LAS RAICES ESPIRITUALES DE LA DESCONEXIÓN EN LA IGLESIA

Es algo raro, pero sucede con frecuencia. Es algo extraño pero se ve en cada iglesia. Si los ojos pudieran gritar, nos dijeran muchas cosas. En cada iglesia existen personas desconectadas de la misma. Un cristiano desconectado es un cristiano en el cual carece propósito, entusiasmo en lo que hace en la iglesia. En otras palabras han perdido su norte. Y no estoy hablando de las personas que nomás se desaniman, me estoy refiriendo que hay cristianos de años de conocer a Cristo que entran a las iglesias como zombies, de una forma o otra, se sienten aburridos y con ganas que las cosas fueran diferentes.

Algunos pueden permanecer así durante años. Otros no duran mucho tiempo antes de comenzar a ser infieles en diferentes áreas: dejan de asistir con regularidad, pierden su compromiso, y algunos comienzan a quejarse con otros miembros sobre sus inconformidades. En muchos casos, esta actitud nace de una expectativa equivocada: pensaban que ir a la iglesia siempre iba a ser una experiencia emocionante, casi como una fiesta. Nunca imaginaron que también habría días en los que asistir sería como ir a trabajar: lo hacemos porque es lo correcto, no necesariamente porque sentimos emoción o alegría.

Cuando alguien se siente desconectado, a menudo también se siente confundido o incluso temeroso. Empieza a pensar que el problema es la iglesia. Es curioso cómo la mayoría rara vez se examina a sí misma, y prefiere culpar a otros o a la congregación misma. Claro, hay casos donde sí hay problemas reales, disensiones, divisiones, actitudes incorrectas dentro del cuerpo de Cristo, y eso influye. Pero la raíz del problema muchas veces está en el corazón del creyente.

A veces, el problema es la iglesia. En ciertas ocasiones, el pecado ha tomado control casi total de una congregación. Y no me refiero solo a divisiones o chismes, que ya de por sí son graves, sino también a pecados de inmoralidad que han contaminado el ambiente espiritual. Me ha tocado ver iglesias en las que, sinceramente, yo mismo no quisiera ser miembro. 

En algunos casos, es evidente que el pastor mismo está resentido o enojado con alguien o con algo. No hay mensaje que predique en el que no salga a relucir ese resentimiento. Esto se nota aún más cuando el pastor, en lugar de guiar con humildad, le ruega a la iglesia que estén agradecidos con él. Pero estos ruegos no vienen con gracia, sino disfrazados de castigos verbales: reprensiones constantes que hacen sentir a la congregación culpable, como si fueran ingratos. 

Algunos pastores, lamentablemente, terminan usando tácticas que rayan en la manipulación emocional. Escuché de uno que hizo un ejercicio con su congregación: colocó una fotografía en un trípode y pidió que todos le tiraran dardos. La gente pensó que era solo una dinámica ilustrativa. Sin embargo, después él les dijo que así se sentía cada vez que hablaban mal de él o de su familia, como si cada palabra fuera un dardo que lo hería profundamente. Este tipo de liderazgo no edifica. Al contrario, enferma a la iglesia. Los pastores no somos el centro, Cristo lo es. El púlpito no debe usarse para reclamar, manipular ni castigar, sino para alimentar y pastorear con amor, firmeza y verdad.

Algunos pastores, lamentablemente, terminan usando tácticas que rayan en la manipulación emocional.

Cuando una iglesia está envuelta en tanta oscuridad espiritual, es comprensible que haya personas que se sientan atrapadas o desconectadas de la congregación. En contextos así, mantener un buen espíritu como pastor se vuelve una tarea especialmente difícil. 

La realidad es que si nosotros, como pastores, no tomamos dominio de nuestras emociones, fácilmente podemos caer en una espiral negativa. Comenzamos a enfocarnos solo en lo que está mal: la falta de compromiso, la apatía, las críticas, los problemas internos… y eso nos lleva al desgaste emocional. Sin darnos cuenta, nuestro ministerio deja de ser una fuente de gozo, y se convierte en una carga pesada. 

