¿POR QUÉ PASTORES PIENSAN EN RENUNCIAR?

Este es un tema delicado y complejo. Tarde o temprano, todos enfrentamos nuestras propias tormentas, y la tentación de “tirar la toalla” golpea a muchos de nosotros. Por eso es fundamental entender por qué tantos pastores comienzan a luchar con pensamientos de renuncia. 

Aunque estos pensamientos nunca son la respuesta correcta, son parte de nuestra humanidad y, en muchas ocasiones, ocurren con frecuencia. Cada vez que lleguen a nuestra mente, debemos tener la madurez espiritual para arrepentirnos y renovar nuestra forma de pensar, tal como nos exhorta Romanos 12:2.

Quiero compartir algunas razones, entre muchas otras, que llevan a un pastor a sentir esta carga. Si eres pastor y estás leyendo esto, espero que estas palabras te sirvan como una advertencia y una herramienta para identificar lo que estás enfrentando. Y si eres miembro de una iglesia, que esta reflexión te ayude a comprender cómo apoyar y orar por tu pastor de manera más efectiva.

1. CANSADO DEL CONFLICTO

Aunque la mayoría de los pastores son fuertes y manejan los problemas con templanza, pocos imaginan cómo el conflicto constante puede robar la paz mental de un siervo de Dios. La presión de liderar una iglesia donde hay divisiones o críticas continuas agota profundamente.

Este desgaste no solo afecta al pastor, sino también a su familia, especialmente si están al tanto de lo que sucede. Muchos tratan de ocultar los problemas para proteger a sus hijos, pero la carga emocional sigue pesando. En ocasiones, el corazón del pastor llega a clamar en silencio: “Estoy cansado del conflicto”

Algunas iglesias son más difíciles de pastorear que otras, y cuando la armonía falta, el desgaste es real. La Escritura nos recuerda: 

“Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.” Romanos 12:18 

Pablo también aconsejó:

“Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido;” 2 Timoteo 2:24 

Incluso el Señor Jesús evitaba discusiones innecesarias y, en momentos de tensión, se apartaba para orar (Mateo 14:23). La paz no siempre depende de nosotros, pero debemos procurar mantener un corazón limpio, evitando que el conflicto nos robe el gozo y la pasión por el ministerio.

La paz no siempre depende de nosotros, pero debemos procurar mantener un corazón limpio, evitando que el conflicto nos robe el gozo y la pasión por el ministerio.

Muchos pastores terminan dejando el ministerio porque los conflictos constantes desgastan profundamente su vida espiritual, emocional y física, así como la de su familia. Un pastor necesita mucha sabiduría para aprender a cargar con esas dificultades, afrontarlas y buscar soluciones, para así poder continuar firmemente en la obra del ministerio. 

En varias ocasiones he visto pastores renunciar a su posición por culpa de dos o tres personas conflictivas. El desgaste causado por esas pocas voces negativas les hizo abandonar, aun cuando la mayoría de la iglesia estaba con ellos. 

Es mejor que el pastor se fortalezca y permanezca firme, para que esas pocas personas que causan problemas sean quienes eventualmente se vayan, y él continúe pastoreando la iglesia. El enemigo sabe cómo desanimarnos cuando nos enfocamos únicamente en lo negativo, y olvidamos todo lo bueno que Dios está haciendo en medio del pueblo.

2. MI FAMILIA ESTÁ EN DOLOR. 

“Está en dolor mi familia” Esta es una frase que he escuchado repetidas veces en labios de pastores que están considerando renunciar. Y es que es difícil mantenerse enfocado y con energía cuando tu familia está atravesando dificultades. Todo pastor anhela tener hijos felices y una esposa feliz. Pero cuando los conflictos en la iglesia comienzan a afectar a los que más amas, el dolor puede ser tan profundo que uno llega a considerar dejarlo todo.

Uno de los errores más graves que cometen algunos pastores es llevar a casa lo que escuchan sobre su familia. Si eres pastor y estás leyendo esto: nunca compartas con tus hijos las críticas que otras personas hacen de ellos. Si lo que escuchas tiene algo de verdad, corrígelo con sabiduría y amor. Pero si no es relevante o no edifica, trata con el asunto directamente, sin exponer a tus hijos al veneno de la crítica injusta. 

Uno de los errores más graves que cometen algunos pastores es llevar a casa lo que escuchan sobre su familia.

Muchos hijos de pastores crecen con amargura porque escucharon a sus propios padres quejarse de los hermanos de la iglesia. Eso siembra desánimo y resentimiento en sus corazones. Recordemos el consejo de: 

“Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.” Efesios 6:4

Nadie es más criticado en una iglesia que el pastor y su esposa. Esa es la realidad, porque están al frente. Como práctica personal, yo he procurado no compartir con mi esposa chismes o críticas innecesarias. Créeme, a lo largo de los años he escuchado cosas muy dolorosas, pero transmitirle esa carga a ella solo multiplicaría el dolor. Prefiero ser ese filtro de protección que guarda su corazón, tal como Proverbios 4:23 nos manda: 

“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.” Proverbios 4:23

Cuando estas cosas se salen de control, las heridas pueden llegar a ser muy profundas. Muchos hijos de pastores hoy están en el mundo porque nunca aprendieron a manejar bíblicamente las críticas y los rechazos. Terminan viendo a la iglesia como un enemigo, no como la familia de Dios.

Por eso es vital enseñarles desde pequeños a perdonar, a procesar la crítica con madurez, y a seguir adelante sin cargar amargura. Personalmente, nunca he salido en defensa de mis hijos frente a una crítica. Más bien, he aprovechado esas ocasiones para enseñarles el camino de Cristo:

• Cuando David fue injustamente perseguido por Saúl, no tomó venganza, sino que confió en que Dios haría justicia (1 Samuel 24:12). 

