Sé que este tema no será de los más populares. De hecho, para muchos podría parecer difícil o incluso poco atractivo. Vivimos en una cultura acelerada, donde todos estamos ocupados y múltiples cosas compiten por nuestra atención.
Como consecuencia, nos hemos acostumbrado a vivir un cristianismo en el poder de la carne. Muchas veces no dedicamos tiempo a orar y a esperar en Dios. Empezamos el día con una oración rápida, casi como un susurro al cielo, pidiendo que nos bendiga y nos proteja. Tratamos a Dios como si fuera un amuleto de buena suerte —como nuestro “patita de conejo”— en lugar de reconocerlo como nuestro Señor y fuente de poder.
Lo triste es que muy pocos somos conscientes de lo que nos estamos perdiendo al vivir la vida cristiana sin la llenura del Espíritu Santo. Yo mismo he luchado con este tema: lo necesito, lo sé, pero muchas veces lo olvido. Sin embargo, en estos días he sentido un fuerte anhelo de ver a Dios obrar de manera más real en mi vida. Eso me ha llevado a clamar en oración por la llenura de Su Espíritu, insistiendo hasta experimentar con certeza Su presencia y Su poder en mí.
Lamentablemente, en muchos círculos bautistas o conservadores casi no se enseña sobre la llenura del Espíritu Santo. ¿Por qué? Porque existe el temor de ser confundidos con movimientos carismáticos, que han distorsionado esta doctrina y la han mezclado con prácticas falsas y doctrinas de demonios. Pero el hecho de que otros la hayan corrompido no significa que nosotros debamos descuidarla. Necesitamos urgentemente recuperar la enseñanza bíblica de la llenura del Espíritu para que el pueblo de Dios pueda servir con verdadero poder.
Hoy, muchos buscan soluciones en todos lados menos en la fuente verdadera. Tomamos clases, escuchamos podcasts, asistimos a seminarios, leemos libros… y todo eso puede ser útil, pero lo que más necesitamos es poder de lo alto. Como dijo John R. Rice:
“La primera necesidad de los cristianos hoy no es capacitación. Tenemos la inteligencia, la cultura y la personalidad en los púlpitos de nuestra tierra. Pero los pecadores no tiemblan ni se arrepienten. Los santos no caen en confesión y santa consagración delante de Dios. Los borrachos no son hechos sobrios. Las rameras no son hechas puras. Los incrédulos no son hechos creyentes. ¡No es capacitación lo que nos falta y necesitamos, sino poder!” John Rice
1. EXISTE UNA FALTA DE PODER EN EL CRISTIANO COMÚN
Muchas veces, como cristianos, estamos satisfechos con el hecho de que ya no vamos al infierno, pero no buscamos formas de ser usados por Dios. Y como no servimos a Dios, no hay razón para que Él nos dé poder de lo alto. Ser regenerado por el Espíritu Santo es muy diferente a vivir bajo el control del Espíritu. Cuando obedecemos y servimos, experimentamos la vida cristiana como Jesús la diseñó. En cambio, cuando un cristiano es salvo, pero desobediente, se pierde de muchas bendiciones que Dios tiene para él. Sin obediencia no hay comunión; sin comunión no hay fruto.
Jesús dijo en Juan 15:1–11 que separados de Él nada podemos hacer. Si no permanecemos en Cristo, nuestra vida se seca espiritualmente y nos convertimos en cristianos estériles. Pero cuando permanecemos en Él y en Su Palabra, entonces damos fruto abundante, y en ese fruto Dios es glorificado.
“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. 2 Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. 3 Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. 4 Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. 5 Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. 6 El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden. 7 Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. 8 En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos. 9 Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. 10 Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. 11 Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido.” Juan 15:1-11
Como hijos de Dios, hemos sido dejados en esta tierra para ayudar a otros. Por lo tanto, es trascendental que permanezcamos en Cristo, de modo que Su poder fluya en nosotros y a través de nosotros. Sin la llenura del Espíritu, nuestro servicio carece de impacto eterno. Una predicación estructurada y elocuente, pero sin el poder de Dios, tiene menos efecto que una predicación sencilla hecha con la unción del Espíritu Santo.
