la transformación interna que había ocurrido en su corazón. La restitución es muy importante para vivir con una conciencia limpia ante alguien a quien le hiciste daño. No hay otra forma de sanar esa parte de la culpa, más que enfrentándola con humildad y corrigiendo el daño. Cuando Zaqueo vino a Jesús, su relación con Dios fue restaurada, pero él también quiso estar bien con los hombres. Por eso dijo:

La restitución es muy importante para vivir con una conciencia limpia ante alguien a quien le hiciste daño.

“Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.” Lucas 19:8

En muchos casos, los cristianos que siguen sintiéndose culpables es porque nunca hicieron restitución. Viven escondiéndose de aquellos a quienes defraudaron, en lugar de hacer cuentas y reparar el daño.

Mi consejo para cualquiera que esté leyendo esto es claro: si hiciste mal, pide perdón a Dios y ve a hacer restitución con la persona afectada. Este es un paso necesario para encontrar verdadera libertad. Si la persona ya falleció, entonces tendrás que descansar en el perdón de Dios, confiando en que Él es justo y misericordioso para cubrir esa falta.

Si la persona ya falleció, entonces tendrás que descansar en el perdón de Dios, confiando en que Él es justo y misericordioso para cubrir esa falta.

Hace poco estuve hablando con un matrimonio que había experimentado el dolor del adulterio. Esto es algo muy doloroso para cualquier relación, pero aún más cuando sucede entre amigos cercanos. Cuando un matrimonio tiene mucha cercanía con otro, la confianza puede llevar a que se crucen líneas emocionales y de respeto, porque todos se ven y tratan como amigos.

En el caso del matrimonio con el que estaba trabajando, se notaba que uno de los cónyuges se sentía profundamente culpable. A pesar de que habían buscado reconciliación y habían tratado este asunto con Dios, la culpa seguía pesando en su corazón. Al preguntarle si ya le había pedido perdón a la amiga involucrada, no pudo contener las lágrimas. Ahí comprendí de dónde venía esa culpa tan profunda. Aunque ella se había reconciliado con su esposo y con Dios, nunca había pedido perdón a su amiga. Eso era lo que faltaba para que su corazón encontrara verdadera paz. Le recomendé que, si fuera posible, la viera en persona, o al menos hablarle por teléfono, para poder enfrentar esa situación y sanar esa herida.

Al comprender lo que es la justificación posicional, también debemos entender qué es la justificación práctica. La justificación práctica tiene que ver con nuestra santificación diaria, con nuestro caminar diario con Dios. Aunque hemos sido justificados por la fe, seguimos pecando todos los días.

Para vivir una vida justificada en la práctica, es necesario tratar el pecado diario delante de Dios. La Biblia nos muestra que el pecado diario es una realidad para todos los creyentes.

“Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; 7 pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. 8 Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.” 1 Juan 1:6-8

Un cristiano puede sentirse culpable por el pecado diario que comete, y está bien que así sea, porque esa culpa lo impulsa a arreglar cuentas con Dios. Por ejemplo, si estás mintiendo y escuchas un mensaje que habla contra la mentira, es natural que te sientas culpable por hacer algo que está mal. Esa culpa es correcta y necesaria, porque debe llevarte a acercarte a Dios y pedir perdón. Así como un padre espera que su hijo reconozca cuando ha hecho algo mal, Dios también espera que vengamos a Él con humildad y arrepentimiento.

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. 10 Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.” 1 Juan 1:8-9

No hay nada que nos debe de detener en tener una conciencia limpia ante Dios y pedir perdón de todo pensamiento acción que pueda repudiar a Dios de nuestras vidas. Dios nos dejó el Espíritu Santo para que nos ayudara apuntarnos al pecado y apuntarnos a nuestro Dios. Nunca debemos de sentir Peña de ir ante Dios y pedir perdón, ya que la Biblia dice que Jesús es nuestro abogado para estos momentos. 

“Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.” 1 Juan 2:1

La culpa es buena porque nos ayuda a reconocer nuestro pecado. La gracia y la misericordia son las claves del evangelio. Esto es cierto, pero el perdón de los pecados es a menudo el resumen o, al menos, la puerta de entrada a la gracia de Cristo. Nuestra lucha actual contra el pecado es el resultado de haber sido liberados de su dominio. Por eso, nuestra atención a la gracia y la misericordia depende de que el pecado y la culpa tengan un lugar importante en nuestra vida, recordándonos la necesidad constante de la obra de Dios en nosotros.

2. LA CULPABILIDAD FALSA

La Biblia nos recuerda que el diablo es nuestro acusador. Y él es experto en hacernos esclavos si lo permitimos. Cuando yo me refiero a culpabilidad falsa, me refiero a la culpabilidad que ya fue arreglada con Dios, pero el diablo de lucha en tu mente haciéndote, sentir que no has sido perdonado. El diablo hace que te sientas que sigues siendo culpable de algo que ya arreglaste. Es algo un poco complicado, porque los sentimientos pueden sentirse bien reales, aunque puedan estar malamente ubicados. El doctor Welch dice lo siguiente:

“El remordimiento puede ser un indicio de pecado y culpa que no logran liberarse de la acusación satánica. Pero también puede ser simplemente tristeza y dolor, y el deseo de haber hecho más en una tragedia del pasado, como cuando decimos: “si tan solo hubiera…”  La vergüenza, también, suele confundirse erróneamente con la culpa. La vergüenza puede venir del pecado, aunque más a menudo es el resultado de pecados que otros cometieron contra nosotros. Comparte con la culpa ese sentimiento de impureza, pero las causas son distintas. Además, una sensación de fracaso puede actuar como culpa. Este fracaso podría no tener nada que ver con las leyes de Dios; quizá proviene de reglas familiares o culturales sobre lo que significa tener éxito.” Ed Welch

Comprendemos que jurídicamente todo ser humano es culpable porque ha pecado y que quebrantado la ley de Dios. Sin excepción, pero tenemos que comprender la diferencia en “sentirnos culpable”. Cuando hablamos del sentimiento de culpa, es importante aprender a diferenciar entre la culpa verdadera y la culpa falsa. Sentirse culpable después de haber hecho algo malo es completamente normal y hasta saludable, porque esa es una culpa verdadera que proviene de una conciencia activa y sensible. Sin embargo, también es posible experimentar culpa por cosas en las que realmente no hemos pecado o que ya han sido perdonadas por Dios. A eso le llamo culpa falsa. 

La gran diferencia entre estas dos clases de culpa tiene que ver con su origen. La culpa verdadera viene de Dios, quien usa nuestra conciencia y la convicción del Espíritu Santo para llevarnos al arrepentimiento. Pero la culpa falsa puede tener dos fuentes principales: nosotros mismos y el diablo. La Biblia llama al diablo “el acusador de nuestros hermanos” (Apocalipsis 12:10), y no en vano. Satanás sabe cómo traer a la mente nuestros pecados pasados, incluso aquellos ya confesados y perdonados, con el propósito de mantenernos atados, enfocados en nuestra vergüenza en lugar de en la gracia de Dios. Él quiere que miremos más nuestros errores que el perdón de Cristo. 

la culpa falsa puede tener dos fuentes principales: nosotros mismos y el diablo.

Otra fuente común de culpa falsa puede ser nuestra propia conciencia mal informada. La Biblia habla de una “conciencia débil” en 1 Corintios 8:7–13, refiriéndose a personas que creen erróneamente que algo que en realidad es inocente es pecado. Es decir, una conciencia débil no es necesariamente una conciencia más sensible, sino una conciencia mal instruida. Cuando una persona no comprende bien la libertad que tiene en Cristo, puede terminar sintiéndose culpable por cosas que Dios nunca ha llamado pecado. 

