CUANDO LA DESGRACIA AJENA SE CONVIERTE EN ENTRETENIMIENTO

Este artículo será un poco diferente de los que normalmente escribo. Siempre he procurado utilizar mis escritos para animar, fortalecer y ayudar a las personas a enfrentar las diferentes situaciones de la vida desde una perspectiva bíblica. Mi deseo ha sido que, por medio de ellos, podamos crecer espiritualmente, ser mejores cristianos y vivir en mayor obediencia a la Palabra de Dios.

Sin embargo, en esta ocasión quiero abordar un tema que considero necesario, especialmente en los tiempos en que vivimos. Mi propósito es traer luz sobre una conducta que, lamentablemente, se ha vuelto cada vez más común, incluso entre quienes profesan ser cristianos: la participación en chismes, murmuraciones, críticas destructivas y conversaciones que no edifican, sino que perjudican a otros.

En los últimos tiempos he observado cómo algunas personas, incluso aquellas que anteriormente estuvieron involucradas en el ministerio, han dedicado buena parte de su tiempo a publicar acusaciones, ridiculizar a otros creyentes y divulgar situaciones personales de familias e iglesias. Lo más preocupante no es solamente la conducta de quienes hacen estas publicaciones, sino también la cantidad de personas que las siguen, las disfrutan y contribuyen a su difusión.

Lo más preocupante no es solamente la conducta de quienes hacen estas publicaciones, sino también la cantidad de personas que las siguen, las disfrutan y contribuyen a su difusión.

Quiero mencionar que una de las razones por las que decidí escribir este artículo es una experiencia reciente con un escarnecedor que ha dedicado parte de sus publicaciones en las redes sociales a criticarme personalmente, así como a otros pastores, familias e iglesias. He observado la manera en que utiliza situaciones ajenas para provocar controversias, divulgar acusaciones y desacreditar a otras personas. Algunas de las cosas que ha publicado acerca de mí no son verdaderas, y otras presentan los acontecimientos desde una perspectiva que considero equivocada. Sin embargo, lo que más me preocupa no son solamente sus publicaciones, sino la cantidad de cristianos que las siguen, las comparten y parecen encontrar entretenimiento en ellas. Por esa razón, quiero utilizar algunas de mis experiencias personales para ilustrar las enseñanzas bíblicas que estaremos considerando.

Nunca ha sido mi estilo dedicar mis escritos a atacar personalmente a otros ni mencionar nombres para atraer atención hacia sus conductas. Lo último que quisiera es contribuir a dar mayor publicidad a quienes se dedican a desacreditar a los demás. Sin embargo, considero necesario abordar este asunto porque hay cristianos que, quizás sin darse cuenta, terminan participando en aquello que la Biblia claramente nos advierte que debemos evitar.

Mi intención no es señalar a una persona en particular, sino ayudar a otros a examinar sus propias actitudes y desarrollar un mayor discernimiento bíblico. Quiero que consideremos un versículo muy conocido, pero cuya enseñanza es extraordinariamente relevante para nuestros días.

“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos,Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado;” Salmos 1:1

Estoy seguro de que muchos cristianos que conocen este versículo responderían con un fuerte “¡Amén!” al escucharlo predicado desde un púlpito. Sin embargo, algunos de esos mismos creyentes pueden estar haciendo precisamente aquello que este pasaje nos advierte que evitemos: sentarse en la silla de los escarnecedores.

Me resulta difícil comprender cómo una persona puede afirmar que su deseo es glorificar a Dios, honrar su Palabra y vivir en obediencia a las Escrituras, mientras voluntariamente dedica su tiempo a seguir, escuchar y compartir publicaciones de personas que constantemente ridiculizan, desacreditan y se burlan de los demás.

Algunos lo hacen porque les fascina el chisme. Otros porque sienten una curiosidad desmedida por conocer los problemas, errores y desgracias de otras personas. Y otros, lamentablemente, no se conforman con escuchar, sino que también participan activamente en esas conversaciones, agregando sus propios comentarios y contribuyendo a la destrucción de la reputación ajena.

Quizás algunos piensan que, mientras ellos no sean quienes publiquen las acusaciones o hagan las burlas, no están participando en nada incorrecto. Pero debemos preguntarnos: ¿Qué sucede con nuestro corazón cuando constantemente nos alimentamos de conversaciones que ridiculizan y desacreditan a otros? ¿Qué clase de influencia estamos permitiendo en nuestras vidas?

La Biblia no solamente nos advierte acerca de convertirnos en escarnecedores, sino también acerca del peligro de sentarnos en su compañía y permitir que su manera de pensar influya en nosotros. El Salmo 1 nos presenta un contraste entre la vida bienaventurada de quien se deleita en la Palabra de Dios y el camino de quienes se dejan influenciar por la maldad.

Por eso, si verdaderamente deseamos vivir una vida que agrade al  Señor, debemos aprender a distinguir entre una corrección bíblica y una crítica destructiva, entre denunciar responsablemente el pecado y disfrutar divulgando las desgracias ajenas, y entre una conversación que edifica y otra que solamente alimenta la contienda.

No todo el que señala un error es un escarnecedor, pero tampoco todo el que afirma estar defendiendo la verdad lo está haciendo de una manera que honra a Dios. Mi oración es que este artículo nos lleve a reflexionar, examinar nuestras propias actitudes y considerar cuidadosamente las influencias que permitimos en nuestra vida.

No todo el que señala un error es un escarnecedor, pero tampoco todo el que afirma estar defendiendo la verdad lo está haciendo de una manera que honra a Dios. Mi oración es que este artículo nos lleve a reflexionar, examinar nuestras propias actitudes

No escribo estas palabras porque crea que alguno de nosotros está por encima de cometer errores. Al contrario, todos necesitamos la gracia de Dios, todos tenemos debilidades y todos debemos procurar vivir con humildad delante del Señor. Mi deseo es que, después de leer este artículo, no solamente tengamos mayor discernimiento para reconocer el escarnio, sino también una mayor determinación de no participar en él. Porque si verdaderamente queremos ser cristianos bienaventurados, debemos aprender a vivir conforme a lo que nos enseña Salmos 1:1: ¡No nos sentemos en la silla de los escarnecedores!

1. MUCHAS VECES, LOS PEORES ESCARNECEDORES SON PERSONAS QUE ANTES ESTUVIERON EN EL MINISTERIO

Es triste reconocerlo, pero algunas de las personas que más daño causan a la obra de Dios son precisamente aquellas que, en algún momento de sus vidas, estuvieron involucradas en el ministerio. Cuando una persona llega a ser pastor, adquiere cierto conocimiento de las Escrituras, desarrolla experiencia ministerial y se acostumbra a ejercer responsabilidades de liderazgo dentro de una congregación. Durante años puede estar acostumbrada a enseñar, aconsejar, dirigir y tomar decisiones.

Sin embargo, cuando por alguna razón deja de ocupar esa posición, puede resultar difícil adaptarse a una nueva etapa de su vida. Especialmente cuando su salida del ministerio fue consecuencia de un fracaso moral, familiar o de alguna otra situación que lo descalificó para continuar pastoreando. Durante mis 23 años de ministerio, he tenido la oportunidad de aconsejar a otros pastores que me han buscado para hablar sobre dificultades matrimoniales, familiares y ministeriales. Algunas de las conversaciones más difíciles han sido precisamente con hombres que anteriormente fueron pastores, pero que tuvieron que dejar el ministerio.

Para muchos de nosotros, el ministerio nunca fue una ocupación temporal ni una profesión que escogimos entre varias opciones. Cuando respondimos al llamado de Dios, no lo hicimos pensando en tener un plan B por si las cosas no funcionaban. Para quienes hemos entregado nuestra vida al ministerio, imaginar una vida fuera de él puede resultar profundamente doloroso.

Por eso, cuando un hombre tiene que dejar el púlpito, no solamente pierde una posición. En ocasiones también enfrenta una crisis de identidad, relaciones dañadas, vergüenza, incertidumbre y una profunda lucha emocional. Y aquí quisiera mencionar algo que considero muy importante. No debemos abandonar a quienes han tenido que dejar el ministerio. Lamentablemente, creo que muchos predicadores no hemos hecho un buen trabajo en esta área. Cuando un pastor es descalificado del ministerio, algunos de sus antiguos amigos inmediatamente dejan de hablarle, se alejan de él y comienzan a tratarlo como si ya no fuera un hermano en Cristo.

No estoy diciendo que debamos ignorar su pecado ni permitirle continuar predicando cuando bíblicamente ha quedado descalificado. Las responsabilidades pastorales tienen requisitos claros establecidos en 1 Timoteo 3:1–7 y Tito 1:5–9, pero perder la capacidad bíblica de ocupar el pastorado no significa que una persona deje de necesitar amistad, oración, exhortación y ayuda espiritual. He tenido amigos a quienes he amado sinceramente y que hoy ya no se encuentran en el ministerio porque quedaron descalificados. En cada uno de esos casos procuré comunicarme con ellos y ofrecerles mi ayuda.

