CUANDO LA REALIDAD NOS SORPRENDE

Decir que la vida está llena de sorpresas puede sonar como una frase común, pero encierra una gran verdad. Las sorpresas de la vida vienen empaquetadas de muchas formas. Algunas son profundamente alegres y llenan el corazón de gratitud. Otras, en cambio, son dolorosas y difíciles de procesar. Algunas sorpresas nos llenan de ánimo y esperanza; otras nos dejan con preguntas, decepción o confusión. La manera en que manejamos las sorpresas de la vida dice mucho acerca de nuestra madurez espiritual y de nuestra relación con Dios. Aun cuando las sorpresas son difíciles de digerir, es importante aprender a interpretarlas y enfrentarlas de una manera bíblica.

La manera en que manejamos las sorpresas de la vida dice mucho acerca de nuestra madurez espiritual y de nuestra relación con Dios

En este momento nuestra iglesia está pasando por una etapa que requerirá sacrificio, compromiso y entrega de todos para poder avanzar hacia la siguiente fase del ministerio. Estamos en el proceso de comprar nuestra primera propiedad como iglesia, algo que representa una gran bendición, pero también una gran responsabilidad. En las últimas semanas me he encontrado con muchas sorpresas. Algunas han sido buenas; otras no tanto. Algunas fueron completamente inesperadas, mientras que otras simplemente confirmaron cosas que quizás ya se intuían. A través de esta temporada de ministerio he tenido que reflexionar mucho, y quisiera compartir algunos principios que me han ayudado a navegar esta etapa.

Cuando las cosas no comienzan a cuadrar, uno como pastor tiene que detenerse y hacer una especie de auditoría espiritual de lo que está sucediendo. Es natural comenzar a hacerse preguntas difíciles: ¿habrá pecado que está afectando la obra? ¿estará sucediendo algo que no hemos visto? Estas preguntas también me llevan a una examinación personal. ¿Habrá pecado en mi vida que esté estorbando la bendición de Dios? ¿Estoy yo bien con el Señor? ¿Estoy siendo fiel en lo que Dios me ha llamado a hacer? 

En el caso de nuestra iglesia, descubrí que había muchos hermanos que estaban fallando en la manera en que daban a Dios. Esa fue una sorpresa para mí. Cuando me di cuenta de esto, inmediatamente comencé a examinarme a mí mismo. ¿Estaré enseñando mal este tema? ¿No lo he enseñado lo suficiente? ¿He asumido cosas que debí explicar mejor? ¿Estoy yo mismo siendo un buen ejemplo en mi manera de dar? Y si mi corazón está correcto delante de Dios, ¿por qué tantos en la iglesia están fallando en esta área?

A partir de estas reflexiones, quisiera compartir algunos principios que he aprendido en las últimas semanas.

1. NO TODO LO QUE SE VE BIEN ESTÁ BIEN

Una de las realidades que descubrí en esta temporada es que muchos a quienes yo pensaba que estaban bien espiritualmente, en realidad no lo estaban en ciertas áreas. Siempre se me enseñó que la forma en que una persona da a la obra de Dios refleja mucho acerca de su relación con Dios. Fue entonces cuando entendí que algunos hermanos que aparentaban ser firmes y maduros espiritualmente estaban fallando en algo tan básico como la fidelidad en su dar.

la forma en que una persona da a la obra de Dios refleja mucho acerca de su relación con Dios

No estamos hablando aquí de hermanos que no tienen trabajo o que atraviesan una pobreza severa. La Biblia reconoce esas realidades y Dios es justo con cada situación. Estamos hablando de personas que tienen la capacidad de dar, pero que aun así le fallan a Dios en esta área. 

Esto nos recuerda una verdad importante: como cristianos debemos cuidarnos de no vivir solamente de apariencias. Muchas cosas pueden verse en orden por fuera, mientras que por dentro existen áreas de desobediencia.

La vida cristiana no se puede reducir a una sola práctica espiritual. Hay quienes piensan que si alguien ora mucho, entonces es un buen cristiano. Sin embargo, puede haber cristianos que oran mucho pero nunca testifican o nunca participan en la obra de ganar almas. Otros dirán que un buen cristiano es aquel que gana almas constantemente. Pero también existen personas que son fervientes en evangelismo, aunque su vida de oración sea muy débil. Algunos enfatizan la lectura bíblica, y ciertamente eso es fundamental, pero también conocemos personas que leen la Biblia diariamente y aun así luchan con pecados como la ira, el orgullo o la falta de dominio propio. 

