Todos conocemos el sentimiento de decepción al hacer algo que sabemos que es incorrecto, pero que no podíamos evitar. Esta es una realidad que cada ser humano enfrenta. Debemos estar conscientes de la gran lucha que tenemos mientras vivimos en este cuerpo mortal.
Para algunos, la lucha no es tan obvia como para otros. Es una esclavitud increíble que lentamente está destruyendo la vida por completo. Nadie quisiera llegar a las ruinas, pero ese es el poder de un pecado adictivo. Uno piensa que tiene dominio hasta que pierde el control. Cuando el pecado toma control de tu vida, la tentación no solo se hace más fuerte, sino que te encuentras continuamente perdiendo las batallas comunes.
Pablo mismo reconoció el gran poder de la carne en su vida. Él mismo reconoció lo que es odiar lo que terminas haciendo. Creo que esta es la lucha de conciencia porque fácilmente alguien podría decir: “Si lo odias tanto, ¿por qué lo sigues haciendo?”. Creo que la clave es que el Espíritu Santo nunca te deja disfrutar con libertad de cualquier pecado que domine tu vida. Una vez que se consume el pecado, uno tiene que lidiar con la culpabilidad y la convicción del Espíritu Santo y una conciencia acusadora. Ese sentimiento hace que aborrezcas lo que acabas de hacer, aunque si no se trata correctamente con el pecado, eventualmente volverás al mismo ciclo.
“Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. 15 Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. 16 Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. 17 De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. 18 Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. 19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. 20 Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.” Romanos 7:14-19
Sin embargo, en medio de esta realidad existe esperanza. No estamos destinados a permanecer atrapados en este ciclo de derrota. La gracia y el poder de Dios ofrecen una salida, una manera de romper las cadenas que nos atan. Reconocer nuestra lucha es apenas el primer paso; aceptar la ayuda divina es lo que nos permite caminar hacia la verdadera libertad.
Quisiera compartir unas razones del porque El pecado termina haciéndose adictivo.
1. MUCHAS VECES IGNORAMOS LA REALIDAD DE LA GUERRA ESPIRITUAL
Dios nos manda a ponernos toda la armadura de Dios, no como si fueran simples artículos de adorno o de “moda cristiana”, sino como una protección real y necesaria para nuestra vida espiritual. Nuestra lucha principal no es física, emocional o social; es una lucha espiritual. No podemos ignorar esta realidad sin pagar consecuencias. Muchos cristianos viven como si no existiera un enemigo, como si no hubiera batalla, y por eso caminan sin preparación y sin defensa.
Aunque existe mucho debate sobre la guerra espiritual, creo que la función más peligrosa de esta lucha no es lo espectacular ni lo visible. No se trata principalmente de fantasmas, vampiros o manifestaciones extrañas, como algunos imaginan. La verdadera batalla espiritual ocurre en la mente, en el corazón y en los deseos. Es ahí donde el enemigo trabaja con mayor fuerza: engañándonos, seduciéndonos, haciendo que amemos el pecado y que poco a poco le demos la espalda a Dios sin darnos cuenta.
La Biblia nos recuerda claramente esta realidad cuando dice: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes… Por tanto, tomad toda la armadura de Dios…” (Efesios 6:12–13). Enfrentamos a un enemigo real, organizado, persistente y malicioso, que quiere mantenernos en esclavitud espiritual. No es débil, no se cansa, no se distrae. Si no reconocemos esta realidad, estamos destinados a vivir en constante derrota.
Por eso es necesario cuidar continuamente nuestra mente y nuestro corazón. No basta con ser cristianos de nombre; debemos vivir protegidos espiritualmente. Aunque este no sea un estudio completo sobre la armadura de Dios, es importante enfatizar que debemos llevarla puesta todos los días. Un cristiano que comienza a alejarse de Dios, que descuida su comunión, su oración y su obediencia, se va quedando vulnerable. En esos momentos, Dios puede permitir que influencias espirituales negativas afecten su forma de pensar, su percepción y aun su imaginación.