Mi amistad con ellos no existía solamente porque éramos colegas en el ministerio. Éramos amigos en Cristo. El día que un hombre deja el púlpito no tiene por qué ser el día en que sus amigos dejan de amarlo. Claro que no volverán a predicar en nuestros púlpitos mientras no cumplan los requisitos bíblicos, pero eso no significa que debamos darles la espalda, dejar de orar por ellos o negarles nuestra amistad.

Creo que los predicadores necesitamos hacer un mejor trabajo acompañando a quienes han tenido que dejar el ministerio. Una persona puede necesitar corrección y, al mismo tiempo, necesitar compasión. Lamentablemente, cuando alguien atraviesa una experiencia tan dolorosa y permite que el resentimiento se apodere de su corazón, puede comenzar a desarrollar amargura hacia aquellos que continúan haciendo la obra que él ya no puede realizar. Y es precisamente aquí donde algunos terminan convirtiéndose en escarnecedores.

EL CONOCIMIENTO BÍBLICO NO SIEMPRE ES EVIDENCIA DE OBEDIENCIA BÍBLICA.

Hay otro peligro que he observado en la vida de algunos cristianos que han adquirido bastante conocimiento de las Escrituras: confunden lo mucho que saben de la Biblia con lo mucho que obedecen a la Biblia. Una persona puede tener un gran conocimiento teológico y, al mismo tiempo, estar fracasando en las áreas más prácticas de su vida cristiana. Puede conocer hebreo y griego. Puede defender la doctrina de la Trinidad con los ojos cerrados. Puede explicar doctrinas difíciles y debatir con otros acerca de asuntos teológicos; pero ¿de qué sirve presumir de tanto conocimiento si no puede gobernar correctamente su propia vida?

Una persona puede tener un gran conocimiento teológico y, al mismo tiempo, estar fracasando en las áreas más prácticas de su vida cristiana.

Puedo ser admirado por muchas personas por mi capacidad para predicar, pero si mi esposa, quien me conoce mejor que nadie, no puede admirar mi carácter, entonces tengo un problema mucho más serio que cualquier dificultad que pudiera enfrentar en el púlpito. Puedo tener una reputación extraordinaria entre otros predicadores, pero si estoy descuidando a mis hijos y fracasando en mis responsabilidades como padre, necesito examinar seriamente mis prioridades. El conocimiento de la Biblia debe producir obediencia a la Biblia. De lo contrario, podemos terminar utilizando las Escrituras para corregir a todos, menos a nosotros mismos.

Santiago 1:22 nos advierte: “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos”. Uno de los  peligros de haber ocupado una posición de liderazgo espiritual es acostumbrarse tanto a corregir a otros que uno puede perder la disposición de recibir corrección. Y cuando esa actitud se combina con un corazón resentido, puede producir consecuencias terribles.

Esto es algo que me llama la atención acerca del escarnecedor que recientemente ha estado criticándome. Se trata de alguien que anteriormente estuvo involucrado en el ministerio y que posee cierto conocimiento de las Escrituras. Sin embargo, considero que sus publicaciones ilustran el peligro de confundir el conocimiento bíblico con la obediencia bíblica. Una persona puede conocer muchos versículos, comprender doctrinas importantes y tener experiencia predicando, pero eso no significa que esté aplicando correctamente la Palabra de Dios a su propia vida. Me parece una gran contradicción utilizar constantemente la Biblia para señalar las faltas de otros mientras se participa en conductas que las mismas Escrituras condenan. El conocimiento bíblico debería hacernos más humildes, no más arrogantes; más dispuestos a restaurar, no más interesados en destruir.

CUANDO EL RESENTIMIENTO CONVIERTE A UN ANTIGUO COLABORADOR EN ADVERSARIO

Hay personas que anteriormente estuvieron en el ministerio parecen dedicar una cantidad extraordinaria de tiempo a señalar las faltas de quienes continúan sirviendo a Dios.

Es como si su actitud dijera: “Si yo tuve que dejar de predicar por mis errores, voy a demostrar que otros también tienen errores y que ellos tampoco deberían estar predicando”. Personalmente, creo que algunas personas que han tenido que abandonar el ministerio pueden llegar a desarrollar una manera de pensar verdaderamente destructiva. En lugar de aceptar las consecuencias de sus propias decisiones, comienzan a buscar las faltas de otros pastores, como si demostrar que otros también tienen problemas fuera a justificar sus propios fracasos. Y así, en lugar de dedicar sus esfuerzos a restaurar su propia vida espiritual, comienzan a dedicar su tiempo a investigar, criticar y desacreditar a quienes continúan predicando. No digo que esta sea la motivación de todos los que han dejado el ministerio, pero considero que es una posibilidad real cuando alguien permite que la amargura gobierne su corazón. ¡Qué triste sería que una persona que anteriormente dedicaba su vida a predicar la Palabra de Dios  terminara dedicándola a combatir a quienes todavía la predican!

No puedo afirmar que esa sea la motivación de cada persona que critica a un pastor, pero cuando alguien se dedica constantemente a ridiculizar a otros, divulgar sus desgracias y buscar razones para desacreditarlos, debemos preguntarnos qué propósito está tratando de cumplir.  ¿Está procurando restaurar a alguien? ¿Está buscando proteger a personas afectadas por un pecado? ¿Está actuando con responsabilidad bíblica? ¿O simplemente está encontrando satisfacción en las dificultades ajenas?

Cada vez que escucho que los hijos de algún pastor se han alejado de los caminos de Dios, mi corazón se entristece. Conozco el amor que un padre puede tener por sus hijos. Me imagino las lágrimas, las oraciones y el dolor que puede experimentar un pastor al ver que uno de sus hijos está tomando decisiones equivocadas. En esos momentos oro por ese pastor y por su familia. También pienso en mis propios hijos, porque reconozco que ellos igualmente tendrán que tomar sus propias decisiones y que yo también podría enfrentar pruebas semejantes.

Y aquí es donde me resulta difícil comprender la actitud de ciertos escarnecedores. ¿Qué clase de corazón puede encontrar satisfacción en divulgar públicamente las dificultades que un pastor está enfrentando con sus hijos? ¿Qué se gana al convertir el dolor de un padre en una oportunidad para ridiculizarlo delante de otros? El escarnecedor que recientemente ha estado criticándome también ha utilizado situaciones familiares de otras personas como parte de sus publicaciones, y cuando observo esta clase de conducta, me pregunto si verdaderamente existe alguna preocupación por ayudar a esas familias o si simplemente se está buscando otra oportunidad para desacreditar a alguien. Yo no puedo conocer completamente su corazón, pero sí puedo decir que me parece una conducta profundamente contraria al amor que debería existir entre hermanos en Cristo. ¿Cómo puede alguien que afirma amar la obra de Dios encontrar satisfacción en divulgar situaciones que están causando tanto dolor a quienes forman parte de ella?

¿Qué clase de corazón puede encontrar satisfacción en divulgar públicamente las dificultades que un pastor está enfrentando con sus hijos?

Por supuesto, una cosa es denunciar responsablemente un pecado que requiere intervención y rendición de cuentas. Otra muy distinta es utilizar las desgracias familiares de alguien para burlarse de él o desacreditarlo. La primera puede ser una responsabilidad bíblica. La segunda revela una seria falta de amor cristiano.

EL PELIGRO DE TERMINAR PEOR DE COMO COMENZAMOS

Hay algo que también debemos considerar: una persona puede experimentar una etapa de aparente reforma en su vida y, posteriormente, regresar a conductas todavía más destructivas. Esto me recuerda las palabras del Señor Jesucristo en Mateo 12:43–45, cuando habló de un espíritu inmundo que salía de un hombre y posteriormente regresaba con otros siete espíritus peores. Jesús dijo:

“Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla. Entonces dice: Volveré a mi casa de donde salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida y adornada. Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Así también acontecerá a esta mala generación.” Mateo 12:43-45

Reconozco que el contexto de esta enseñanza está relacionado con la condición espiritual de aquella generación a la que Jesús se dirigía. No creo que el pasaje esté describiendo específicamente a un creyente genuinamente salvo que pierde su salvación. Sin embargo, el principio de una reforma exterior sin una transformación verdadera del corazón nos presenta una advertencia solemne. Una persona puede cambiar temporalmente algunas conductas sin haber tratado verdaderamente con la condición de su corazón, y cuando vuelve a entregarse a las mismas actitudes, su condición puede llegar a ser todavía más lamentable.