Un ejemplo claro es el caso de un católico que cree que es pecado comer carne durante la Semana Santa. Incluso un nuevo creyente que está saliendo del catolicismo podría seguir luchando con esa idea, y aunque ya haya conocido la verdad del evangelio, su conciencia le acusa por prácticas religiosas que no tienen base bíblica. Esa culpa no proviene del Espíritu Santo, sino de una conciencia confundida, que necesita ser renovada por la Palabra de Dios.

También hay quienes viven como si estuvieran constantemente bajo una especie de prueba divina, pensando que, si se esfuerzan lo suficiente y logran mantener un alto rendimiento espiritual, quizás entonces Dios los aceptará, aunque sea con reservas. Esta es una trampa muy común y peligrosa. El problema es que no podemos hacer nada para que Dios nos ame más de lo que ya nos ama. Nunca debemos sentir que estamos obrando para ganar Su aprobación o Su amor. Ya somos aceptos en el Amado (Efesios 1:6). No trabajamos para ser amados por Dios; obramos porque Su amor ya nos ha sido dado. Como dijo el apóstol Pablo, “el amor de Cristo nos constriñe” (2 Corintios 5:14). Es precisamente el saber que no lo merecemos, y sin embargo lo tenemos, lo que debería motivarnos a darle lo mejor de nosotros.

El problema es que no podemos hacer nada para que Dios nos ame más de lo que ya nos ama.

Caemos en la falsa culpa cuando prestamos más atención a nuestros fracasos que a la gracia de Dios. Cuando olvidamos que ya hemos sido justificados y perdonados, terminamos cargando un peso que Cristo ya llevó en la cruz. Esa falsa culpa nos roba la paz, nubla nuestra visión del evangelio, y nos hace olvidar que la obra ya fue terminada. Mientras que la falsa culpabilidad apunta hacia nuestro fracaso y las acusaciones del diablo. La culpabilidad verdadera tiene su origen con el Espíritu Santo y las escrituras. La culpabilidad verdadera tiene como meta llevarnos a Cristo.

“Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte.” 2 Corintios 7:10 

Caemos en la falsa culpa cuando prestamos más atención a nuestros fracasos que a la gracia de Dios.

La tristeza o la culpabilidad según Dios conduce a la vida, pero la tristeza del mundo lleva a la muerte espiritual. La tristeza del mundo solo lamenta haber sido descubierto o llora por lo que se ha perdido. No se duele por el pecado en sí, sino por las consecuencias. Nunca hay un verdadero quebranto por el mal cometido.

En cambio, la culpa o tristeza que proviene de Dios produce frutos distintos. Nos duele profundamente haber pecado, no solo por lo que nos costó, sino porque ofendimos a un Dios santo. Surge en nosotros un deseo genuino de pedir perdón, de restaurar lo que se dañó, de reconciliarnos. No buscamos simplemente evitar el castigo o aliviar nuestro dolor; buscamos un cambio verdadero. En una palabra: nos arrepentimos. La culpa se refiere a haber cometido un error y ser objetivamente culpable según una norma externa. La culpa tiene que ver con cosas que una persona ha hecho. La vergüenza y la culpa van de la mano para muchos.

3. LUCHANDO POR LA LIBERTAD DE LA CULPABILIDAD

Ser libres de la culpabilidad es más complejo de lo que muchos imaginan. Por un lado, una persona puede conocer las Escrituras; por otro, puede seguir luchando emocionalmente con un error cometido hace muchos años, como si lo hubiera cometido ayer. He conocido personas que, cuando eran jóvenes, tomaron la trágica decisión de abortar. Años después, tras haber sido salvas, aún luchaban con una profunda sensación de culpa por lo que hicieron hace más de dos décadas. Esta culpabilidad persiste muchas veces porque, en lo más profundo de su corazón, les cuesta creer que Dios realmente las puede aceptar tal como son.