“Jehová te herirá con locura, ceguera y turbación de espíritu;” Deuteronomio 28:28
“Y enloquecerás a causa de lo que verás con tus ojos.” Deuteronomio 28:34
La Biblia muestra que uno de los juicios que Dios anunció sobre Israel por su rebelión fue precisamente una afectación en la mente y en el espíritu: “Jehová te herirá con locura, ceguera y turbación de espíritu” (Deuteronomio 28:28). Y también: “Y enloquecerás a causa de lo que verás con tus ojos” (Deuteronomio 28:34). Esto nos enseña que cuando una persona vive en rebeldía constante, pierde estabilidad, claridad y paz interior.
Cuando una persona es conquistada por las huestes de las tinieblas, tarde o temprano pierde la paz. No cualquier paz, sino la paz mental y espiritual. Vive desprotegida, vulnerable, confundida. Muchas veces su mente comienza a fabricar temores, escenarios irreales, pensamientos destructivos y tormentos internos que no tienen fundamento. No hay tormentas más fuertes que aquellas que se forman dentro de la mente cuando está desconectada de Dios. Por eso muchos viven dominados por el miedo, la ansiedad y pensamientos que parecen sacados de una película de terror.
“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado.” Isaias 26:3
La mejor protección que existe no es humana, ni psicológica, ni emocional: es espiritual. Está en Dios. La Escritura dice: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Isaías 26:3). Cuando nuestra mente está centrada en Dios, cuando perseveramos en Él, encontramos estabilidad, descanso y seguridad, aun en medio de la batalla.
Al tener puesta la armadura de Dios, no solo seremos cristianos más fieles, sino que nuestra mente estará protegida. Además, es mucho menos probable que terminemos esclavizados por un pecado. El pecado nunca desaparecerá completamente de nuestra vida mientras estemos en este cuerpo, porque seguimos luchando con la carne. Sin embargo, no debe dominarnos. No debe gobernarnos. No debe controlarnos. Tenemos al Espíritu Santo viviendo en nosotros para ayudarnos a vivir una vida victoriosa.
“Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna.” 1 Corintios 6:12
“¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera. 16 ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? 17 Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados;” Romanos 6:15-17
Cuando somos indiferentes a la guerra espiritual, nunca nos preparamos. Y cuando no nos preparamos, somos sorprendidos. Si no tomamos en serio esta batalla, caminamos sin armadura, sin defensa, sin vigilancia. Entonces somos atacados, heridos y poco a poco esclavizados por el pecado. Y si una persona vive permanentemente en rebelión contra Dios, puede llegar el momento en que Dios permita ciertos juicios: pérdida de paz, confusión, inestabilidad emocional y pensamientos perturbadores.
Por eso, ignorar la guerra espiritual no es un error pequeño; es una puerta abierta al fracaso espiritual. Reconocerla, prepararnos y vivir protegidos en Dios es una de las claves para no caer en una vida dominada por el pecado.
2. PREFERIMOS OCULTAR NUESTRA LUCHA QUE CONFESAR QUE NECESITAMOS AYUDA
Una de nuestras tendencias más fuertes como seres humanos es proteger nuestra imagen. Queremos que los demás nos vean como personas firmes, estables, espirituales y en control. Muchas veces, ese deseo de aparentar fortaleza viene a costa de asuntos profundos, delicados y peligrosos en nuestra vida espiritual. Preferimos cuidar nuestra reputación antes que cuidar nuestra alma.
Curiosamente, no tenemos problema en ir con un doctor para ser examinados, aun en áreas incómodas o vergonzosas. Estamos dispuestos a ser revisados, tocados y expuestos físicamente, porque entendemos que el resultado de ese momento incómodo puede ser salud, alivio y vida. Sabemos que ignorar un problema físico puede traer consecuencias graves, por eso aceptamos pasar por ese proceso.
En nuestra mente eso es normal. Sin embargo, no pensamos igual cuando se trata del hombre interior. Las luchas secretas, los pensamientos ocultos, los pecados repetidos y las debilidades privadas son áreas que preferimos esconder. Todos sabemos en nuestra conciencia que muchas de estas luchas no son accidentes, sino decisiones personales. Y eso las hace todavía más difíciles de confesar.
Las luchas secretas, los pensamientos ocultos, los pecados repetidos y las debilidades privadas son áreas que preferimos esconder.
