CUANDO LAS MALAS DECISIONES TE ALCANZAN

Tenemos que admitirlo: como seres humanos, nuestra vida está llena de decisiones equivocadas. Algunas solo dejan pequeños raspones en nuestro camino; otras, en cambio, cambian por completo el rumbo de nuestra historia. En este artículo quiero arrojar un poco de luz sobre ese tema y ofrecerte ayuda práctica. Hablo desde la voz de alguien que también ha tenido que levantarse después de tomar algunas malas decisiones. 

Todos hemos conocido a personas brillantes que eligieron una carrera sin futuro, se casaron con la pareja incorrecta o se dejaron seducir por un plan dudoso para hacerse ricos rápidamente. Todos hemos tomado decisiones que preferiríamos olvidar, pero a veces no podemos hacerlo porque las consecuencias siguen acumulándose. 

Recientemente casado, tomé una muy mala y vergonzosa decisión. Recibí una llamada, y la voz de la mujer que estaba en la línea conmigo sonaba muy convincente. Me hablaba con seguridad, asegurando que quería ayudarme a obtener “la oportunidad de mi vida”. Me dijo que si tomaba una decisión rápido, recibiría el doble del beneficio. Me imagino que ya te imaginas hacia dónde va esta historia. 

La mujer me explicó: “Si nos mandas $250 dólares, te vamos a regalar más de dos mil dólares, de los cuales tú y tu familia podrán beneficiarse”.

¿Y cómo dejar ir semejante “oferta”? Tomaron mis datos y cerramos el trato. Yo estaba orgulloso, ansioso por contarle a mi esposa, recién casados, la excelente decisión que había tomado. Cuando se lo dije, ella se soltó riendo. Yo insistía en que hablaba en serio, que íbamos a poder comprar muchas cosas. Ella, entre risas, me dijo: “Te vieron la cara. Eso es fraude”. 

—¡Nooo! —le respondí—. La mujer sonaba muy amable, no puede ser. Y añadí con confianza: “Vas a ver, en tres semanas nos van a llegar todos los ahorros”. 

Pasaron las tres semanas y finalmente llegó una caja. Le dije emocionado: “¿Viste? No soy tan tonto como piensas”. Ella, sin perder la sonrisa, me dijo: “Vamos a abrirla para ver qué te mandaron”. 

Yo estaba ansioso, pero muy feliz. Más que nada, quería demostrarle a mi esposa que mi decisión había sido buena. Al abrir la caja, encontramos dos libretas de cupones. Y sí, efectivamente, había descuentos… El problema era que cada artículo costaba diez veces más que en cualquier tienda local.

Ahí estaba yo, mirando esas libretas inútiles, mientras mi esposa no paraba de reírse. Yo solo pensaba: Tierra, trágame.No había manera de justificarlo. Había tomado una mala decisión que me costó $250 dólares.

Todos tenemos nuestras historias vergonzosas de malas decisiones. El problema es que algunas cuestan mucho más que dinero. Algunas pueden costarte tu matrimonio. Otras, la relación con tus hijos. Otras, tu empleo o tu ministerio. Las consecuencias pueden ser infinitas.

Todos tenemos nuestras historias vergonzosas de malas decisiones.

La suma de nuestras vidas equivale a la suma de nuestras decisiones. Nuestro carácter se revela a través de las decisiones que tomamos y del impacto que éstas tienen en nosotros y en los demás. Quiénes somos determinará lo que decidamos hacer; es decir, nuestro carácter dictará el tipo de decisiones que tomemos.

Somos libres para tomar nuestras decisiones, pero no somos libres para elegir las consecuencias. Dios nos da plena libertad para decidir, aunque lo ideal sería orar y pedir sabiduría antes de hacerlo. Sin embargo, muy pocos lo hacen. Lamentablemente, permitimos que lo menos confiable dirija las decisiones más importantes de nuestras vidas. Y sí, estoy hablando del corazón.

Somos libres para tomar nuestras decisiones, pero no somos libres para elegir las consecuencias.