Yo no sé si el escarnecedor que recientemente ha estado criticándome es verdaderamente salvo o no. En realidad, yo no soy Dios. No puedo ver su alma ni conocer completamente su corazón. Sé perfectamente que un verdadero creyente puede cometer pecados terribles, incluso pecados que jamás deberían caracterizar la vida de un hijo de Dios. Sin embargo, me resulta difícil comprender cómo alguien que afirma pertenecer a Cristo puede encontrar tanta satisfacción en divulgar las desgracias de quienes también profesan ser sus hermanos. No estoy diciendo que su conducta me permita determinar su salvación, pero sí considero que tenemos razones bíblicas para cuestionar seriamente una actitud semejante. Si verdaderamente pertenecemos a la misma familia espiritual, ¿por qué encontraríamos alegría en el sufrimiento de nuestros propios hermanos? La Biblia dice que el amor “no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad” (1 Corintios 13:6).

…me resulta difícil comprender cómo alguien que afirma pertenecer a Cristo puede encontrar tanta satisfacción en divulgar las desgracias de quienes también profesan ser sus hermanos.

JUDAS: ESTUVO CERCA DE JESÚS, PERO TERMINÓ TRAICIONÁNDOLO

Uno de los ejemplos más solemnes que encontramos en las Escrituras es Judas Iscariote. Judas fue escogido entre los doce apóstoles. Durante aproximadamente tres años acompañó al Señor Jesucristo, escuchó sus enseñanzas y fue testigo de sus milagros. Estuvo cerca de Jesús, pero nunca tuvo una relación salvadora con Él. Participó exteriormente en el ministerio, pero su corazón no era recto delante de Dios. Finalmente, entregó al Señor Jesús a sus enemigos por treinta piezas de plata, y lo más impresionante es que utilizó un beso, una expresión de afecto y amistad, para identificarlo ante quienes venían a arrestarlo. ¡Qué terrible pensar que alguien pueda caminar tan cerca de Jesús y, sin embargo, no pertenecer verdaderamente a Él!

El Señor dijo acerca de Judas:

“A la verdad el Hijo del Hombre va, según está escrito de él, mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido.” Mateo 26:24

Judas nos recuerda que estar involucrado en actividades espirituales no garantiza que una persona tenga un corazón recto delante de Dios. Podemos conocer el lenguaje del ministerio, participar en sus actividades y convivir con hombres piadosos sin haber rendido verdaderamente nuestro corazón al Señor. La cercanía al ministerio nunca debe confundirse con la fidelidad a Cristo.

ALEJANDRO: DE UNA POSIBLE DISCIPLINA A UNA OPOSICIÓN ABIERTA

Otro ejemplo que considero interesante aparece en las cartas del apóstol Pablo a Timoteo. En 1 Timoteo 1:18–20, Pablo menciona a dos hombres que habían naufragado en cuanto a la fe:

“Este mandamiento, hijo Timoteo, te encargo, para que conforme a las profecías que se hicieron antes en cuanto a ti, milites por ellas la buena milicia, manteniendo la fe y buena conciencia, desechando la cual naufragaron en cuanto a la fe algunos, de los cuales son Himeneo y Alejandro, a quienes entregué a Satanás para que aprendan a no blasfemar.” 1 Timoteo 1:18-20

¡Qué terrible descripción! Pablo habla de hombres que habían desechado la buena conciencia y naufragado en cuanto a la fe. Ahora permítanme presentar un poco de Montañología. Es decir, una opinión personal que considero posible, aunque reconozco que no puedo demostrarla de manera definitiva por medio de las Escrituras. Me pregunto si el Alejandro mencionado en 1 Timoteo 1 podría ser el mismo Alejandro el calderero que aparece posteriormente en 2 Timoteo 4:14–15. En este segundo pasaje Pablo escribió:

“Alejandro el calderero me ha causado muchos males; el Señor le pague conforme a sus hechos. 15 Guárdate tú también de él, pues en gran manera se ha opuesto a nuestras palabras.” 2 Timoteo 4:14-15

Ahora pensemos por un momento. ¿Qué tal si estamos hablando del mismo  Alejandro? Si así fuera, tendríamos a un hombre que anteriormente estuvo relacionado con la comunidad cristiana, pero que terminó naufragando en cuanto a la fe. Pablo tuvo que disciplinarlo, y posteriormente encontramos a un Alejandro que se había convertido en un adversario del apóstol. ¿No sería posible que aquel hombre, en lugar de responder con arrepentimiento a la disciplina, hubiera permitido que el resentimiento creciera en su corazón?

¿No sería posible que se hubiera sentido humillado por la decisión de Pablo y que, en lugar de reconocer sus propios errores, comenzara a buscar errores en el apóstol? Quizás su manera de pensar llegó a ser algo semejante a esto: “Pablo me disciplinó y me apartó por mis errores. Ahora voy a demostrar que él también tiene errores. Voy a oponerme a sus enseñanzas y procuraré que otros dejen de escucharlo”.

Repito que esto es Montañología. La Biblia no nos revela los pensamientos de Alejandro ni confirma que ambos pasajes se refieran al mismo hombre. Pero, si mi interpretación fuera correcta, estaríamos observando una transformación verdaderamente lamentable: un hombre que necesitaba corrección espiritual terminó convirtiéndose en alguien dedicado a combatir al hombre que lo había corregido.

Y aquí es donde encuentro una aplicación muy relevante para nuestros días. Hay personas que, después de haber sido removidas de una posición ministerial, no aceptan humildemente las consecuencias de sus decisiones. En lugar de reconocer sus errores y procurar restaurar su vida espiritual, comienzan a desarrollar resentimiento contra quienes continúan sirviendo a Dios.

Hay personas que, después de apartarse del ministerio o de ser corregidas, no se conforman con seguir su propio camino; comienzan a dedicar sus esfuerzos a combatir a quienes continúan sirviendo a Dios. A veces me pregunto cómo se habrían comportado algunos de estos adversarios si hubieran tenido acceso a las redes sociales de nuestros días. ¿Habrían utilizado esas plataformas para publicar constantemente acusaciones contra Pablo? ¿Habrían dedicado su tiempo a ridiculizar sus enseñanzas o a desacreditar su ministerio? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que Pablo advirtió claramente a Timoteo acerca de un hombre que le había causado muchos males y que se oponía abiertamente a sus palabras.

HIMENEO: CUANDO ALGUIEN QUE CONOCÍA LA VERDAD COMENZÓ A DESVIAR A OTROS

Himeneo es otro ejemplo que merece nuestra atención. Ya vimos que Pablo lo mencionó en 1 Timoteo 1:19–20 como uno de los hombres que habían naufragado en cuanto a la fe. Pero posteriormente encontramos su nombre en 2 Timoteo 2:16–18:

“Mas evita profanas y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad. Y su palabra carcomerá como gangrena; de los cuales son Himeneo y Fileto, que se desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya se efectuó, y trastornan la fe de algunos.” 2 Timoteo 2:16-18

Notemos lo que estaba sucediendo. Himeneo no solamente se había desviado de la verdad. Ahora estaba enseñando doctrinas equivocadas que estaban trastornando la fe de otras personas. Su error ya no lo afectaba solamente a él. Estaba influyendo espiritualmente sobre otros. Esto nos recuerda que una persona que se aparta de la verdad puede convertirse en un instrumento para desviar también a quienes la escuchan.

Cuando alguien se desvía de la verdad, el peligro no termina necesariamente con su propia caída. También puede arrastrar a otros si éstos aceptan sus enseñanzas sin discernimiento bíblico. Por eso debemos tener mucho cuidado con las voces a las que prestamos atención. No basta con que una persona tenga conocimiento de la Biblia o haya ocupado anteriormente una posición ministerial. Debemos examinar si sus palabras y su conducta están de acuerdo con las Escrituras.

DIÓTREFES: CUANDO EL DESEO DE TENER EL PRIMER LUGAR PRODUCE OPOSICIÓN

Otro personaje que encontramos en las Escrituras es Diótrefes. Este hombre estaba involucrado en la vida de una congregación, pero su conducta revelaba un problema muy serio en su corazón. El apóstol Juan escribió:

“Yo he escrito a la iglesia; pero Diótrefes, al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos, no nos recibe. 10 Por esta causa, si yo fuere, recordaré las obras que hace parloteando con palabras malignas contra nosotros; y no contento con estas cosas, no recibe a los hermanos, y a los que quieren recibirlos se lo prohíbe, y los expulsa de la iglesia.” 3 Juan 1:9–10

La Biblia identifica claramente uno de los problemas de Diótrefes: le gustaba tener el primer lugar. Su deseo de prominencia lo llevó a rechazar a los siervos de Dios, hablar mal de ellos y utilizar su influencia para impedir que otros los recibieran. ¡Qué terrible es cuando el deseo de reconocimiento llega a ser más importante que la fidelidad a Dios! Hay quienes parecen no soportar que otros estén realizando una obra que ellos ya no están realizando.

En lugar de alegrarse por lo que Dios está haciendo mediante otros, encuentran defectos en todo lo que ellos hacen. Critican sus decisiones, cuestionan sus motivaciones y buscan oportunidades para desacreditarlos. No podemos afirmar que todas esas personas tengan exactamente las mismas motivaciones de Diótrefes, pero su ejemplo nos advierte acerca del peligro de permitir que el orgullo y el deseo de reconocimiento gobiernen nuestras palabras y acciones.