Si tenemos un problema en el cuerpo, fácilmente decimos que es una enfermedad, una herencia genética o algo fuera de nuestro control. Pero cuando tenemos un problema moral, espiritual o de carácter, no hay a quién culpar. No podemos señalar a nadie más. El responsable somos nosotros. Y por eso nos cuesta tanto buscar ayuda. No queremos ser vulnerables precisamente en las áreas donde sabemos que fallamos.
He conocido pastores que terminaron perdiendo su familia, su testimonio y su ministerio, no por un gran pecado repentino, sino por pequeñas luchas que nunca atendieron. Cosas “pequeñas” que fueron creciendo en secreto. Prefirieron callar, ocultar y aparentar, en lugar de pedir ayuda a tiempo. También conozco hermanas que tomaron decisiones equivocadas y causaron gran daño a sus hogares, no porque no hubiera salida, sino porque escondieron su lucha hasta que la lucha las dominó por completo.
Muchas veces, el orgullo es la raíz principal de esta actitud. Queremos mostrar una cara fuerte. Queremos aparentar que tenemos todo bajo control. Queremos que nadie vea nuestras grietas. Pero ese orgullo abre la puerta para que el pecado se fortalezca. Mientras el pecado permanece en la oscuridad, se hace más cómodo, más fuerte y más dominante.
El pecado oculto siempre crece. Nunca se queda pequeño. Lo que no se confiesa se multiplica. Lo que no se trae a la luz se convierte en una cadena. Poco a poco, lo que empezó como una debilidad termina convirtiéndose en una adicción espiritual.
El pecado oculto siempre crece.
La Biblia nos da un principio claro y sanador: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados…” (Santiago 5:16). Dios estableció la confesión y la oración como medios de restauración. No para humillarnos, sino para sanarnos. No para destruirnos, sino para levantarnos.
“Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.” Santiago 5:16
Cuando una persona se atreve a hablar, a pedir ayuda, a reconocer su lucha delante de Dios y de líderes maduros, rompe el poder del pecado. La luz debilita lo que la oscuridad fortalece. La humildad destruye lo que el orgullo construye. La confesión abre la puerta a la sanidad.
Por eso, muchos pecados se vuelven adictivos no porque sean invencibles, sino porque permanecen escondidos. Preferimos cargar una cadena secreta antes que vivir una libertad pública. Pero Dios nos llama a vivir en verdad, en transparencia y en restauración.
3. NO TENEMOS CON QUIEN HABLAR
Una de las cosas más importantes que un cristiano puede tener en su vida es un amigo verdadero que funcione como mentor y consejero personal. No cualquier amistad cumple este papel. No puede ser alguien que te tenga miedo, porque una persona que te teme nunca te va a confrontar cuando ve algo incorrecto en tu vida. Solo te va a decir lo que quieres oír. Todos necesitamos amigos valientes, honestos y espirituales, que se atrevan a decirnos la verdad con amor.
Todos necesitamos amigos valientes, honestos y espirituales, que se atrevan a decirnos la verdad con amor.
En mi vida, Dios me ha dado amistades así. Amigos que no solo me preguntan cómo estoy yo, sino que sin pedirme permiso hablan directamente con mi esposa para saber cómo está nuestro matrimonio. Ellos quieren asegurarse de que estoy siendo un buen esposo. Hacen preguntas como: “¿Cuándo fue la última vez que Luis te llevó a una cita?” o “¿Te trata con amor y respeto?”. En más de una ocasión me han llamado la atención, y doy gracias a Dios por eso.
Hace poco, incluso, me confrontaron por mi peso. Me explicaron que, si quiero seguir sirviendo al Señor por muchos años, necesito cuidar mi salud. Me exhortaron a adelgazar para poder disfrutar a mis futuros nietos. (Jajaja). Muchos no se imaginan lo personales que mis mentores se vuelven conmigo. Pero en lugar de ponerme a la defensiva, aprendo a escucharlos, porque sé que me aman y buscan mi bien.
“Donde no hay dirección sabia, caerá el pueblo; Mas en la multitud de consejeros hay seguridad.” Proverbios 11:14
Fuimos diseñados por Dios para relacionarnos. No fuimos creados para vivir aislados. Sin embargo, muchos cristianos se han vuelto “lobos solitarios”. No desarrollan relaciones profundas y firmes con personas confiables. Por eso, no hablan con nadie acerca de sus luchas. Guardan todo por dentro. Callan. Se aíslan. Y mientras más callan, más se debilitan.