Una de las realidades más difíciles de aceptar es que una mala elección puede conducir a una vida de pesar y arrepentimiento. A veces pensamos que Dios nos protegerá de todas nuestras malas decisiones, especialmente de las consecuencias. Pero esas y muchas otras decisiones necias pueden alterar el rumbo y la dirección de nuestras vidas. Y una vez que tomamos el camino equivocado, puede ser muy difícil, y a veces, aparentemente imposible, regresar atrás, como si nada hubiera pasado.

Sin embargo, no importa qué tan profundo caigas o qué tan lejos te lleve una mala decisión; mientras estemos vivos, siempre podemos levantarnos y hacerlo mejor con la ayuda de Dios. Este artículo quizás pueda ayudarte a evitar algunas malas decisiones, pero sobre todo, busca mostrarte qué hacer después de haber tomado una.

1. TOMA RESPONSABILIDAD

Cuando tus decisiones te han llevado a un lugar de dolor o de fracaso, es tiempo de tomar responsabilidad. A mí me sorprende cómo, como seres humanos, somos tan malos para asumirla. La tendencia humana de evadir la culpa la vemos desde el principio. En el huerto del Edén, cuando Adán y Eva pecaron, ninguno quiso aceptar su responsabilidad: Adán culpó a Eva, y Eva culpó a la serpiente (Génesis 3:12-13). Desde entonces, el corazón humano tiende a justificarse en lugar de arrepentirse. 

Pero nuestras vidas nunca cambiarán hasta que aprendamos a asumir responsabilidad. Mientras una persona se esfuerza por justificar sus malas decisiones, vive atrapada en una vida infeliz y frustrante. El rey Saúl es otro ejemplo claro. En lugar de admitir su desobediencia, trató de justificarse ante Samuel diciendo que había guardado lo mejor del ganado “para ofrecer sacrificio a Jehová” (1 Samuel 15:15). Pero Dios no se agrada de excusas, sino de obediencia y humildad. Por no asumir su culpa, Saúl perdió su reino. 

Muchas veces, la salida más rápida de una mala decisión será la más difícil: la que más cuesta, la que más humilla, la que más quisiéramos evitar. Pero prolongar la agonía solo nos hunde más. Jonás lo entendió en carne propia. Su desobediencia lo llevó a una tormenta, pero la calma vino cuando finalmente dijo: “Tomadme y echadme al mar” (Jonás 1:12). En ese momento, tomó responsabilidad por su error, y Dios comenzó su proceso de restauración. 

Muchas veces, la salida más rápida de una mala decisión será la más difícil: la que más cuesta, la que más humilla, la que más quisiéramos evitar.

Personas sufren largos períodos de dolor por no tomar responsabilidad y por no actuar. Si te encuentras en esa situación, lo más difícil, y a la vez lo más liberador, que puedes hacer, es asumir responsabilidad delante de Dios. Solo entonces puede comenzar la verdadera sanidad.

“Contra ti, contra ti solo he pecado, Y he hecho lo malo delante de tus ojos; Para que seas reconocido justo en tu palabra, …Vuélveme el gozo de tu salvación, Y espíritu noble me sustente.” Salmos 51:4,12

2. APRENDE LO QUE PUEDAS

Siempre hay algo que podemos aprender cuando ya estamos en el fondo. Lo más importante que debemos aprender es cómo no repetir el mismo error que acabamos de cometer. Una de las cosas más difíciles es dejar las excusas a un lado y analizar sinceramente cuál sería la mejor forma de no volver a tomar esa misma decisión. El ser humano está lleno de patrones; muchos de ellos se convierten en hábitos que terminan causando los mismos problemas una y otra vez.

El ser humano está lleno de patrones; muchos de ellos se convierten en hábitos que terminan causando los mismos problemas una y otra vez.

Si eres una persona que no puede mantener relaciones profundas y duraderas, debes preguntarte por qué todas tus amistades terminan alejándose. Si tu vida está llena de altibajos, conflictos y tensiones con otros, es necesario detenerte y examinar por qué esa historia se repite.