Hace algunos años traté con una hermana que luchaba intensamente con la culpabilidad al punto de querer quitarse la vida. Al principio, comencé a aconsejarla pensando que estaba enfrentando una depresión común. Llevaba años tomando antidepresivos, pero como bien sabemos, los antidepresivos no resuelven los problemas del alma, simplemente camuflan los síntomas que provienen de heridas profundas y no tratadas.

Después de varias sesiones, me di cuenta de que la raíz de su depresión no era simplemente emocional, sino espiritual: era la culpabilidad. La culpabilidad puede producir como fruto la depresión, y si solo abordamos los síntomas sin descubrir la raíz, estaremos atacando el problema equivocado.Mientras ella me contaba partes de su vida, sentí en mi espíritu que había algo más, algo que no me estaba diciendo. Le pregunté con cuidado:

“Hermana, siento que aún no me ha contado todo. Hay algo que no entiendo en su historia, y creo que eso es la verdadera causa de su dolor.”

En ese momento, sus ojos se llenaron de lágrimas y comenzó a llorar incontrolablemente. Yo le dije:

“Lo que acaba de venir a su mente, eso que le duele tanto, eso es lo que no ha compartido aún.”

Con mucha dificultad, me confesó que cuando tenía 15 años quedó embarazada fuera del matrimonio. Por vergüenza y temor, se fue a un pueblo pequeño cerca de la ciudad donde vivía, y allí dio a luz a su hija. Recién nacida, la dejó en una estación de bomberos… y nunca más supo nada de ella.

La culpabilidad puede producir como fruto la depresión,

Después de haber sido salva, esta hermana comenzó a experimentar una culpabilidad severa al darse cuenta del grave error que había cometido en su juventud. Esa culpabilidad la llevó a caer en una profunda depresión. Cuando llegó a nuestra iglesia, ya no tenía deseos de vivir. Su situación era crítica. Su esposo quería divorciarse de ella porque pasaba todo el tiempo acostada, sin energía ni motivación. El hogar estaba en completo desorden, y el DIF ya la había amenazado con quitarle la custodia de sus hijos, alegando que no estaba en condiciones de cuidarlos adecuadamente. La realidad era devastadora: una mujer destruida por dentro, una familia quebrantada, y una amenaza legal encima.

En ese momento, yo pensaba que su problema principal era la depresión, así que comencé a aconsejarla desde ese ángulo. Pero conforme fuimos avanzando en las sesiones, descubrí que la raíz no era la depresión en sí, sino una culpabilidad no resuelta, una herida profunda en el alma. Fue entonces que entendí que debía cambiar completamente mi enfoque de consejería.

Al comprender con claridad cuál era su verdadera lucha, le pregunté si alguna vez había llevado específicamente este pecado ante Dios para pedirle perdón. Su respuesta fue: “No me he atrevido a hablar de esto con Él”. Entonces le dije: “Hermana, tienes que ir a Dios. Él es el único que puede liberarte de esta carga. El diablo ha hecho todo lo posible por destruirte, manteniéndote en las sombras, escondiéndote del único que puede sanar tu alma”. 

Le expliqué que al haber sido salva, todos sus pecados ya habían sido perdonados y que ahora era una nueva criatura en Cristo. Pero también le aclaré que, si seguía luchando con su conciencia de este pecado en particular del pasado, era importante que lo confesara directamente a Jesús. “El enemigo quiere que sigas escondida, como hicieron Adán y Eva, pero Dios te está esperando con brazos abiertos. Él no te rechaza. Él es fiel y justo para perdonarte, si vienes a Él con un corazón arrepentido”.

En ese momento, se quebrantó. Comenzó a orar con profundo dolor, y entre sollozos y gemidos, recuerdo haberla escuchado decir: “Si tan solo pudiera regresar el tiempo, nunca lo habría hecho”. Afligida, derramó su alma delante de Dios y le pidió perdón específicamente por aquel pecado que la había marcado y paralizado durante tantos años.