Tristemente, muchas veces tampoco hablamos mucho con Dios. Nuestra vida de oración se reduce a frases rápidas como: “Señor, perdóname”, sin profundidad, sin arrepentimiento sincero, sin búsqueda real. La falta de una vida de oración constante y honesta impide que vivamos en victoria espiritual.
“El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.” Proverbios 28:13
Creo que otro problema serio es que muchas veces pensamos que somos los únicos que luchamos con cierto pecado. Nos convencemos de que nadie más pasa por lo mismo. Consumidos por nuestro pecado oculto, llegamos a creer que nadie nos entendería. Entonces preferimos callar. Batallamos solos. Caemos solos. Perdemos solos.
Pero esa es una mentira del enemigo. No hay pecado nuevo. No hay lucha única. Otros han pasado por lo mismo y han vencido con la ayuda de Dios y de personas piadosas.
Por eso, no tener con quién hablar no es un problema pequeño. Es uno de los factores más grandes que contribuyen a que el pecado se vuelva adictivo en nuestras vidas.
4. NOS ALEJAMOS DE LA IGLESIA.
El pecado siempre produce aislamiento. Poco a poco va separando a la persona de las relaciones sanas, de la rendición de cuentas y de la comunión con otros creyentes. Un cristiano que comienza a vivir en pecado casi siempre empieza alejándose de la iglesia. Primero falta un culto. Luego dos. Después ya casi no aparece. Y mientras más se desconecta, más se hunde en su pecado.
El pecado siempre produce aislamiento
Los creyentes desconectados casi siempre terminan debilitándose espiritualmente. Sin cobertura, sin consejo y sin exhortación, quedan expuestos a los ataques del enemigo. La iglesia es el lugar donde Dios ha establecido relaciones espirituales que nos ayudan a crecer, a madurar y a mantenernos firmes. Estar en la iglesia trae bendición, no por el edificio, sino porque la iglesia pertenece a Cristo y es Su cuerpo.
Dios ordenó la iglesia local como el lugar donde el creyente debe desarrollarse espiritualmente. No fue idea humana. Fue diseño divino. La Escritura dice: “Para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15). En la iglesia aprendemos cómo vivir, cómo agradar a Dios y cómo permanecer en la verdad.
Dentro de la iglesia escuchamos la predicación que necesitamos para nuestro crecimiento. Dios usa Su Palabra para confrontarnos, corregirnos, animarnos y transformarnos. No siempre escuchamos lo que nos gusta, pero siempre escuchamos lo que necesitamos. Por eso la Biblia dice: “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo… para amonestarnos” (1 Corintios 10:11). Y también: “Podéis amonestaros los unos a los otros” (Romanos 15:14). La exhortación es parte del cuidado espiritual.
“Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos.” 1 Corintios 10:11
“Pero estoy seguro de vosotros, hermanos míos, de que vosotros mismos estáis llenos de bondad, llenos de todo conocimiento, de tal manera que podéis amonestaros los unos a los otros.” Romanos 15:14
Cuando una persona se aleja de la predicación y de la comunión cristiana, se vuelve vulnerable. Empieza a exponerse a tentaciones que antes podía resistir. Comienza a tolerar cosas que antes rechazaba. Poco a poco, el pecado empieza a tomar dominio. No podemos esperar buenos resultados espirituales mientras vivimos en desobediencia. Asistir a la iglesia no es una opción para el creyente comprometido; es un mandato de Dios.
“Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; 25 no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.” Hebreos 10:24-25
Cuando el pecado logra alejarnos de la congregación, se vuelve más fácil pecar. Sin predicación, sin corrección y sin comunión, el pecado se acomoda, se fortalece y termina dominando la vida. Por eso, muchos pecados se vuelven adictivos después de que la persona deja de congregarse.
No te alejes de la iglesia. No te alejes de la predicación. Aunque a veces te sientas señalado, confrontado o incómodo, recuerda que Dios puede estar usando esa palabra para librarte de una esclavitud espiritual. Lo que hoy te incomoda puede ser lo que mañana te libere.
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