Cuando una persona comienza a amar más su posición que la obra de Dios, corre el peligro de terminar combatiendo aquello que antes decía defender. Una de las heridas más dolorosas es la oposición de quienes antes caminaron con nosotros, cuando se trata de alguien con quien anteriormente compartimos amistad, compañerismo y servicio cristiano. La Biblia expresa esta clase de dolor en Salmos 55:12–14:

“Porque no me afrentó un enemigo, Lo cual habría soportado; Ni se alzó contra mí el que me aborrecía, Porque me hubiera ocultado de él;  Sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, Mi guía, y mi familiar; Que juntos comunicábamos dulcemente los secretos, Y andábamos en amistad en la casa de Dios.” Salmos 55:12-14

Este salmo expresa el dolor particular de ser traicionado por alguien cercano. Aunque el pasaje no identifica expresamente a Ahitofel, su historia nos ayuda a comprender cómo una persona que anteriormente estuvo cerca de nosotros puede llegar a convertirse en adversario. Una de las experiencias más dolorosas en el ministerio no es enfrentar la oposición de quienes nunca caminaron a nuestro lado, sino descubrir que algunos quienes anteriormente compartían nuestras cargas, nuestras oraciones y nuestros esfuerzos, ahora utilizan sus palabras para combatirnos.

Cuando una persona comienza a amar más su posición que la obra de Dios, corre el peligro de terminar combatiendo aquello que antes decía defender.

Esto les sucedió a hombres de Dios en las Escrituras, y no debería sorprendernos que también pueda suceder en nuestros días. Pero quiero terminar este primer punto con una reflexión. Una de las pruebas más importantes de nuestro carácter cristiano es cómo respondemos cuando atravesamos situaciones que no deseábamos experimentar. Podemos permitir que esas experiencias nos acerquen más al Señor, o podemos alimentar resentimientos que terminen afectando nuestra relación con Dios y con los demás.

Me parece verdaderamente lamentable observar cómo algunas personas que un día estuvieron detrás de un púlpito predicando la Palabra de Dios ahora parecen dedicar gran parte de sus esfuerzos a desacreditar a quienes continúan haciendo esa misma obra. Antes animaban a otros a servir a Dios; ahora sus publicaciones parecen concentrarse en encontrar defectos en quienes sirven. Antes hablaban de la importancia de edificar iglesias; ahora dedican tiempo a divulgar situaciones que pueden causar daño a esas mismas congregaciones. Y lo más triste es que posiblemente están convencidos de que están haciendo algo bueno. No pretendo afirmar que conozco todas sus motivaciones, pero sí considero que debemos examinar los frutos de nuestras acciones. Si lo que estamos produciendo son burlas, contiendas, sospechas y divisiones, necesitamos preguntarnos seriamente si nuestra conducta está honrando al Señor. ¡Qué terrible sería haber dedicado una parte de nuestra vida a edificar la obra de Dios y terminar dedicando otra parte a combatirla!

Antes animaban a otros a servir a Dios; ahora sus publicaciones parecen concentrarse en encontrar defectos en quienes sirven.

Si conocemos a alguien que ha tenido que dejar el ministerio, procuremos ser buenos amigos. Oremos por él. Animémoslo a caminar correctamente con Dios. Ayudémoslo a encontrar su lugar de servicio dentro de los límites que establecen las Escrituras; y si conocemos a alguien que, después de haber servido en el ministerio, ahora dedica su tiempo a ridiculizar y desacreditar a otros, tengamos cuidado de no participar en esa conducta, porque una cosa es haber dejado el ministerio y otra muy distinta es haber convertido la amargura en un ministerio de destrucción. Que Dios nos ayude a permanecer fieles, a recibir humildemente la corrección y a no convertirnos jamás en enemigos de aquello que un día dijimos amar.

2. SER ESCARNECEDOR ES FÁCIL; EDIFICAR ES DIFÍCIL

No hay nada tan fácil como dedicarse a criticar, ridiculizar y señalar los errores de otras personas. Para destruir la reputación de alguien, a veces basta con unas cuantas palabras, pero para edificar una vida, restaurar una relación o ayudar a una persona que ha caído, se necesita mucho más que palabras. Destruir es fácil; edificar requiere esfuerzo, paciencia, amor y madurez espiritual.

El escarnecedor es una persona arrogante y burladora que desprecia la corrección, menosprecia a quienes procuran hacer lo correcto y utiliza sus palabras para ridiculizar y sembrar desprecio hacia los demás. La Biblia describe a los escarnecedores de diferentes maneras, y considero importante que examinemos algunas de sus características.

LOS ESCARNECEDORES SON ARROGANTES Y ORGULLOSOS

“Escarnecedor es el nombre del soberbio y presuntuoso Que obra en la insolencia de su presunción.” Proverbios 21:24

Notemos que la Biblia relaciona directamente al escarnecedor con la soberbia y la presunción. El escarnecedor suele colocarse en una posición de superioridad moral desde la cual observa, juzga y ridiculiza a los demás. Siempre encuentra algo que criticar. Si una persona es demasiado estricta, la critica por su dureza. Si es paciente y misericordiosa, la acusa de ser demasiado blanda. Si un pastor toma una decisión, encuentra razones para cuestionarla. Y si toma la decisión contraria, también encontrará algo que decir.

Incluso puede llegar a burlarse de la apariencia física de alguien, de su peso o de características personales que nada tienen que ver con su fidelidad a Dios. Cuando el propósito de una persona es ridiculizar, siempre encontrará algo de qué burlarse. El problema no necesariamente está en aquello que observa, sino en la actitud de su corazón.

LOS ESCARNECEDORES RECHAZAN LA CORRECCIÓN

“El escarnecedor no ama al que le reprende, Ni se junta con los sabios.” Proverbios 15:12

Otra característica del escarnecedor es su resistencia a recibir corrección. Puede dedicar horas a señalar los errores de otras personas, pero cuando alguien intenta corregirlo, inmediatamente se ofende, se justifica o comienza a atacar a quien lo está reprendiendo. Parece convencido de que todos necesitan ser corregidos, menos él. ¡Qué contradicción tan grande!

Una persona puede presentarse como defensora de la verdad y, al mismo tiempo, rechazar esa misma verdad cuando expone sus propias faltas. La verdadera madurez espiritual no se demuestra solamente en nuestra capacidad para identificar los errores de otros, sino también en nuestra disposición para reconocer y corregir los nuestros.

LOS ESCARNECEDORES PROVOCAN CONTIENDAS

“Echa fuera al escarnecedor, y saldrá la contienda, Y cesará el pleito y la afrenta.” Proverbios 22:10

Este proverbio revela otra característica importante: la presencia del escarnecedor frecuentemente produce conflictos. Hay personas que parecen tener una habilidad extraordinaria para convertir cualquier situación en una controversia. Donde existe paz, introducen sospechas. Donde hay amistad, siembran desconfianza. Donde otros están trabajando, encuentran defectos. Y donde una familia está atravesando dificultades,  encuentran material para nuevas conversaciones.

Hay personas que parecen tener una habilidad extraordinaria para convertir cualquier situación en una controversia.

En lugar de procurar soluciones, alimentan los problemas. En lugar de contribuir a la unidad, provocan divisiones. En lugar de levantar a los caídos, aprovechan sus caídas para desacreditarlos. Y lo más lamentable es que muchas veces se presentan como personas que solamente están defendiendo la verdad. Pero debemos recordar algo: no basta con afirmar que estamos diciendo la verdad; también importa la intención de nuestro corazón y el propósito de nuestras palabras.

…no basta con afirmar que estamos diciendo la verdad; también importa la intención de nuestro corazón y el propósito de nuestras palabras

CUIDADO CON SENTARSE A ESCUCHAR A LOS ESCARNECEDORES

“No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.” 1 Corintios 15:33

Aunque este versículo aparece en un contexto donde Pablo está corrigiendo enseñanzas equivocadas acerca de la resurrección, también nos recuerda el peligro de permitir que las malas influencias afecten nuestra manera de pensar y vivir. Hay cristianos que justifican seguir determinadas publicaciones en las redes sociales diciendo: “Yo solamente estoy viendo lo que publica”. “A mí me gusta estar informado”. “No estoy participando; solamente estoy leyendo”. Pero debemos preguntarnos: ¿qué efecto están teniendo esas conversaciones sobre nuestro corazón?

Si constantemente escuchamos burlas, acusaciones, insinuaciones y comentarios maliciosos, tarde o temprano corremos el peligro de acostumbrarnos a esa manera de hablar y pensar. Lo que antes nos parecía incorrecto puede comenzar a parecernos normal. Lo que antes nos producía tristeza puede comenzar a entretenernos, y lo que antes jamás habríamos compartido puede convertirse en algo que ahora difundimos sin pensarlo dos veces. Una persona no necesita ser quien inicia el chisme para terminar participando en él. A veces basta con convertirse en alguien que disfruta escuchándolo y contribuye a su difusión.