Un ejemplo claro fue D. L. Moody. Él carecía de educación formal, hablaba con errores gramaticales y muchos se burlaban de él llamándolo “el loco Moody”. Sin embargo, cuando predicaba, los pecadores se convertían, los incrédulos eran quebrantados, y multitudes corrían al altar a reconciliarse con Dios. Lo que le faltaba en recursos humanos, lo suplía con el poder de Dios sobre su vida. Él mismo dijo:
“Dios no necesita de nuestra fuerza ni de nuestra sabiduría, sino de nuestra ignorancia y de nuestra debilidad; entreguémosle esto, y Él podrá usarnos para ganar almas.” D. L. Moody
Qué orgullo pensar que podemos hacer la obra de Dios sin la presencia de Dios! Necesitamos arrepentirnos de nuestra autosuficiencia y clamar por el poder del Espíritu. Como dijo John R. Rice:
“La mayor parte de nuestra predicación, la mayor parte de nuestro canto, la mayor parte de nuestro testimonio, la mayor parte de nuestra oración, la mayor parte de nuestra vida es sin poder. No tenemos el aliento de Dios sobre nosotros. El cielo está cerrado de modo que hay poca lluvia espiritual. ¡Dios ha apartado Su rostro de nosotros! ¡Oh, la vergüenza, el pecado, la derrota, la ruina y la muerte de nuestras vidas sin poder!” John Rice
Pablo dijo claramente:
“y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.”Romanos 8:8
Incluso los once discípulos, que habían sido entrenados directamente por Jesús, no estaban listos para servir hasta que recibieran el poder del Espíritu Santo. Jesús les dio la Gran Comisión, pero al mismo tiempo les ordenó esperar hasta ser “investidos de poder desde lo alto” (Lucas 24:46–49; Hechos 1:8).
“y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; 47 y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. 48 Y vosotros sois testigos de estas cosas. 49 He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto.” Lucas 24:46
“pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” Hechos 1:8
Si ellos tuvieron que esperar, ¿quiénes somos nosotros para pensar que podemos vivir y servir sin esa plenitud? La pregunta clave es:
¿Cuándo fue la última vez que esperaste en oración hasta recibir poder de lo alto?
¿Cuándo fue la última vez que clamaste con perseverancia por la llenura del Espíritu hasta estar seguro de que Su presencia estaba sobre ti?
La verdad es que, muchas veces, ni siquiera pedimos, porque no creemos que realmente podamos ser llenos del Espíritu Santo. Y como nunca pedimos, nunca recibimos (cf. Santiago 4:2).
“Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” Lucas 11:13
2. LA PROMESA DE DIOS PARA TODO CREYENTE.
Existe un hermoso himno que dice: “Hazme una fuente de bendiciones.” Esa petición es muy acertada, porque expresa lo que Dios quiso que el cristiano fuera: una fuente que da vida y refresca a otros. En esta vida, podemos ser fuentes o simples charcos; árboles que dan fruto o árboles estériles (Mateo 7:17-19). Hay cristianos con fruto y cristianos sin fruto. Creo que la razón de que haya poco poder espiritual en la vida cristiana hoy, es porque leemos los versículos de la Biblia, pero no los creemos de verdad, no los aplicamos y no buscamos que se hagan una realidad en nuestras vidas.
En Juan capítulo 7, Jesús prometió no sólo dar salvación, sino también llenar al creyente con el Espíritu Santo, de manera que dentro de él fluyeran ríos de agua viva. Dice la Escritura:
“En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. 38 El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. 39 Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.”Juan 7:36-39
Aquí Jesús presenta dos grandes promesas: la invitación a la salvación (“venga a mí y beba”), y la promesa de la plenitud del Espíritu en el creyente (“de su interior correrán ríos de agua viva”). En las Escrituras, el agua a menudo simboliza al Espíritu Santo. Isaías profetizó acerca de la salvación en estos términos:
“Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación.” Isaias 12:3
Y otra vez, el Señor invita:
“A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche.” Isaias 55:1
Jesús también habló con la mujer samaritana acerca de esta agua viva:
“Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.” Juan 4:10
Y añadió:
“mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. 15 La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.” Juan 4:14-15
Cristo no sólo promete salvarnos, sino hacernos una fuente de bendición para otros. La salvación es el inicio, pero la vida abundante es la promesa.
Le dijo a la mujer: ‘…el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna’. Ciertamente, Jesús quiso decir que aquel que tiene esta fuente de agua viva, al beber una vez, nunca perderá al Espíritu Santo que mora permanentemente en su interior; y ‘nunca tendrá sed’ en el sentido de que no necesitará la salvación de nuevo.
“Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.” Apocalipsis 22:17
Isaías también asocia este derramamiento con el poder del Espíritu Santo:
“Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos;” Isaias 44:3
Así que, en Juan 7:37-39 encontramos una maravillosa imagen del Espíritu Santo que llega en la salvación, convirtiéndose en una fuente que mora dentro del cristiano, y de cuyo interior fluye un caudal de bendición y salvación.”
“El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.” Juan 7:38
No debemos confundir el agua que necesitamos para ser salvos con el poder que debe fluir de nosotros por medio del Espíritu Santo. Él nos da agua para salvarnos, pero también nos convierte en una fuente para manifestar Su poder en el servicio.
BAUTISMO CON EL ESPIRITU SANTO
En el mundo teológico cristiano existe un debate acerca de lo que es el bautismo del Espíritu Santo. La dificultad radica en determinar si existe una diferencia entre ‘el bautismo con el Espíritu Santo’ y ‘el bautismo del Espíritu Santo’. Muchos argumentan que se trata simplemente de un juego de palabras. En este artículo no pretendo aclarar todas las confusiones ni presentar un análisis exhaustivo, sino más bien exponer de manera sencilla mi postura, procurando hacerlo de la forma más concisa posible.
Muchos se dividen sobre cuándo fue que el Espíritu Santo vino a tomar morada en los creyentes. Algunos cristianos, que no querían ser identificados con el pentecostalismo tradicional, comenzaron a enseñar que en el día de Pentecostés el Espíritu Santo fue recibido por primera vez en la vida de los creyentes; es decir, que en ese momento fueron hechos templos del Espíritu. Por otra parte, existimos otros que creemos que en el día de Pentecostés no recibieron la morada del Espíritu Santo, sino el poder del Espíritu Santo. Yo me inclino hacia esta postura. Por favor, entienda que no creo que este sea un asunto por el cual los cristianos deban dividirse, pero sí es importante comprender, al menos, cuál es tu postura.”
Yo creo que la morada del Espíritu Santo fue dada en Juan 20, 21-22.
“Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. 22 Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.” Juan 20:21-22
Muchos leen este versículo y le dan un ángulo simbólico, diciendo que aquí los discípulos recibieron al Espíritu Santo solo de manera simbólica, mientras esperaban el día de Pentecostés para recibirlo realmente. Yo no veo tal cosa, pues eso tendría que implicarse sin base en el texto. La Biblia claramente dice que les sopló y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo’
Otro argumento se basa en lo que dijo Juan el Bautista, y es importante comprenderlo dentro de su contexto. Por ejemplo, yo veo claramente que el bautismo “del” Espíritu Santo ocurre cuando Él nos coloca en el cuerpo de Cristo en el momento de nuestra salvación (1 Corintios 12:13). Pero Juan el Bautista no prometió el bautismo del Espíritu Santo, sino el bautismo con el Espíritu Santo. Y este bautismo con el Espíritu Santo sería hecho por Jesucristo mismo.
En otras palabras, el Espíritu Santo nos bautiza en el cuerpo de Cristo cuando una persona es salva; esto se llama el bautismo del Espíritu Santo, porque lo efectúa el Espíritu Santo. En cambio, el bautismo con el Espíritu Santo es el que realiza Jesús. Así como Juan bautizaba con agua, Jesús iba a bautizar con el Espíritu Santo. Notemos cuidadosamente las Escrituras.”
“respondió Juan, diciendo a todos: Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.” Lucas 3:16
Aquí se observa que, así como Juan bautizaba con agua, Jesús, a quien se refería Juan el Bautista, iba a bautizar con el Espíritu Santo. Esto es muy diferente del bautismo que realiza el Espíritu Santo cuando sumerge al cuerpo de Cristo.
De forma práctica, debemos comprender que la palabra bautizar significa literalmente ‘sumergir’. Así, Juan bautizaba sumergiendo en agua, y quien venía después de él, Jesucristo, iba a sumergirnos con el Espíritu Santo. El Espíritu Santo, cuando es quien bautiza, sumerge al cuerpo de Cristo en cada creyente. En todos los casos, cada uno de estos bautismos es diferente.