La vida cristiana no es una sola cosa. En esencia, la vida cristiana es obedecer a Dios en todo lo que Él nos manda. Y conforme caminamos en obediencia, el Espíritu Santo nos va mostrando áreas donde todavía necesitamos crecer. 

Jesús mismo dijo:

“¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” Lucas 6:46

El problema muchas veces no es ignorancia bíblica, sino falta de obediencia. Para muchos cristianos el dinero sigue siendo un ídolo silencioso en sus vidas. Esto fue algo que me sorprendió profundamente, especialmente en personas que llevan muchos años en la fe y que conocen bien las Escrituras. 

Jesús lo explicó con mucha claridad:

“Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.” Mateo 6:24

Cuando el dinero gobierna el corazón, el servicio a Dios inevitablemente se vuelve dividido. Incluso puede ocurrir que personas estén sirviendo en posiciones de liderazgo mientras su corazón no está completamente rendido al Señor. Esto debe llevarnos a todos a examinarnos con seriedad.

2. NO TODO LO QUE SE VE MAL ESTÁ MAL

Otra de las sorpresas que encontré fue exactamente lo contrario. Había cristianos que yo pensaba que quizá no eran tan fieles. Tal vez porque son nuevos en la iglesia o porque no se ven tan involucrados en muchas actividades. Sin embargo, para mi sorpresa, muchos de ellos estaban siendo muy fieles en su manera de diezmar y ofrendar.

Algunos de estos hermanos, en términos de porcentaje, dan mucho más que otros que tienen mayores recursos económicos. Muchas veces las personas juzgan por la cantidad visible, pero Dios no mide las ofrendas de esa manera. 

Jesús enseñó esta verdad cuando observó la ofrenda de la viuda pobre. Mientras otros daban grandes cantidades, ella dio dos blancas, algo que humanamente parecía insignificante. Sin embargo, Cristo dijo: 

“De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos.” Lucas 21:3 

¿Por qué? Porque Dios no mide la cantidad, sino el sacrificio. Dios ve lo que representa esa ofrenda en proporción a lo que una persona tiene. Esto me ha recordado que existen hermanos fieles que quizás no llaman mucho la atención, pero que delante de Dios tienen un corazón profundamente comprometido. 

El apóstol Pablo habló de algo similar cuando describió a las iglesias de Macedonia:

“Asimismo, hermanos, os hacemos saber la gracia de Dios que se ha dado a las iglesias de Macedonia; que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad. Pues doy testimonio de que con agrado han dado conforme a sus fuerzas, y aun más allá de sus fuerzas, pidiéndonos con muchos ruegos que les concediésemos el privilegio de participar en este servicio para los santos.” 2 Corintios 8:1-4

Estos creyentes no daban desde la abundancia, sino desde la escasez. Aun así, su amor por Dios y por la obra era tan grande que dieron más allá de lo que humanamente parecía posible. Dios se complace profundamente en ese tipo de corazón.

3. PONIENDO LOS OJOS EN JESÚS

Para muchos pastores estas situaciones pueden ser difíciles de procesar. La falta de compromiso o de entrega dentro de una iglesia puede golpear profundamente el corazón de un pastor que desea ver avanzar la obra de Dios. A veces los mismos pastores somos malos para seguir nuestro propio consejo. 

No sé cuántas veces he aconsejado a otros que pongan sus ojos en Jesús cuando están lidiando con la decepción causada por otras personas. Sin embargo, cuando uno mismo enfrenta esas decepciones, es fácil olvidar ese mismo principio.

La realidad es que, si no tenemos cuidado, la decepción puede hacer que quitemos nuestros ojos de Cristo y los pongamos en las fallas de las personas. Y cuando nuestra mirada se desvía de Jesús, nuestra carrera espiritual comienza a torcerse. 

Por eso la Escritura nos exhorta:

“puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar.” Hebreos 12:2-3

Si queremos terminar bien nuestra carrera, debemos mantener nuestros ojos firmemente en Jesús. Debemos hacer lo correcto, aunque otros a nuestro alrededor no lo estén haciendo. Debemos continuar obedeciendo a Dios, aun cuando sería más fácil simplemente rendirse o bajar el estándar. 

Si en este momento estás lidiando con decepción —quizás causada por personas, circunstancias o situaciones inesperadas— recuerda este principio: pon tus ojos en Jesús. Cuando nuestra mirada está en Él, encontramos la fuerza para seguir adelante y nuestro ánimo no se cansa hasta desmayar.

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