Siempre recuerdo esto: la persona más difícil de dirigir soy yo mismo. La gran tarea de la vida es aprender a ser mi propio líder. Si no puedo gobernarme a mí mismo, entonces no tengo el derecho, ni la capacidad, de intentar dirigir a otros. Algo que me ha ayudado a lo largo del tiempo es observar cómo otros pierden el control de sí mismos… y ver las consecuencias. Eso me ha motivado profundamente a estar alerta y consciente de la importancia de gobernar bien mi propia vida. El dominio propio no es opcional para el liderazgo cristiano; es esencial.

la persona más difícil de dirigir soy yo mismo.

Por eso es fundamental que los pastores cuidemos no solo de la grey, sino también de nuestro propio corazón. No podemos pastorear eficazmente si estamos emocionalmente quebrados o espiritualmente secos. Necesitamos volver a la fuente, recordar por qué hacemos lo que hacemos, y renovar nuestras fuerzas en el Señor cada día. 

Quisiera entonces resaltar algunas razones por las que ciertos miembros de una iglesia terminan desconectados. Viven como si estuvieran en una especie de “purgatorio ministerial”: nunca están plenamente felices con su iglesia, pero tampoco tienen el valor de irse. Simplemente se quedan atrapados en el medio, con un espíritu de aguante, no de gozo. No disfrutan su vida congregacional; solo la soportan.

1. LA DERIVA

Cuando hablo de alguien que está a la deriva, me refiero a una persona que no está anclada espiritualmente. Es alguien que se mueve sin dirección, sin propósito, simplemente flotando en la vida cristiana. Y esto es peligroso, porque la vida cristiana está diseñada para vivirse con intención, convicción y dirección. 

Es alguien que se mueve sin dirección, sin propósito, simplemente flotando en la vida cristiana.

Hay personas que asisten físicamente a una iglesia, pero están desconectadas en su interior. Siempre están mirando hacia otro lado, buscando “algo mejor”: otra iglesia, otro predicador, otra experiencia. Rara vez responden a la Palabra con humildad; casi nunca pasan al altar porque sienten que la predicación nunca es tan buena como debería ser. Se han vuelto críticos, no comprometidos. En lugar de ser creyentes firmes e inmovibles, como Dios manda, están simplemente flotando.

La Biblia nos advierte a todo creyente que potencialmente, podemos deslizarnos.

“Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos.” Hebreos 2:1

Cuidarnos con diligencia es fundamental.Es muy fácil que nuestra vida comience a desviarse si no prestamos atención constante a lo que ocurre en lo profundo de nuestra alma. La negligencia espiritual puede parecer inofensiva al principio, pero con el tiempo nos lleva fuera del lugar donde Dios quiere que estemos. Lo cierto es que nos resulta mucho más fácil ver los errores en los demás que examinar nuestro propio corazón. Pero Dios no nos manda a ser inspectores de otros, sino guardianes de nosotros mismos.

“Para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina…” Efesios 4:14

Siempre será una señal de inmadurez espiritual el andar fluctuando en la vida. En lugar de estar firmes y establecidos, algunos creyentes viven cambiando de dirección, de ánimo o de convicciones según las circunstancias. La Biblia nos advierte claramente sobre este peligro. Se nos llama a cuidar con toda diligencia nuestra vida espiritual y a evitar comportarnos como niños fluctuantes, que son fácilmente arrastrados por todo viento de doctrina o por sus propias emociones.

Ánimo a cada persona que está leyendo este artículo. Asegúrese que está dirigiendo su vida, con propósito con intención, agarre el timón de su vida y pare de dejarle las riendas a sus emociones, y mejor permita que su carácter dirija hacia lo que es correcto, porque su corazón y sus emociones, siempre lo van a dirigir hacia la emoción más fuerte que siente en el momento 

Estar a la deriva significa vivir sin ancla, sin rumbo definido. Es moverse sutilmente, sin intención clara, hasta alejarse del lugar donde deberíamos estar. En lo espiritual, esto representa a personas que asisten a la iglesia, pero no están firmes ni comprometidas. Están presentes, pero ausentes.