No estoy diciendo que debamos ignorar toda denuncia o negarnos a escuchar información necesaria para proteger a otros, pero existe una gran diferencia entre informarnos responsablemente acerca de un asunto serio y alimentar nuestra curiosidad con las desgracias ajenas. El cristiano que desea vivir conforme a Salmos 1:1 debe examinar cuidadosamente las influencias a las que permite entrar en su vida.

EXPONER LOS ERRORES DE OTROS ES FÁCIL; AYUDARLOS A LEVANTARSE ES DIFÍCIL

Seamos sinceros. Cualquiera puede señalar los errores de otra persona. Cualquiera puede publicar una acusación. Cualquiera puede burlarse de un matrimonio que ha atravesado dificultades, de un pastor que está enfrentando problemas familiares o de un joven que tomó malas decisiones. Lo difícil es dedicar tiempo a ayudar a esas personas a levantarse. Lo difícil es sentarse con alguien que ha caído y procurar restaurarlo bíblicamente. Lo difícil es acompañar a una familia que está sufriendo. Lo difícil es mostrar paciencia, misericordia y amor cuando una persona necesita corrección.

Y aquí quiero mencionar una conducta que me ha llamado particularmente la atención en ciertas publicaciones de redes sociales. He observado cómo se han divulgado acusaciones e insinuaciones acerca de matrimonios que llevan muchos años casados, cuestionando decisiones que supuestamente tomaron cuando todavía eran novios. En algunos casos, se trata de situaciones que ocurrieron hace muchos años y que, según la información que conozco, ya fueron tratadas en su momento.

Y me pregunto: ¿Qué propósito espiritual tiene volver a divulgar esas situaciones tantos años después? ¿Se está procurando ayudar a ese matrimonio? ¿Se está buscando restaurar una relación? ¿Existe alguna situación actual que requiera protección, corrección o intervención? ¿O simplemente se está utilizando una falta del pasado para desacreditar públicamente a alguien? Porque hay una diferencia enorme entre tratar bíblicamente con un pecado y utilizar ese pecado como material para entretener a una audiencia.

Porque hay una diferencia enorme entre tratar bíblicamente con un pecado y utilizar ese pecado como material para entretener a una audiencia

Si un asunto fue tratado correctamente, hubo arrepentimiento y no existe una situación pendiente que requiera intervención, ¿qué beneficio espiritual produce volver a exponerlo años después solamente para avergonzar a las personas involucradas? Por supuesto, si existen víctimas, abusos, delitos o situaciones que no fueron atendidas correctamente, el paso del tiempo no elimina la necesidad de buscar justicia y protección; pero cuando el propósito es simplemente ridiculizar a alguien por una falta del pasado, debemos preguntarnos si estamos obedeciendo las Escrituras o solamente satisfaciendo nuestra curiosidad. Dios no nos llamó a convertir las caídas de nuestros hermanos en una fuente de entretenimiento. Nos llamó a procurar su restauración. Notemos lo que escribió el apóstol Pablo.

“Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.” Gálatas 6:1-2

¡Qué diferencia tan grande entre el mandato bíblico y la actitud de un escarnecedor! Pablo no dijo: “Si alguno fuere sorprendido en alguna falta, publíquenlo para que todos se enteren”. Tampoco dijo: “Aprovechen su caída para demostrar que ustedes son mejores”. Mucho menos dijo: “Ridiculícenlo para que otros puedan entretenerse con sus errores”. Pablo dijo: “Restauradle”.

La palabra restaurar comunica la idea de reparar o poner nuevamente en condiciones adecuadas aquello que se ha dañado. La restauración requiere trabajo. Requiere paciencia. Requiere humildad. Y muchas veces requiere sacrificio personal. Es mucho más fácil señalar a alguien que ha caído que involucrarse responsablemente para ayudarlo a levantarse.

Por eso, Pablo identifica a quienes deben procurar esta restauración como aquellos que son espirituales y les manda hacerlo “con espíritu de mansedumbre”. Los espirituales procuran restaurar; los carnales pueden encontrar satisfacción en utilizar las desgracias ajenas para exaltarse a sí mismos.

SI NO ERES PARTE DE LA SOLUCIÓN, ¿POR QUÉ QUIERES SER PARTE DE LA DIVULGACIÓN?

Siempre he procurado vivir con un principio personal: si no soy parte de la solución y no tengo una responsabilidad legítima en un asunto, no necesito involucrarme en problemas ajenos solamente para conocerlos o comentarlos. No todos los asuntos de una familia son asuntos míos. No todos los problemas de una iglesia necesitan convertirse en conversaciones públicas, y no todas las faltas de un creyente necesitan llegar a los oídos de personas que no tienen ninguna responsabilidad de intervenir. La Biblia nos enseña en Proverbios 17:9: “El que cubre la falta busca amistad; mas el que la divulga, aparta al amigo”.

No todos los problemas de una iglesia necesitan convertirse en conversaciones públicas, y no todas las faltas de un creyente necesitan llegar a los oídos de personas que no tienen ninguna responsabilidad de intervenir

Esto no significa encubrir pecados que requieren disciplina, proteger a quienes han cometido abusos o impedir que las autoridades correspondientes investiguen un delito. Significa que el amor cristiano no busca oportunidades para divulgar innecesariamente los errores de los demás. El hecho de que conozcas una falta no significa que tengas la responsabilidad de contarla. Y el hecho de que una información sea verdadera tampoco significa que compartirla públicamente sea lo correcto. Una persona espiritual procura preguntarse: “¿Cómo puedo ayudar?”. El escarnecedor parece más interesado en preguntar: “¿A quién más puedo contarle lo que sucedió?”. ¡Qué diferencia tan grande!

El hecho de que conozcas una falta no significa que tengas la responsabilidad de contarla

Cualquiera puede comenzar una contienda, pero no cualquiera tiene la madurez espiritual para detenerla. Cualquiera puede dividir un grupo mediante comentarios maliciosos, pero se necesita un corazón lleno de amor para trabajar por la unidad del pueblo de Dios

“Así que, sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación.” Romanos 14:19

Este versículo debería gobernar muchas de nuestras conversaciones, especialmente en las redes sociales. Antes de publicar algo, deberíamos preguntarnos: ¿Esto contribuye a la paz? ¿Esto edifica a alguien? ¿Estoy procurando resolver un problema o solamente provocar una reacción? ¿Estoy actuando por amor a la verdad y a las personas afectadas, o por el deseo de desacreditar a alguien?

Aquí quiero compartir otra observación personal acerca del mismo escarnecedor que recientemente ha estado criticándome. Al observar sus redes sociales, he notado algo que me parece interesante y hasta un poco cómico. Publica muchas cosas acerca de su vida personal, incluyendo videos donde aparece levantando pesas, y esas publicaciones reciben muy poca atención. En ocasiones, prácticamente nadie le comenta. Sin embargo, cuando comienza a publicar chismes, acusaciones y críticas contra otros pastores o personas involucradas en el ministerio, consigue muchas más reacciones y comentarios. Esto me lleva a pensar que una de las cosas que busca es atención. Las redes sociales pueden convertir las desgracias ajenas en una manera fácil de conseguir comentarios, seguidores y publicidad, pero que una publicación produzca muchas reacciones no significa que esté produciendo algo de valor delante de Dios.

Las redes sociales pueden convertir las desgracias ajenas en una manera fácil de conseguir comentarios, seguidores y publicidad, pero que una publicación produzca muchas reacciones no significa que esté produciendo algo de valor delante de Dios

No debemos confundir la popularidad con la espiritualidad. Ni la cantidad de seguidores con la madurez cristiana. Ni la capacidad de provocar controversias con la capacidad de edificar vidas. Una cosa es ganarse el respeto de las personas por la vida que uno vive, y otra muy distinta es conseguir su atención hablando mal de la vida de otros.

CUALQUIERA PUEDE SER UN SANBALAT, PERO DIOS BUSCA NEHEMÍAS

Cuando pienso en esta diferencia entre destruir y edificar, inmediatamente viene a mi mente la historia de Nehemías. Nehemías estaba realizando una gran obra para Dios. Había regresado a Jerusalén con el propósito de reconstruir sus muros; pero mientras él trabajaba, otros se dedicaban a criticarlo y ridiculizarlo.

En Nehemías 4:1–3 encontramos a Sanbalat y Tobías burlándose de los judíos que estaban edificando. Tobías llegó a decir que, si una zorra subía sobre el muro que estaban construyendo, lo derribaría. ¡Qué fácil era burlarse de los que estaban trabajando! Sanbalat y Tobías no estaban levantando los muros. No estaban cargando piedras. No estaban dedicando sus fuerzas a reconstruir Jerusalén, pero sí encontraban tiempo para ridiculizar a quienes estaban haciendo el trabajo. Es mucho más fácil criticar desde afuera que involucrarse personalmente en la obra. Posteriormente, cuando los adversarios de Nehemías intentaron distraerlo de su responsabilidad, él respondió con unas palabras que siempre me han parecido extraordinarias.