Mi segundo consejo para ella fue el siguiente: “Hermana, para que puedas encontrar descanso en tu corazón y sentir que has hecho lo correcto respecto a tu hija, hagamos un acuerdo. Haz todo lo posible por contactar a la estación de bomberos donde la dejaste. Pregunta si existe algún registro de aquel acontecimiento”. 

Le expliqué: “Si logras obtener información, haz todo lo que esté en tus manos para encontrar a tu hija. Dale la oportunidad de conocerte. Pídele perdón y haz restitución. Sé que esto es algo que te causa un profundo dolor, y enfrentar ese pasado con humildad puede traerte sanidad”.

“Pero, le dije, si no logras encontrar ninguna información, entonces tendrás que descansar en el perdón de Dios y no permitir que el diablo siga usando esto para esclavizarte con una culpa que ya fue limpiada por la sangre de Cristo”. 

Ella estuvo de acuerdo. Durante varios meses, se dedicó a buscar, a llamar, a indagar… pero no pudo encontrar ningún rastro. Sin embargo, lo que sí encontró fue libertad en las promesas de Dios. Aunque le tomó tiempo y muchas lágrimas, poco a poco comenzó a recordar y aferrarse a lo que Dios dice en Su Palabra. Ella comprendió que no se trataba de cómo se sentía, sino de lo que Dios ya había dicho. No eran sus emociones las que determinaban su perdón, sino la fidelidad de Dios. Y esa verdad fue su refugio y su sanidad.

No eran sus emociones las que determinaban su perdón, sino la fidelidad de Dios.

Cuando una persona está convencida de que Dios no puede perdonarla, y cree que lo que hizo fue tan grave que jamás podrá ser aceptada por Él, inevitablemente luchará con culpabilidad. En estos casos, es fundamental guiar al aconsejado a someter su mente a la obediencia de Cristo y a lo que enseñan las Escrituras.No se trata de cómo se siente, sino de lo que Dios ha dicho. Nuestra mente debe ser renovada por la verdad, no dirigida por la culpa. Solo así podrá encontrar verdadera libertad.

FORMAS INCORRECTAS PARA TRATAR CON LA CULPABILIDAD

Para encontrar libertad de la culpabilidad, muchos toman acciones equivocadas. Una de las más comunes es buscar culpar a otros. Sin embargo, eso no soluciona nada; solo reprime la culpabilidad y conduce a la autojustificación. Este camino no libera, al contrario, alimenta el orgullo y termina endureciendo el corazón, alejándolo del carácter cristiano.

Un claro ejemplo de esto lo vemos en Adán y Eva. Cuando pecaron, en lugar de asumir la responsabilidad, Adán culpó a Eva, y Eva culpó a la serpiente (Génesis 3:12–13). Nadie quiso enfrentar su pecado con humildad. Ese patrón aún se repite hoy cuando, en lugar de confesar y arrepentirnos, buscamos excusas o culpables.

“Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.” Genesis 3:12

Otra forma en que muchas personas intentan aliviar la culpa es tratando de “hacer todo perfectamente”. Este impulso puede convertirse en perfeccionismo, especialmente en aquellos que sienten un temor constante de perder el control de sí mismos y viven ansiosos por agradar a los demás y a Dios. Quienes luchan con esto, a menudo no encuentran descanso hasta que todo en sus vidas, desde su hogar hasta su comportamiento— se vea impecable. Pero en el fondo, este perfeccionismo no es una solución, sino una forma de lidiar con emociones incómodas como la culpa, la ira, la ansiedad, la vergüenza o incluso la depresión. Desde una perspectiva bíblica, este tipo de vida refleja una forma extrema de vivir bajo la ley, en lugar de vivir bajo la gracia. En lugar de descansar en la obra completa de Cristo, estas personas intentan ganarse una aceptación que ya les ha sido concedida en el Amado (Efesios 1:6).