2. RELACIONES QUEBRANTADAS

Otra razón por la que algunas personas se desconectan de su iglesia es porque sus amistades dentro de la congregación siempre están quebrándose. Muy poca gente sabe cómo mantener una relación saludable y duradera con otros. Cuando observamos a los hermanos en la iglesia, podemos notar patrones de relaciones tóxicas, perdón, esa es la expresión que se usa hoy en día, pero me refiero a hermanos que cambian de amistad en amistad porque les resulta difícil sostener una relación profunda y buena a largo plazo con diferentes personas. 

Casi siempre, las amistades más cercanas de ese hermano o hermana terminan en peleas o distanciamientos. Creo que la causa principal de esto es la carnalidad y los chismes, que muy pronto comienzan a dominar la relación. Después de haber perdido tantas amistades y haber pasado por tantos conflictos, ese hermano o hermana termina sintiéndose desconectado, porque no tiene las amistades que esperaba y queda como flotando en el aire, sin ancla.

Uno debe aprender no solo cómo ser un buen amigo, sino también cómo identificar a quien no lo es. Si tus amistades se centran únicamente en hablar mal de otros, esa relación está destinada a fomentar quejas sobre la iglesia y sobre el pastor. La única conversación que saben tener es hablar mal de otras personas.  

Este tipo de relación está condenada a terminar mal. Por eso la Biblia advierte claramente acerca de los chismosos, porque terminan dividiendo amigos y causando problemas. Los resultados siempre son los mismos, y la Biblia no miente sobre este tema.

“El hombre perverso levanta contienda, Y el chismoso aparta a los mejores amigos.” Proverbios 16:23

“Sin leña se apaga el fuego, Y donde no hay chismoso, cesa la contienda.” Proverbios 2:20

Otra razón por la que las relaciones pueden quebrantarse en la iglesia son los malos tratos relacionados con negocios entre hermanos. Me refiero a esos acuerdos que muchas veces se hacen dentro de la congregación, pero que terminan mal. No se imaginan cuánto he advertido a la iglesia que eviten hacer negocios con otros hermanos. Son muchas las relaciones que se han fracturado cuando el dinero entra en juego, y gran parte del cristianismo y la hermandad simplemente desaparecen. 

A menudo les he dicho a los hermanos que, si prestan dinero a alguien de la iglesia y no se los regresan, ni siquiera vengan conmigo porque siempre les advierto que es mejor regalar que prestar para mantener una buena relación.  

En muchos casos, estos negocios terminan mal, y quien queda en falta termina saliendo de la iglesia. Es difícil mirar a los ojos a la persona a quien le debes dinero, y luchar con la conciencia cuando sabes que has quedado mal con varios hermanos. Muy pronto, la vergüenza y la pena hacen que esa persona se sienta desconectada de la congregación. Lo correcto es pagar o rectificar el daño hecho, pero personas con un carácter débil prefieren huir, cerrar los ojos y los oídos, y pretender que no hay problema.

“No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley.” Romanos 13:8

“Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, 24 deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.” Mateo 5:23-24 

“Procurando hacer lo honorable, no solo delante del Señor, sino también delante de los hombres.” 2 Corintios 8:21

Buscar hacer lo honorable debe ser la meta de todo creyente dentro de la iglesia. Todos cometemos errores, pero hay hermanos que arrastran malos hábitos en el manejo de negocios desde antes de conocer a Cristo. Antes de involucrarse en más negocios, deberían aprender bien cómo administrar el dinero y cómo hacer tratos de manera correcta. Creo que muchos hermanos cometen errores con buenas intenciones. Por ejemplo, toman dinero que está destinado para un propósito específico, pero como le deben a otra persona, usan ese dinero para pagar esa deuda, quedando mal con quien les acaba de prestar. No creo que ninguno tenga la intención de robar, pero las cosas no salen como esperan, y terminan generando una bola de nieve de conflictos y controversias.

Tu reputación es más valiosa que cualquier otra cosa

Si te encuentras en esta situación, recuerda que tu nombre vale más que el dinero. Tu reputación es más valiosa que cualquier otra cosa, así que haz todo lo posible para reconciliarte y estar bien con los hermanos con quienes tuviste algún problema.