• Cuando Esteban fue apedreado injustamente, oró: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hechos 7:60).

Sea merecida o no la crítica, todos como cristianos estamos llamados a perdonar, aunque no nos pidan perdón. A comportarnos como Cristo, quien “cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 Pedro 2:23).

Y sobre todo, a tomar nuestra cruz cada día. Porque si no tomamos nuestra cruz, no podemos ser verdaderos discípulos (Lucas 9:23).

“Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados.” 1 Pedro 4:8

“Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.” Efesios 6:4

3. FUERA DE EQUILIBRO.

Muchas veces los pastores se sienten mal por descansar o tomar vacaciones, y eso los lleva a vivir fuera de equilibrio. Trabajan, trabajan, trabajan… y nunca invierten energía en nutrir a su familia. Iba a mencionar esto en el punto anterior, pero sentí que merecía tratarlo por separado. Muchas familias pastorales viven con resentimiento porque tienen a un padre que se esmera por la iglesia, pero pocas veces muestra el mismo esmero por su hogar. Y lo más triste es que muchas veces la iglesia ni siquiera le da las gracias al pastor, mientras él la sirve a costa de su propia familia.

Muchas familias pastorales viven con resentimiento porque tienen a un padre que se esmera por la iglesia, pero pocas veces muestra el mismo esmero por su hogar.

Hay pastores que, por años, predicaron en contra de tomar vacaciones. Ahora, cuando ellos mismos sienten la necesidad de descansar, se encuentran atrapados por sus propias palabras. No pueden tomar un descanso sin sentirse hipócritas, porque antes enseñaron que eso no era correcto. Algunos incluso usan las conferencias como excusa para vacacionar. Es más fácil decirle a la iglesia que se van a una conferencia por un mes entero, cuando en realidad solo asisten un par de días y el resto es descanso. Pero como hay una conferencia en medio, parece más aceptable. Especialmente los pastores que se han enojado cuando sus miembros se han ido de vacaciones y se perdieron un culto… ellos son los que más sufren por este desequilibrio. Tienen el deseo de descansar, pero están entre la espada y la pared porque han corregido a otros por hacer lo mismo.

Esta es una realidad en la que he tenido que aconsejar a muchos hombres de Dios: el equilibrio en el ministerio es indispensable. Por eso creo firmemente en la importancia de ser organizado. En las horas que me tocan trabajar, doy el 100%. Y en las horas de descanso, también doy el 100%. Es una bendición encontrar ese equilibrio, aunque confieso que muchas veces yo mismo he caído en el desbalance. Pero Dios me corrige, y lucho continuamente por mantenerme equilibrado.

Muchos matrimonios pastorales sufren por falta de equilibrio. Muchas relaciones entre padres e hijos se deterioran por la misma razón. Es importante reflexionar, no solo en cuánto tiempo le servimos a Dios, sino también cuánto tiempo dedicamos a nuestras propias familias. Permíteme decirlo como advertencia: me ha tocado ver de cerca a pastores que han causado tristeza profunda a su familia. Pastores que han servido a la iglesia, pero no a su hogar. Y ese tema, honestamente, merece su propio artículo.

El hombre de Dios necesita sabiduría para equilibrar su deber con Dios y su deber con su familia. No son dos mundos opuestos. Ambos pueden coexistir cuando hay madurez, humildad y un corazón dispuesto a honrar a Dios tanto en el púlpito como en la mesa del comedor.

“Él les dijo: Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían, de manera que ni aun tenían tiempo para comer.” Marcos 6:31

“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.” Eclesiastes 3:1 

El desequilibrio termina afectando el matrimonio, la paternidad y la salud del pastor. El mismo Señor Jesús descansaba, y si Él lo hizo, nosotros también lo necesitamos. No es falta de espiritualidad cuidar de tu cuerpo, tu matrimonio y tu familia (1 Timoteo 5:8). Una persona no debe sentirse mal por tomar tiempo para descansar y nutrir a su familia, siempre y cuando sepa en su conciencia que ha dado todo para el Señor. 

Una persona no debe sentirse mal por tomar tiempo para descansar y nutrir a su familia, siempre y cuando sepa en su conciencia que ha dado todo para el Señor. 

De ninguna manera estoy defendiendo la pereza en el ministerio; al contrario, el pastor diligente debe aprender a equilibrar su servicio a Dios con el cuidado de su hogar. El mismo Señor Jesús apartaba tiempo para descansar y estar a solas con los suyos, y nos dejó ejemplo para seguir sus pisadas. 

Tarde o temprano, el pastor que trabaja incansablemente en la obra del Señor, pero lo hace a costa de su familia, comenzará a perder el gozo de servir. Cuando la vida en el hogar se deteriora, el ministerio inevitablemente se resiente. Los conflictos con los hijos, el distanciamiento en el matrimonio o la falta de armonía en casa afectarán al pastor en lo personal y, por consecuencia, en lo ministerial. 

No será la falta de diligencia lo que pondrá en riesgo su labor, sino la condición espiritual y emocional de su familia. Si la esposa no se siente amada y respaldada, o si los hijos desarrollan un corazón rebelde y endurecido, la capacidad del pastor para ministrar se verá seriamente limitada. Por eso, el cuidado del hogar no es una distracción de la obra de Dios, sino una parte esencial de ella (1 Timoteo 3:4-5; 5:8).

Luego vendrá una parte 2 de este tema.

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