“Y predicaba, diciendo: Viene tras mí el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado. 8 Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará con Espíritu Santo.” Marcos 1:7-8
Sé que muchos creen que esto es un juego de palabras y tratan de decir que el bautismo con el Espíritu Santo es lo mismo que el bautismo del Espíritu Santo. Pero sería como si yo dijera: ‘Bueno, Dios es una Trinidad, así que si afirmo que el Espíritu Santo fue crucificado en la cruz, y que Jesús es quien nos sella cuando somos salvos, pues es todo lo mismo; de todas maneras es el mismo Dios.’ No obstante, debemos ser cuidadosos con las palabras.
LA PROMESA DEL PADRE
Curiosamente, este bautismo prometido por Jesucristo en este momento no se refiere tanto a la promesa de la morada del Espíritu Santo, como Jesús prometió en Juan capítulo 7. La promesa de la que hablaba Juan el Bautista acerca de aquel que vendría después de él y del bautismo con el Espíritu Santo, la Biblia la llama ‘la promesa del Padre’. Esto es muy significativo, porque en el día de Pentecostés ellos no estaban esperando la promesa de Jesucristo sobre la morada del Espíritu Santo; estaban esperando la promesa del Padre.
“Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. 5 Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.” Hechos 1:4-5
Aquí pueden ver que lo mismo a lo que se refería Juan el Bautista es llamado ‘la promesa del Padre’. El Padre prometió que un día el Espíritu Santo sería derramado en poder. Jesús, por su parte, prometió que el Espíritu Santo moraría dentro de los creyentes. Cuando llegó el día de Pentecostés, Pedro confirmó que lo que ellos estaban presenciando no era exactamente lo que Jesús había prometido, sino lo que el Padre había anunciado a través del profeta Joel.
“Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. 15 Porque estos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. 16 Mas esto es lo dicho por el profeta Joel:…” Hechos 2:14-16
Cuando descendió el poder del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, Pedro señaló la promesa que se encuentra en Joel, conocida como la promesa del Padre. Como ellos ya habían recibido la morada del Espíritu Santo cuando Jesús les sopló y les dijo ‘Recibid el Espíritu Santo’, lo que presenciaban en Pentecostés era el derramamiento del Espíritu Santo en poder.
Esto es lo que se conoce como el bautismo con el Espíritu Santo, llamado también la promesa del Padre, y que la Biblia confirma en Hechos 2. Noten cuidadosamente que el bautismo con el Espíritu Santo es dado por Jesús; Él es quien sumerge y llena con el Espíritu Santo a los creyentes.
“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. 33 Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís.” Hechos 2:32-33
Para que no exista duda sobre lo que se significa con respecto a aquel que venía después de Juan el Bautista y que iba a bautizar con el Espíritu Santo, la Biblia nos dice: ‘…y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís.’ Fue Jesús quien derramó el Espíritu Santo sobre ellos. Esto no se refiere al momento en que el creyente es sumergido en el cuerpo de Cristo al recibir la salvación.
Por eso, Jesús les dijo a sus discípulos que esperaran en Jerusalén hasta que se cumpliera la promesa del Padre.
“He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto.” Lucas 24:49
La morada del Espíritu Santo se les dio el día de la resurrección, pero ellos estaban esperando la promesa del Padre, la cual, para no confundirlo y conforme a las palabras de Jesucristo, se manifestaría como el poder: “investidos de poder desde lo alto”.
El propósito de estas explicaciones es brindar un poco de contexto; creas esto o no, es irrelevante. Lo importante es que tú y yo tenemos la promesa de que el Espíritu Santo puede ser derramado sobre nosotros en poder. Esta promesa es para ti y para mí, para recibir tal poder que nos permita predicar la Palabra y que almas puedan acudir a los pies de Cristo. Esta promesa de esperar la llenura es algo que todos podemos experimentar.
No debemos hacer la obra de Dios sin este poder prometido. Aun Jesús hizo su ministerio en el poder del Espíritu Santo.
“El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos;” Lucas 4:18
Nuestro Señor, Dios en la carne, hizo su trabajo aquí en la tierra con el poder del Espíritu Santo. ¡Qué pena que nosotros, siendo frágiles pecadores, egoístas y carnales, cometamos el pecado de presumir que podemos hacerlo sin Él!