“De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas, Y la buena fama más que la plata y el oro.” Provebrios 22:1

3. LLAMADA DE ATENCIÓN PASTORAL

Muchas veces los problemas en la iglesia surgen cuando hay conflicto con el pastor. Pastorear una congregación no es fácil, porque hay toda clase de personalidades dentro de la iglesia. 

Doy mi propio testimonio: casi todos los que permanecen en nuestra iglesia disfrutan del orden y la estructura. Claro, eso es así… hasta que ese mismo orden y estructura entra en conflicto con algo que un individuo quiere hacer. Casi siempre, el hermano o la hermana quieren ser la excepción, porque su historia personal, según ellos, es tan especial que merece un trato distinto. Lo que no saben, o no consideran, es cuántas veces otras personas han querido también ser la excepción. Y si uno no pone límites, la iglesia se convierte en un caos. Para que haya orden, es necesario establecer políticas y reglas claras, y todos debemos respetarlas.

No todos los miembros son iguales. Me ha tocado tratar con algunos que son muy fáciles de tratar incluso cuando hay desacuerdos. Al decir “no” a algo, o al tener que corregirlos, lo aceptan con buen espíritu. Regularmente, se necesita mucha madurez para mantener un asunto pequeño en su justa proporción y no tomarlo de forma personal, evitando así que se convierta en un problema mayor. 

Pero también existen otros hermanos que, ante una simple llamada de atención, lo toman como si fuera un ataque personal. Perciben la corrección como si la única razón por la que se les llamó la atención fuera porque el pastor no los quiere como personas. Cuando alguien ya ve las cosas de esa manera, es muy difícil, aunque no imposible, recuperar esa relación.

Antes perdía el sueño cuando sabía que alguien estaba disgustado con una decisión que yo había tomado. En ese tiempo, pensaba que era mi responsabilidad asegurarme de que todos estuvieran felices conmigo. Luego me di cuenta de que los únicos que hacen felices a todos… son los payasos. Y Dios no me llamó a ser un payaso; Dios me llamó a ser un pastor. Muchas veces, la dirección que, como pastor, doy a la iglesia no hará feliz a todos, pero alguien tiene que establecer orden y estructura.

Al mismo tiempo, reconozco que no todos querrán seguir la dirección que, como pastor, establezco en la iglesia. Soy consciente de que no podré ganar a todos, y que no todos sentirán el llamado a seguir mi liderazgo. Sin embargo, alguien debe establecer la dirección y la filosofía de una iglesia, y creo firmemente que para eso Dios ha puesto al pastor. Es responsabilidad del pastor marcar el rumbo y la visión de la iglesia, y es deber de la iglesia unirse a esa dirección. Por eso la Biblia nos manda a ser de un mismo sentir, a caminar en unidad, y a obedecer a nuestros pastores. No porque el pastor sea perfecto, sino porque Dios ha establecido un orden para que haya armonía en Su iglesia.

“Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo, para que o sea que vaya a veros, o que esté ausente, oiga de vosotros que estáis firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio,” Filipenses 1:27

“Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso.” Hebreos 13:17

La verdad es que yo mismo sigo en el proceso de aprendizaje para ser un buen líder. Me gusta pensar que, con cada año que pasa, sigo mejorando y creciendo. He aprendido mucho, especialmente de mis propios errores, y mantengo un gran deseo de seguir desarrollándome tanto en mi caminar con Dios como en mi habilidad de ser un líder conforme a Su voluntad. 

También sé que hay personas a quienes no les gusta la estructura. Y a ellos, con todo respeto, siempre les digo que, si la estructura de nuestra iglesia no es lo que buscan, están en libertad de encontrar otra iglesia donde puedan crecer espiritualmente. Sin embargo, muchas veces no se trata realmente de estructura; se trata de que la persona quisiera que todo se hiciera conforme a su percepción o manera de pensar. Nunca he sido de esos pastores que tratan de forzar a todos a alinearse. En nuestra iglesia tenemos una política de “puertas abiertas”. Si alguien me permite ser una bendición como su pastor, me gozo en servirle. Y si no, también puedo vivir con eso. Creo firmemente que es Dios quien debe obrar en el corazón de cada persona, para que la relación entre pastor y miembro fluya como debe ser. Para aquellos que no sienten ese llamado o esa paz en su corazón, muchas veces es más saludable que encuentren un lugar donde Dios realmente los esté dirigiendo. De esa manera, se evita una guerra constante con el pastor o con el orden de la iglesia.