Otra forma equivocada de tratar la culpabilidad es pretender que no existe. Muchas personas piensan que si la niegan lo suficiente, la culpa desaparecerá por sí sola. Sin embargo, esta es una forma de ignorar la conciencia, y no es el camino correcto para enfrentar la culpabilidad.

Otra manera incorrecta de manejar la culpa es ahogar ese sentimiento. Para lograrlo, algunas personas recurren al uso de drogas o al alcohol, buscando cualquier tipo de medicamento o sustancia que les alivie la carga de una conciencia culpable. Pero esto solo genera nuevos problemas, pues terminan sintiéndose culpables por los vicios que ahora controlan sus vidas y les causan más daño que beneficio.

LA FORMA CORRECTA DE TRATAR CON LA CULPABILIDAD

La forma correcta de tratar la culpabilidad es enfrentándola directamente con Dios y pidiendo su perdón. La Biblia nos ofrece promesas que fortalecen y consuelan nuestra conciencia, brindándonos verdadera paz

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. 9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” 1 Juan 1:8-9

“acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.” Hebreos 10:22

El perdón trae paz, refinamiento de la conciencia y una mayor sensibilidad espiritual. Una de las cosas que debemos hacer es forzar nuestra mente a recordar que Dios no es como nosotros. Muchas personas luchan con la culpa porque intentan moldear a Dios a la imagen del ser humano. El ser humano es caprichoso, lucha con amargura y no siempre perdona fácilmente. Pero Dios no es así. La Biblia nos dice que Él es “fiel y justo para perdonar” (1 Juan 1:9).

Cuando una persona no puede descansar en las promesas de Dios, es como si le estuviera diciendo a Dios que Él no es fiel ni justo. Nadie se atrevería a decirle eso a Dios directamente, pero quien genuinamente se ha arrepentido y ha ido a pedir perdón, pero no acepta su perdón, en realidad está dudando de la bondad y benignidad de Dios. Esto sucede cuando intentamos crear a Dios a nuestra propia imagen humana y caprichosa. Pero la verdad es que Dios sí es fiel, y Dios sí es justo.

“Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.” Isaias 1:18

Dios no puede ser comparado con el hombre, porque, a diferencia de nosotros, Él sí cumple lo que promete. Nosotros fallamos, somos inconstantes e infieles, pero Dios permanece fiel. Su fidelidad no depende de nuestro comportamiento; Él es fiel a su carácter y a sus promesas. Como dice la Escritura:

“Si fuéremos infieles, él permanece fiel; Él no puede negarse a sí mismo.” 2 Timoteo 2:13

Una de las mejores cosas que puedes hacer por ti mismo es dejar de pensar que Dios es como un ser humano, y empezar a creer que Él es tal como se describe en Su Palabra. Nosotros podemos ser infieles, pero Él permanece fiel. Nosotros no siempre perdonamos con facilidad, pero Él es fiel y justo para perdonar. Nosotros señalamos defectos y juzgamos a otros con dureza, pero Dios ve nuestras faltas y, aun así, está dispuesto a limpiarnos y hacernos más blancos que la nieve.

Una de las mejores cosas que puedes hacer por ti mismo es dejar de pensar que Dios es como un ser humano, y empezar a creer que Él es tal como se describe en Su Palabra.

Recuerda todas las promesas de Dios y cree en ellas. Decide dejar de insultar a Dios dudando de su carácter. Obliga a tu mente a someterse cada vez que un pensamiento se levante contra la clara verdad de la Palabra de Dios. Tal vez tengas que luchar por días, semanas o meses, pero te aseguro que si cada vez que surja un pensamiento de culpabilidad, por un pecado ya perdonado, lo enfrentas con una verdad bíblica, y corriges tu mente con versículos de la Palabra, llegará el momento en que esos pensamientos perderán su fuerza, y tú podrás descansar en las promesas fieles de Dios.

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