“Y les envié mensajeros, diciendo: Yo hago una gran obra, y no puedo ir; porque cesaría la obra, dejándola yo para ir a vosotros.” Nehemías 6:3

¡Qué respuesta tan sabia! Nehemías comprendió que no podía permitir que la oposición lo distrajera de la responsabilidad que Dios le había encomendado. No tenía tiempo para responder a cada ataque. No podía abandonar la construcción para dedicar sus días a discutir con quienes querían detenerlo.

Tenía una obra que terminar. Y considero que nosotros también debemos aprender esa lección. Hay demasiado trabajo que hacer para Cristo como para desperdiciar nuestras vidas participando en contiendas innecesarias. Hay almas que necesitan escuchar el evangelio. Hay familias que necesitan ayuda. Hay matrimonios que necesitan ser fortalecidos. Hay jóvenes que necesitan ser discipulados. Hay hermanos que necesitan ánimo y restauración.

¡Tenemos demasiado que edificar como para dedicar nuestra vida a destruir! Al final de nuestros días, quisiera que seamos recordados como personas que levantaron a otros, no como personas que se levantaron a sí mismas utilizando las desgracias ajenas. Que seamos conocidos por nuestra disposición para servir, no por nuestra habilidad para criticar. Que nuestras palabras hayan producido ánimo, esperanza, corrección bíblica y edificación, no solamente conflictos y divisiones.

Que seamos conocidos por nuestra disposición para servir, no por nuestra habilidad para criticar

Cualquiera puede comportarse como Sanbalat o Tobías, pero necesitamos más cristianos con el corazón de Nehemías. Personas que, a pesar de las críticas, continúen trabajando. Personas que, a pesar de la oposición, no abandonen sus responsabilidades. Personas que comprendan que edificar requiere mucho más valor, esfuerzo y fidelidad que simplemente señalar los defectos de quienes están trabajando. Porque al final, es mucho más fácil sentarse en la silla de los escarnecedores que levantarse para hacer la obra de Dios.

3. UN CRISTIANO SINCERO SIENTE DOLOR EN SU CORAZÓN AL ENTERARSE DE LOS PECADOS DE OTROS

Una de las evidencias de la madurez espiritual de un creyente es su reacción cuando se entera de que otro hermano ha caído en pecado. Un cristiano sincero no se alegra de los pecados de otros; le duele saber que alguien ha caído. No encuentra satisfacción en divulgar sus errores ni aprovecha la oportunidad para desacreditarlo delante de los demás.

Cuando verdaderamente amamos a nuestros hermanos, sus fracasos espirituales no se convierten en motivos de entretenimiento ni en temas de conversación para satisfacer nuestra curiosidad. Por el contrario, deben producir tristeza, preocupación y un deseo sincero de ayudarles a  restaurar su comunión con Dios. Aquí es donde encuentro una de las diferencias más grandes entre un creyente espiritual y un escarnecedor. El creyente espiritual se entristece cuando alguien cae; el escarnecedor encuentra una nueva oportunidad para hablar de él. El pecado de un hermano debe producir tristeza, no entretenimiento. El apóstol Pablo dejó muy claro que, cuando alguien cae en pecado, aun en un pecado tan grave como la fornicación, la reacción de la iglesia no debe ser de orgullo, burla o indiferencia, sino de lamento y de una disposición para actuar bíblicamente.

Notemos lo que escribió a la iglesia de Corinto.

“De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles; tanto que alguno tiene la mujer de su padre. Y vosotros estáis envanecidos. ¿No debierais más bien haberos lamentado, para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción?” 1 Corintios 5:1-2

El pecado de un hermano debe producir tristeza, no entretenimiento

¡Qué palabras tan fuertes! En aquella congregación existía una situación de inmoralidad sexual verdaderamente  grave. Sin embargo, Pablo no solamente confrontó el pecado del hombre involucrado, sino también la actitud de la iglesia. Les preguntó: “¿No debierais más bien haberos lamentado…?”. La reacción correcta de una iglesia ante el pecado no debe ser el orgullo, la indiferencia ni el entretenimiento. Debe existir un dolor espiritual que nos lleve a actuar conforme a las Escrituras.

Esto no significa que debamos ignorar el pecado o evitar la disciplina bíblica. De hecho, Pablo enseñó que aquella situación requería una acción seria por parte de la congregación. Pero notemos algo importante: la necesidad de corregir el pecado no elimina la responsabilidad de sentir tristeza por la persona que ha caído. Podemos confrontar el pecado sin alegrarnos de la caída del pecador. Podemos defender la santidad de la iglesia sin convertir la desgracia de una persona en motivo de entretenimiento. Y podemos actuar con firmeza bíblica sin perder la compasión cristiana.

¿Por qué algunos parecen disfrutar las caídas de otros? Hay algo que me preocupa profundamente acerca de la manera en que algunos cristianos reaccionan cuando se enteran de que otro creyente ha cometido un pecado. En lugar de entristecerse, parecen emocionarse por haber descubierto una nueva noticia. Inmediatamente comienzan a buscar más información, compartir publicaciones y contarles a otros lo sucedido. Y mientras más escandalosa sea la situación, más interés parecen mostrar.

Cuando el pecado de un hermano se convierte en una noticia que disfrutas compartir, necesitas examinar tu propio corazón. Esto es precisamente algo que he observado en las publicaciones de un escarnecedor que recientemente ha dedicado parte de su tiempo a criticarme personalmente y a divulgar acusaciones contra otras personas involucradas en el ministerio. Me llama la atención la facilidad con la que convierte las dificultades y los errores de otros en temas para sus publicaciones.

Cuando surge alguna situación lamentable relacionada con un pastor, una familia o una iglesia, parece encontrar una nueva oportunidad para hablar públicamente de ellos. Y yo me pregunto: ¿qué satisfacción puede encontrar una persona en divulgar constantemente las desgracias de otros? ¿Qué beneficio espiritual produce burlarse de una familia que está atravesando una situación dolorosa? ¿En qué ayuda a un pastor que está sufriendo por las decisiones de sus hijos el hecho de que alguien utilice esas dificultades para desacreditarlo públicamente?¿En qué ayuda a una iglesia que alguien convierta sus problemas internos en una conversación para entretener a personas que ni siquiera están involucradas en la situación?

No puedo conocer todas las motivaciones de esta persona, pero al observar la manera en que utiliza las dificultades ajenas en sus publicaciones, me parece que existe una diferencia muy grande entre su manera de proceder y el espíritu de restauración que encontramos en las Escrituras. Una persona que verdaderamente ama a sus hermanos no debería encontrar satisfacción en las desgracias que les causan dolor.

Entiendo que quienes no conocen a Cristo puedan reaccionar de maneras contrarias a la enseñanza bíblica. Pero cuando alguien afirma ser cristiano, conocer las Escrituras y defender la verdad, espero encontrar una actitud diferente. No estoy diciendo que un cristiano verdadero nunca pueda actuar incorrectamente. Todos podemos pecar. Pero sí estoy diciendo que una conducta persistente de burla y desprecio hacia los demás debería llevarnos a examinar seriamente nuestra condición espiritual.

Porque la Biblia dice en 1 Corintios 13:6 que el amor “no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad”. El amor cristiano no celebra aquello que debería producirnos lágrimas. Los espirituales procuran restaurar, no solamente divulgar Cuando una persona espiritual se entera de que un hermano ha caído, su primera preocupación no debería ser: “¿A quién más le puedo contar lo que sucedió?”. Más bien debería preguntarse: “¿Qué puedo hacer para ayudar a esta persona?”. “¿Cómo puedo contribuir a su restauración?”. “¿Hay alguna responsabilidad bíblica que me corresponda cumplir en esta situación?”. “¿Cómo puedo orar por él y por las personas afectadas?”.

La Biblia nos enseña claramente cuál debe ser nuestra actitud.

“Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.” Gálatas 6:1

Notemos que Pablo identifica a quienes deben procurar la restauración como aquellos que son espirituales, y también nos dice cómo deben hacerlo: “con espíritu de mansedumbre”. No con arrogancia. No con burlas. No con satisfacción por la caída de otro. Sino con mansedumbre.

La restauración bíblica no consiste en minimizar el pecado ni evitar sus consecuencias. En ocasiones requiere confrontación, disciplina y, cuando existen abusos o delitos, informar a las autoridades correspondientes y procurar la protección de quienes han sido afectados. Pero aun cuando sea necesario actuar con firmeza, debemos procurar hacerlo con verdad, justicia y una actitud que no encuentre placer en el sufrimiento ajeno.

El propósito de la corrección bíblica no es disfrutar la humillación de una persona, sino tratar correctamente con el pecado y procurar, cuando sea posible, su restauración. Hay una gran diferencia entre alguien que confronta el pecado porque ama la justicia y alguien que utiliza el pecado de otros porque disfruta desacreditarlos. El primero está interesado en hacer lo correcto delante de Dios. El segundo puede terminar utilizando los errores ajenos como una manera de sentirse superior.