Sea como sea, es muy difícil que alguien se sienta conectado cuando está ofendido con el pastor. Cuando alguien está ofendido, todo lo perciben en contra suya. Todos los mensajes en sus mentes creen que son dirigidos a ellos. Todo lo perciben que es en su contra la ofensa. Una vez plantada en la mente. Comienza a dar muchos frutos, amargos en la vida del ofendido. Y es difícil que disfruten la vida en la iglesia, si creen o perciben que el líder está en su contra. Por eso, una de las personas más difícil de pastorear será la gente ofendida.

“El hermano ofendTu reputación es más valiosa que cualquier otra cosaido es más tenaz que una ciudad fuerte, Y las contiendas de los hermanos son como cerrojos de alcázar.” Proverbios 18:19

Si usted está leyendo esto y se siente desconectado de su iglesia, ya sea porque está ofendido por haber sido corregido, porque el pastor no aceptó su idea, o porque pensó que el pastor debía hacer una excepción con su situación particular y no lo hizo, le animo a que intente hablar con el pastor. Trate de aclarar las cosas en espíritu de humildad. Pero antes de hacerlo, asegúrese de que estará en paz con cualquiera que sea el resultado de esa conversación. Si se reúne con el pastor esperando que él cambie de parecer, corre el riesgo de salir aún más ofendido que antes de entrar.

Nada hiere tanto como una expectativa no cumplida. Esto me recuerda la historia de Naamán. El hombre de Dios le dio instrucciones claras sobre cómo recibir su sanidad, pero Naamán casi pierde su milagro simplemente porque sus expectativas no se cumplieron. Es más, ni siquiera estaba de acuerdo con las instrucciones que recibió del profeta (2 Reyes 5). ¿Y qué hizo falta? Humildad. Solo cuando Naamán se humilló, obedeció, y dejó a un lado sus expectativas, fue sano.

“Y Naamán se fue enojado, diciendo: He aquí yo decía para mí: Saldrá él luego, y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar, y sanará la lepra. 12 Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Si me lavare en ellos, ¿no seré también limpio? Y se volvió, y se fue enojado.” 2 Reyes 5:11-12

En lugar de enfocarse en la posibilidad de ser sano de su lepra, lo único que consumía la mente de Naamán era el hecho de que no estaba de acuerdo con el río donde debía tirarse para recibir su sanidad. Él quería que las cosas se hicieran a su manera.

Muchas veces, eso mismo sucede en la iglesia. Puede haber personas que no están de acuerdo con quién fue escogido como maestro, o quién fue puesto como ayudante. A veces alguien se molesta porque no le parece cómo se eligieron a los que estarían a cargo de cierto ministerio. La gente tiende a enojarse cuando una decisión no coincide con sus propias expectativas, porque , en su mente, siempre hay mejores ríos en los que “deberían” tirarse, que el río que fue escogido por el profeta.

¿Cuántas veces alguien no se ha enojado después de una reunión, pensando algo como: “He aquí, yo decía para mí…”?Esa es una manera de decir: “Es que yo pensaba que…”. En la mente de Naamán ya estaba todo establecido: el método que Dios usaría para sanarlo, el orden, la lógica. Sin embargo, no fue como él pensaba. 

Me ha tocado tener conversaciones en las que alguien expone su forma de pensar. Pero cuando escucha mi respuesta, se enoja mucho. Y comienza algo como: “Yo pensaba que, después de escucharme, me entenderías… que yo sería la excepción en este caso…”. Y como en sus mentes todo era blanco y negro , más claro que el agua, se ofenden profundamente cuando no resulta así.