“Si un hombre ha experimentado la obra regeneradora del Espíritu Santo, es un hombre salvo; pero no está capacitado para el servicio hasta que, además de esto, haya recibido el Bautismo con el Espíritu Santo.” RA Torrey
3. EL PODER DE DIOS ES PARA SERVIR.
El poder del Espíritu Santo no es para nuestra propia gloria ni para beneficio personal; es para servir a Cristo. La llenura del Espíritu Santo no tiene como fin principal la felicidad individual. Sin duda, quienes son llenos experimentarán gozo, pero ese no es el propósito fundamental. La llenura del Espíritu Santo tampoco es para obtener ganancia propia —no seamos como Simón el mago, que la deseaba con fines de lucro— ni para buscar popularidad.
La Biblia nos ordena ser llenos del Espíritu Santo. El cristiano no debe verlo como una opción, sino como una necesidad indispensable para obedecer a Cristo:
“No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu,” Efesios 5:18
Así como se nos manda a ganar almas, a no mentir, a diezmar y a obedecer a Dios, también se nos ordena ser llenos del Espíritu Santo. ¿Cuántas veces hemos descuidado este mandamiento? ¿Cuántas veces hemos pedido perdón a Dios por no haber buscado la llenura del Espíritu Santo?
La falta de llenura debería entristecernos profundamente. No es algo que debamos tomar a la ligera ni mucho menos acostumbrarnos a vivir sin ella; más bien, debemos lamentarlo delante de Dios. Como dijo John R. Rice:
“…cuán vergonzosa, cuán pecaminosa y cuán innecesaria es hoy la esterilidad, la falta de fruto y la impotencia de Su pueblo!” John Rice
Al escribir este artículo, siento en mi corazón la pena de reconocer que no siempre he vivido en el poder del Espíritu Santo. Yo mismo me he quedado muy corto de lo que debería ser; sin embargo, mi corazón anhela profundamente este poder que Dios promete. Mi alma desea que la fuente prometida siga brotando dentro de mí.
Para poder ser llenos del Espíritu Santo, me enfocaré en tres aspectos fundamentales, aunque hay muchos más que podrían mencionarse. Si deseas experimentar esta llenura, recuerda estas tres necesidades que debemos cumplir:
SÉ LIMPIO DE TODO PECADO
No tenemos que ser perfectos, pero sí debemos estar limpios. Es difícil que el Espíritu Santo nos llene si estamos llenos de nosotros mismos o si nuestra relación con Dios no está bien. Debemos ser sensibles a los pecados que hemos permitido fermentar en nuestras vidas. Quizás ya nos parecen normales, pero pueden impedir que el poder de Dios fluya en nosotros.
Es difícil que el Espíritu Santo nos llene si estamos llenos de nosotros mismos
Por eso debemos estar atentos y, en cuanto reconozcamos una ofensa que hemos cometido, llevarla inmediatamente en confesión ante Dios, para que nuestra vida se mantenga limpia.
Así como tú y yo queremos usar vasos limpios para beber agua, Dios desea que seamos vasos limpios para recibir el poder del Espíritu Santo.
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” 1 Juan 1:9
DEBES TENER SED DE ESTA LLENURA
Varias veces en la Biblia, la sed se usa como símbolo de una necesidad profunda de Dios. Sin embargo, el mundo y el pecado pueden apagar esa sed espiritual, porque intentamos saciarla con la basura que el mundo ofrece.
Esto me recuerda a los niños que se llenan de comida chatarra y dulces, y después ya no tienen apetito para el buen alimento que preparan sus padres. De la misma manera, muchos cristianos llenan su alma con las cosas del mundo y, al hacerlo, pierden el hambre y la sed de lo mejor: la presencia de Dios.
muchos cristianos llenan su alma con las cosas del mundo y, al hacerlo, pierden el hambre y la sed de lo mejor: la presencia de Dios.
Pero cuando buscamos con sinceridad y anhelamos una verdadera cercanía con el Señor, experimentamos un deseo tan profundo que casi sentimos que quisiéramos tocar a Dios. Es en esos momentos de sed intensa cuando nos acercamos a Él con delicia. El salmista lo describe así:
“Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, Así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?” Salmos 42:1-2
Si tienes sed, Dios tiene agua para darte. Si tu alma realmente desea que Él llene tu vida, puedes estar seguro de que Dios tiene agua para los sedientos y poder para los que lo buscan con sinceridad.
No podemos venir a Dios con indiferencia. Nunca recibiremos poder si nos da lo mismo tenerlo o no. Para experimentar la llenura del Espíritu Santo, necesitamos tener sed de Él.