LA CAÍDA DE OTROS DEBE RECORDARNOS QUE NOSOTROS TAMBIEN PODEMOS CAER

Hay otra verdad que debemos considerar. Tenemos que tener mucho cuidado de no dejar de mostrar gracia y humildad hacia quienes han tomado malas decisiones, porque nosotros mismos también somos capaces de tomar decisiones equivocadas. Ninguno de nosotros está por encima de caer. No importa cuántos años tengamos de ser cristianos. No importa cuánto conocimiento bíblico hayamos adquirido. No importa cuántos años hayamos estado involucrados en el ministerio.

Todos necesitamos la gracia de Dios para permanecer fieles. Por eso me parecen tan importantes las últimas palabras de Gálatas 6:1: “…considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”. ¡Qué advertencia tan necesaria! Pablo nos recuerda que, mientras procuramos ayudar a alguien que ha caído, debemos examinar también nuestra propia vida.

Es muy fácil observar el fracaso de otra persona y pensar: “Yo jamás haría algo semejante”. “Yo nunca permitiría que eso sucediera en mi familia”. “Si yo estuviera en su lugar, habría tomado mejores decisiones”. Pero debemos tener cuidado con esa manera de pensar. La Biblia nos advierte en 1 Corintios 10:12: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga”.

El orgullo nos lleva a sentirnos superiores cuando otros fracasan. La humildad nos lleva a reconocer que nosotros también necesitamos la ayuda y la gracia de Dios. Y esto es algo que personalmente procuro recordar cuando escucho acerca de los fracasos de otros pastores o de las dificultades que están atravesando sus familias.

Cuando me entero de que un hijo de pastor se ha alejado de los caminos de Dios, no quiero ser de los primeros en criticar a su padre. Quiero ser de los primeros en orar por él. Porque yo también soy padre. Yo también tengo hijos que deben tomar sus propias decisiones. Yo también necesito que Dios me dé sabiduría para guiarlos correctamente.

¿Cómo puedo burlarme del dolor de otro padre cuando mañana podría ser yo quien estuviera llorando por una situación semejante? Cuando escucho que un matrimonio está atravesando dificultades, no quiero sentirme superior porque mi matrimonio no esté enfrentando ese mismo problema. Quiero agradecer a Dios por su gracia y recordar que yo también necesito cuidar mi hogar.

Cuando me entero de que un pastor ha cometido un pecado que lo ha descalificado del ministerio, no quiero encontrar satisfacción en su fracaso. Quiero recordar que también soy un hombre de carne y hueso, que necesito caminar humildemente delante de Dios. Esto no significa que todos los pecados tengan las mismas consecuencias ni que debamos ignorar los requisitos bíblicos para el ministerio. Significa que la caída de otro creyente debería producir temor de Dios en nuestro corazón, no un sentimiento de superioridad espiritual.

NUESTRA REACCIÓN ANTE EL PECADO REVELA NUESTRO CORAZÓN

Quisiera que cada uno de nosotros considerara cuidadosamente esta pregunta: ¿Qué siento en mi corazón cuando me entero de que otro cristiano ha caído? ¿Siento tristeza? ¿Me preocupa su condición espiritual? ¿Pienso en las personas que están sufriendo las consecuencias de sus decisiones? ¿O siento curiosidad por conocer más detalles para poder compartirlos con otros?

Porque nuestra primera reacción puede revelar mucho acerca de la condición de nuestro corazón. No necesitamos conocer todos los detalles de las desgracias ajenas. No necesitamos participar en cada controversia que aparece en las redes sociales. Y mucho menos necesitamos seguir a personas que constantemente utilizan los errores de otros para provocar burlas y contiendas.

Hay una gran diferencia entre llorar por el pecado de un hermano y utilizar ese pecado para conseguir una audiencia. Mi deseo es que Dios nos dé un corazón sensible, humilde y lleno de amor por nuestros hermanos. Que sepamos confrontar el pecado cuando sea necesario. Que tengamos el valor de actuar bíblicamente; que nunca perdamos la capacidad de sentir tristeza cuando alguien cae, porque un cristiano espiritual no celebra la caída de otro; reconoce la gravedad del pecado, procura la restauración y recuerda que él también necesita la gracia de Dios para permanecer firme.

Hay una gran diferencia entre llorar por el pecado de un hermano y utilizar ese pecado para conseguir una audiencia.

4. VENTILAR LAS DESGRACIAS DE OTROS ES UNA DESGRACIA

Hay algo profundamente triste cuando una persona encuentra satisfacción en divulgar las desgracias de los demás. En lugar de sentir compasión por quienes están atravesando dificultades, algunos aprovechan sus problemas, errores y fracasos para convertirlos en temas de conversación. La desgracia de una persona nunca debería convertirse en el entretenimiento de otra. Cuando un matrimonio atraviesa dificultades, cuando una familia enfrenta una crisis o cuando un hermano cae en pecado, nuestra primera reacción no debería ser divulgar lo sucedido, sino mostrar compasión, orar y buscar la manera de ayudar. La Biblia nos advierte en Proverbios 16:28:

“El hombre perverso levanta contienda, Y el chismoso aparta a los mejores amigos.” Proverbios 16:28

La desgracia de una persona nunca debería convertirse en el entretenimiento de otra.

Una persona puede estar sufriendo por las consecuencias de sus propias decisiones, por una tragedia familiar o por circunstancias fuera de su control; pero cuando otros comienzan a divulgar sus problemas, agregan una nueva carga a su sufrimiento. Un comentario puede convertirse en un rumor. Un rumor puede convertirse en una acusación exagerada, y una acusación puede perjudicar injustamente el testimonio, la reputación y las relaciones de una persona. No debemos convertirnos en una segunda fuente de dolor para quienes ya están sufriendo. Hay personas que no se conforman con enterarse de una desgracia. Sienten la necesidad de compartirla. Y mientras más delicada sea la situación, más interés parecen tener en divulgarla.

No debemos convertirnos en una segunda fuente de dolor para quienes ya están sufriendo.

Pero yo me pregunto: ¿qué ganamos contando las desgracias de otras personas? ¿En qué ayuda a una familia que está sufriendo el hecho de que otros conozcan los detalles de sus problemas? ¿Qué beneficio espiritual produce convertir los errores de alguien en una conversación pública? Si nuestra participación no ayuda a corregir el problema, proteger a alguien o procurar una solución, debemos examinar cuidadosamente por qué sentimos la necesidad de involucrarnos. Romanos 12:15 nos manda:

“Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran.” Romanos 12:15

No siempre necesitamos tener una explicación para las desgracias de otros. No siempre necesitamos expresar nuestra opinión acerca de lo que les sucedió. Y mucho menos necesitamos divulgar sus problemas para que otras personas también comiencen a opinar. A veces, lo más espiritual que podemos hacer es guardar silencio, mostrar compasión y acompañar a quienes están sufriendo.

Una cosa es ayudar a alguien a llevar su carga y otra muy distinta es aumentar el peso de esa carga con nuestras palabras. Ahora bien, quiero hacer una distinción importante. Divulgar las desgracias de otros no es lo mismo que buscar ayuda para ellos. Debemos distinguir entre el chisme y la responsabilidad de comunicar un problema a quienes pueden intervenir. Hay situaciones de pecado, abuso, violencia o injusticia que deben denunciarse y tratarse con seriedad. Guardar silencio ante ellas no es una demostración de amor.

Una cosa es ayudar a alguien a llevar su carga y otra muy distinta es aumentar el peso de esa carga con nuestras palabras.

Cuando una persona ha sido víctima de abuso, nuestra responsabilidad no es proteger la reputación del agresor, sino procurar la seguridad de la víctima y que se haga justicia. Tampoco debemos utilizar el concepto de restauración espiritual como una excusa para impedir que se investiguen delitos o para evitar las consecuencias correspondientes; pero una cosa es compartir información necesaria para proteger, corregir o buscar justicia, y otra muy distinta es divulgar detalles privados simplemente porque tenemos algo interesante que contar. Personalmente, me ha llamado mucho la atención acerca del escarnecedor que recientemente ha estado criticándome, que en sus publicaciones hace acusaciones graves contra diferentes personas y pastores, incluyendo señalamientos relacionados con supuestos abusos. Mi pregunta es muy sencilla: si asegura conocer tantos casos y tener tanta información, ¿por qué no presenta las evidencias que dice tener ante las autoridades correspondientes? Si verdaderamente tiene conocimiento de delitos, ¿por qué no procurar que las autoridades competentes investiguen esos asuntos? Si posee pruebas de que alguien ha cometido un abuso, ¿por qué no utilizar esa información para buscar justicia y proteger a las personas afectadas? ¿Por qué dedicar tanto tiempo a divulgar acusaciones en Facebook en lugar de acudir también a las instancias que pueden investigar y actuar legalmente?