Si constantemente tomas decisiones financieras que te meten en problemas, la pregunta clave es: ¿por qué sigues tomando las mismas decisiones? Encontrar el “por qué” es el primer paso hacia la madurez. Si tu matrimonio llegó a la ruina, también es vital entender por qué llegó a ese punto.

La razón de hacerte estas preguntas no es para castigarte, sino para aprender. John Maxwell escribió un libro titulado “A veces se gana, otras veces se aprende”, que nos recuerda que los fracasos pueden ser aulas de aprendizaje. Qué diferente sería nuestra vida si realmente aprendiéramos de nuestros propios errores. 

Conozco a muchas personas cuyas vidas son un constante desastre, y la razón principal es que no aprenden de sus errores. Matrimonios infelices llenos de secretos, personas ahogadas en deudas, gente que no logra mantener un empleo, o que van de relación en relación, todo esto se repite porque no se aprende lo necesario para romper el ciclo.

La Biblia nos da ejemplos claros. El rey David, después de su pecado con Betsabé, aprendió una dura lección. Aunque sufrió las consecuencias, reconoció su error y clamó a Dios diciendo: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmo 51:10). David aprendió de su caída y se acercó más a Dios. 

Por otro lado, el faraón de Egipto es un ejemplo de alguien que nunca aprendió. A pesar de las plagas, endureció su corazón una y otra vez hasta que fue completamente destruido (Éxodo 8–14). 

Mi consejo es este: si las decisiones que has tomado te han llevado al límite, si has tocado fondo, aprende todo lo que puedas aprender. Solo así podrás crecer, madurar y evitar volver al mismo lugar donde caíste.

3. BUSCA A DIOS EN TUS DECISIONES

Las malas decisiones pueden causar una vergüenza profunda en nuestras vidas, especialmente cuando la caída ha sido grande. Otras veces, una mala decisión puede parecer leve, pero aun así deja marcas en el corazón. Sin embargo, las decisiones más difíciles —aquellas que más nos avergüenzan— son precisamente las que más deben impulsarnos a buscar a Dios.

La tendencia humana, tal como sucedió con Adán y Eva, es escondernos de Dios en lugar de correr hacia Él. Después de pecar, oyeron la voz de Jehová y se escondieron entre los árboles del huerto (Génesis 3:8). Así actuamos muchas veces: nos alejamos del único que puede levantarnos. 

Hay malas decisiones que te dejan sintiéndote “desnudo” y sin nada. Pero aun en esas circunstancias, es tiempo de buscar a Dios. Tenemos un Dios bueno, lleno de misericordia, que siempre está dispuesto a venir en nuestro auxilio. 

Buscar a Dios no significa que el dolor o las consecuencias de una mala decisión desaparecerán al instante. El pueblo de Israel lo aprendió cuando se dejó influir por los espías que temían a los gigantes. Aarón y Moisés se arrepintieron, pero eso no los libró de los cuarenta años en el desierto (Números 14). Aun así, Dios no los abandonó: su presencia los acompañó, y a pesar de que el desierto representaba disciplina, también fue un tiempo de victorias y de crecimiento espiritual. 

Buscar a Dios no significa que el dolor o las consecuencias de una mala decisión desaparecerán al instante.

No dejes que tus malas decisiones ni la vergüenza de donde te han llevado te impidan buscar a Dios. Cuando alguien lo busca sinceramente, Él se deja encontrar (Jeremías 29:13). Dios no lo hace difícil: Él quiere darte gracia, perdón y fortaleza para que tengas fuerzas de tomar el siguiente paso. 

Si realmente deseas aprender y salir adelante, busca a Dios. Pídele perdón. Pídele sabiduría. En muchos casos, pídele que te proteja de ti mismo. Y rodéate de amigos sabios, personas que sepan aconsejarte y que no teman decirte la verdad, porque ellos podrán librarte de muchos dolores. 

Recordemos el ejemplo del hijo pródigo: cuando lo perdió todo, dijo: “Me levantaré e iré a mi padre” (Lucas 15:18). Fue su decisión de volver lo que marcó el inicio de su restauración. Dios siempre está esperando ese paso de regreso. Usted también puede experimentar lo mismo, Dios te está esperando.

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