“No tuvieron sed cuando los llevó por los desiertos; les hizo brotar agua de la piedra; abrió la peña, y corrieron las aguas.” Isaias 48:21
“A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche.” Isaias 55:1
DEBES PEDIR A DIOS QUE TE DE LA LLENIURA.
El último aspecto en que quisiera concentrarme es motivarte a que vayas a Dios y le pidas por esta llenura. De entre muchas de las cosas que la Biblia nos promete, una de ellas es que nuestro Dios es superior a los padres terrenales. Y si nosotros, que somos malos, sabemos dar buenas dádivas, Dios dice que Él está dispuesto a dar el Espíritu Santo a quienes se lo pidan:
“Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” Lucas 11:13
Ve a Dios y pídele por el poder. Él se deleita en que creamos Su Palabra y estemos dispuestos a tomarlo en serio. Puedes orar así:
“Señor, Tú dices en Tu Palabra que eres un Padre bueno y que estás dispuesto a dar el Espíritu Santo a los que te lo piden. Yo vengo a Ti porque creo lo que Tú dices, y te pido que me des el Espíritu Santo en poder.”
Cuando yo he orado por familiares o personas que necesitan ser salvas, le digo a Dios:
“Señor, Tú dices que quieres que todo pecador venga al conocimiento de la verdad. Yo te pido por tal persona, porque sé que ese es tu deseo. Por favor, dame Tu poder para guiarlo a Tus pies…”
Yo sé lo que se siente cuando uno de tus hijos confía tanto en ti que te reclama lo que dijiste. Mis hijos muchas veces han venido a mí diciendo: “Papá, tú dijiste que nos ibas a llevar a tal lugar” o “Papá, tú dijiste que nos ibas a llevar al parque”. Y ellos saben que, porque lo dije, lo voy a cumplir. ¡Qué bendición tener hijos que creen en mi palabra, que me honran al recordármela y que saben que cumpliré lo que prometí! Y si yo, siendo un padre malo, me siento bien cuando mis hijos creen en mi palabra, no puedo imaginar lo que siente nuestro Padre perfecto en los cielos cuando Sus hijos creen tanto en Su Palabra que están dispuestos a ir a Su presencia para decirle: “Señor, Tú dijiste, y como Tú dijiste, yo vengo a Ti porque tengo fe en Tu Palabra.”
Muchas veces tenemos que perseverar en la oración. El amigo de medianoche no recibió los panes inmediatamente; él siguió tocando la puerta. Y muchas veces debemos preguntarnos: ¿qué tanto queremos ese pan? ¿Estamos dispuestos a rendirnos desde la primera vez que no vemos respuesta? Si dejamos de insistir, es porque realmente no nos importaba tanto. Cuando algo de verdad nos interesa, seguimos pidiendo y rogando hasta recibirlo. Así es con el poder de Dios: oramos y dejamos de orar, y en realidad mostramos que no lo anhelábamos con urgencia.
Si tu vida está limpia, si tu conciencia está tranquila y sabes que no hay nada que no hayas confesado delante de Dios, y si sientes dentro de tu ser una sed genuina de hacer Su voluntad en Su poder y presencia, entonces pídele a Dios. ¡Pide, pide, pide hasta que Él te dé Su poder!
Mientras existan la parábola del amigo de medianoche y la del juez injusto, entenderemos que muchas veces lo que Dios busca es probar cuánto deseamos realmente lo que pedimos.
“También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar,” Lucas 18:1
“Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, 5 sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia. 6 Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto. 7 ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?” Lucas 18:4-7
“Os digo, que aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite. 9 Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. 10 Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.” Lucas 11:8-10
Vemos que antes de que descendiera el poder en el día de Pentecostés, los discípulos estaban todos orando unánimes; y entonces descendió el poder:
“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos.” Hechos 2:1
“Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.” Hechos 2:4
¡Oh, que Dios nos dé una sed y un deseo genuino de recibir el poder del Espíritu Santo para servirle de manera útil! Que Dios nos dé Su poder para ver almas salvas. ¡Que el Señor nos perdone por tanta indiferencia y por nuestra falta de sed! Yo reconozco que quedo muy corto y soy consciente de mi gran necesidad de este poder.
Espero que este artículo le haya sido de ayuda. Si fue de bendición, compártalo con alguien más para que también reciba la bendición. No olvide inscribirse en este blog para recibir notificaciones cada vez que se publique un nuevo artículo.