No se pierda la bendición que Dios tiene para ti, porque no se cumplió una expectativa que tenías. No continúes con un corazón cerrado, simplemente porque el pastor no estuvo de acuerdo con los ríos, que pensabas que eran mejores en donde tirarte. No te sientes domingo tras domingo resentido en el corazón, porque las instrucciones que se te dieron, no eran conforme a lo que tú querías escuchar. Uno de los consejos más sabios que recibió una mano fue de su siervo. Él le dijo: 

“Mas sus criados se le acercaron y le hablaron diciendo: Padre mío, si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías? ¿Cuánto más, diciéndote: Lávate, y serás limpio? 14 Él entonces descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio.” 2 Reyes 5:13-14

Gracias a Dios, el criado de Naamán tenía más sentido común que muchos hermanos hoy en día en la iglesia. Mucha gente carnal le hubiera dicho a Naamán: “¡Pues sí! Qué simple el profeta… ¿Quién se cree para decir que el agua del Jordán es mejor que estos otros ríos? ¡Qué ridículo!” Y si Naamán hubiera escuchado ese mal consejo, nunca habría sido sanado. 

Ese mal consejo lo habría alejado de la bendición. Así también, muchas veces las malas amistades dentro de una iglesia, en lugar de ayudar a alguien a superar su enojo, lo alimentan, fomentando que se quede enojado e indiferente con la iglesia y el liderazgo.

Al final de cuentas, lo que el criado le está diciendo a Naamán es: “No te enfoques en el río… enfócate en que vas a ser sanado. No importa qué río se haya escogido.”

Casi le está diciendo:“¿De verdad prefieres quedarte leproso solo porque el río que te tocó no fue el que a ti te gustaba?”

¡Qué importante es tener una amistad sabia! Especialmente en momentos en los que estamos emocionalmente vulnerables. Una voz correcta puede llevarnos a la obediencia. Una voz equivocada puede robarnos la bendición.

4. EL PECADO

La cuarta razón por la que alguien puede sentirse desconectado de su iglesia es por el mismo pecado. Es muy difícil sentir un entusiasmo santo cuando la carne reina en nuestra vida. Es muy difícil estar gozosos en el Señor cuando el pecado, como un cáncer, comienza a consumirte desde adentro. En el pasado hemos tenido problemas con hermanos o hermanas que siempre se quejaban de algo o estaban involucrados en constantes conflictos. Solo después nos dimos cuenta que, durante esas temporadas, estaban viviendo en adulterio u otro tipo de pecado personal. Es muy difícil experimentar el gozo del Señor el domingo, cuando el sábado estuviste sumergidoo en la pornografía u otro pecado. El pecado verdaderamente afecta nuestro espíritu y nos aleja de las cosas espirituales de Dios.

Es muy difícil sentir un entusiasmo santo cuando la carne reina en nuestra vida.

Si no crees que el pecado puede robarte esa sensación de conexión y el gozo que uno debe experimentar en la iglesia, pregúntale a David. David, aunque era un hombre conforme al corazón de Dios, cuando cayó en pecado con Betsabé y cometió adulterio, su vida espiritual y emocional se vio profundamente afectada (2 Samuel 11-12). Él mismo expresa su dolor y la pérdida de gozo en el Salmo 51, donde clama a Dios por perdón y restauración.

Otra persona que nos muestra cómo el pecado puede robarnos el gozo que debemos experimentar en la iglesia es Pedro. Pedro, antes de su restauración, negó a Jesús tres veces. Su culpa y arrepentimiento fueron tan grandes que se retiró y lloró amargamente (Mateo 26:69-75). Solo después, cuando fue restaurado por el Señor, pudo regresar con gozo a su ministerio (Juan 21).

Si hay pecado no confesado en tu vida, enfócate primero en eso antes de buscar culpables por la razón de que no te sientes plenamente en la iglesia. Si hay algo incorrecto en tu vida personal, pídele a Dios que te escudriñe y te ayude a encontrar la raíz verdadera del problema por el cual no estás feliz en el Señor.

“Escudríñame, oh Jehová, y pruébame; Examina mis íntimos pensamientos y mi corazón.” Salmos 26:2

Si el Espíritu Santo comienza a revelarte áreas en tu vida que no están bien con el Señor, confiesa esos pecados inmediatamente y busca reconciliarte con Dios. Verás que Él restaurará el gozo de tu salvación. Cuando todo esté en paz con Él, volverás a sentirte conectado con la iglesia y podrás servir con un corazón limpio y dispuesto.

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