Quiero aclarar que no conozco todos los pasos que esta persona haya tomado fuera de las redes sociales. Es posible que existan gestiones que yo desconozca, pero, por lo que he observado públicamente, me parece legítimo cuestionar si su manera de proceder está dirigida principalmente a procurar justicia o a mantener una controversia constante; porque cuando alguien afirma tener pruebas de situaciones tan graves, no basta con convertirlas en publicaciones que producen comentarios y reacciones. Si existen evidencias de un delito, deben ponerse a disposición de las autoridades competentes para que se investigue y se proteja a quienes puedan estar en peligro. También reconozco que una víctima puede enfrentar temor, vergüenza, amenazas u otras dificultades que hagan muy complicado presentar una denuncia. No estoy cuestionando a las víctimas ni sugiriendo que su testimonio carezca de valor si todavía no han denunciado. Mi cuestionamiento está dirigido a quien públicamente asegura poseer información y evidencias, pero parece concentrar sus esfuerzos en divulgar acusaciones contra numerosas personas.

Aquí quiero expresar otra opinión personal. Al observar la frecuencia con la que este escarnecedor critica a pastores y personas involucradas en el ministerio, me pregunto si parte de su conducta no estará relacionada con el resentimiento de ya no encontrarse él mismo en el ministerio. No puedo afirmar que esa sea su motivación, porque no conozco completamente su corazón. Sin embargo, es una posibilidad que considero al observar la manera en que dedica tanto tiempo a señalar los fracasos de otros.

Me pregunto si, al encontrar errores en quienes continúan predicando, de alguna manera intenta convencerse de que él no es el único que ha fracasado. ¿Será que señalar constantemente los problemas de otros le permite sentirse mejor acerca de sus propias decisiones? ¿Será que desacreditar a quienes continúan en el ministerio se ha convertido en una manera de justificar su propia situación? No lo sé, pero sí sé que los errores de otros jamás justifican los nuestros, y destruir la reputación ajena nunca restaurará nuestra propia vida espiritual. Si alguien verdaderamente desea ayudar a las víctimas de un abuso, que procure su protección y que los hechos sean investigados. Si desea ayudar a una iglesia que está enfrentando una situación grave, que actúe con verdad y responsabilidad. Y si lo que desea es corregir un error doctrinal o moral, que lo haga bíblicamente.

…los errores de otros jamás justifican los nuestros, y destruir la reputación ajena nunca restaurará nuestra propia vida espiritual.

No debemos confundir la búsqueda de justicia con el entretenimiento producido por las desgracias ajenas. La madurez espiritual se demuestra no solamente en lo que decimos, sino también en lo que decidimos no divulgar. No necesitamos conocer todos los detalles de los problemas de una familia. No necesitamos repetir cada fracaso que escuchamos. Y mucho menos necesitamos convertir las dificultades de nuestros hermanos en conversaciones que no producen ningún bien. Hay personas que, cuando ven a alguien caído, buscan una mano para levantarlo. Otras buscan un oído para contar lo sucedido.

La diferencia está en el corazón. Antes de repetir una acusación o compartir una publicación acerca de las desgracias de alguien, deberíamos preguntarnos: ¿es verdadera esta información? ¿Tengo alguna responsabilidad legítima de comunicarla? ¿Estoy ayudando a alguien? ¿Estoy procurando justicia, protección o restauración? ¿O simplemente estoy contribuyendo a divulgar algo que puede causar más daño? El apóstol Pablo escribió en Efesios 4:29:

“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.” Efesios 4:29

Qué diferencia habría en nuestras conversaciones y publicaciones si todos procuráramos obedecer este versículo! La pregunta no debería ser solamente si tenemos algo que decir, sino si nuestras palabras son necesarias, verdaderas y apropiadas para el propósito que buscamos. No todo lo que sabemos necesita ser publicado. No todo lo que escuchamos necesita ser repetido. Y no toda desgracia ajena necesita convertirse en un tema de conversación. Porque cuando encontramos satisfacción en ventilar las desgracias de otros, corremos el peligro de convertirnos nosotros mismos en una desgracia para quienes están sufriendo.

5. ES TAN FÁCIL CRITICAR LA PAJA CUANDO TIENE UNO UNA VIGA

Este es quizás uno de los puntos que más me llaman la atención al observar las publicaciones del escarnecedor que he mencionado. Me resulta difícil comprender cómo alguien puede dedicar tanto tiempo a señalar los errores de otros sin detenerse primero a considerar las dificultades y los fracasos de su propia vida.

No digo esto porque yo considere que mi vida es perfecta. ¡De ninguna manera! Tengo muchas áreas en las que necesito seguir creciendo y mejorando, pero precisamente por eso me parece tan importante recordar las palabras de nuestro Señor Jesucristo acerca de la paja y la viga. Al observar las publicaciones de este escarnecedor, no puedo evitar pensar en su propia historia. Se trata de un hombre que anteriormente estuvo en el ministerio, pero que ya no se encuentra pastoreando. También ha atravesado, según lo que conozco, situaciones familiares verdaderamente dolorosas, incluyendo la pérdida de su matrimonio y graves dificultades en sus relaciones familiares. Para mí, estas son cosas muy fuertes.

Sinceramente, si yo estuviera en sus zapatos, creo que tendría el corazón profundamente quebrantado. No me imagino lo doloroso que debe ser haber dedicado una parte de la vida al ministerio y después encontrarse fuera de él, mientras también se enfrentan pérdidas importantes en la familia. Y precisamente por eso, en lugar de sentir solamente molestia cuando leo sus publicaciones, muchas veces siento lástima por él.

No digo esto para burlarme de sus desgracias. Al contrario, considero que son situaciones que deberían producir compasión; pero también creo que es necesario considerar el panorama completo cuando una persona se presenta públicamente como alguien que tiene autoridad para señalar a otros pastores y familias.

Es fácil comprender cómo alguien que ha atravesado experiencias semejantes podría permitir que el resentimiento afectara su manera de pensar. Esto me recuerda la interpretación personal que compartí anteriormente acerca de Alejandro, mencionado en las cartas a Timoteo. No sabemos si aquel hombre desarrolló resentimiento después de haber sido corregido por Pablo, pero considero que es una posibilidad que ilustra muy bien lo que puede suceder cuando una persona no trata correctamente con las heridas de su corazón.

QUIÉNES SOMOS DETERMINA CÓMO VEMOS A LOS DEMÁS

Hace muchos años leí un libro de liderazgo titulado “Cómo ganarse a la gente”. En ese libro se presenta un principio que me ha parecido muy cierto a lo largo de mis años de ministerio: “el principio del lente”. Este principio establece que “quiénes somos determina cómo vemos a los demás”. En otras palabras, muchas veces interpretamos las acciones y las motivaciones de otras personas a través de nuestra propia manera de pensar y vivir.

“el principio del lente”. Este principio establece que “quiénes somos determina cómo vemos a los demás”

En mis años de ministerio he observado cuánta verdad existe en este principio. Una persona chismosa puede llegar a creer que todo el mundo está chismeando constantemente. Cuando observa a dos personas conversando en privado, inmediatamente sospecha que están hablando mal de alguien. Si varias personas dejan de conversar cuando ella se acerca, piensa que seguramente estaban hablando de ella. ¿Por qué interpreta de esa manera las conversaciones ajenas?

En ocasiones, porque está acostumbrada a participar en ese mismo tipo de conversaciones. De igual manera, una persona que acostumbra engañar a otros puede vivir sospechando que todos intentan engañarla. Alguien que no es honesto en sus relaciones puede terminar interpretando las acciones de los demás a través de su propia deshonestidad.

Muchas veces sospechamos en otros aquello que nosotros mismos acostumbramos practicar. Esto es algo que me ha llamado la atención acerca del escarnecedor. He observado que frecuentemente presenta acusaciones e interpretaciones acerca de las decisiones de otros pastores, como si conociera perfectamente sus intenciones y las razones por las que hacen determinadas cosas.

Algunas de sus acusaciones me parecen verdaderamente descabelladas, y cuando observo esa manera de pensar, no puedo evitar preguntarme si estará interpretando las decisiones de otros pastores a través de sus propias experiencias y de la manera en que él mismo acostumbraba actuar cuando estaba en el ministerio.

No sé cómo pastoreaba su iglesia. No estuve allí para observar todas sus decisiones., pero al ver la manera en que constantemente sospecha de otros, me pregunto si él mismo hacía algunas de las cosas que ahora acusa a otros de hacer. Esta es mi opinión personal, no una afirmación que pueda demostrar acerca de su pasado. Sin embargo, considero que es una pregunta legítima cuando alguien parece interpretar constantemente las acciones ajenas desde la perspectiva más negativa posible. A veces el problema no está solamente en lo que una persona observa, sino en el lente a través del cual interpreta lo que está observando.

ES FÁCIL CRITICAR LAS FAMILIAS DE OTROS CUANDO NO EXAMINAMOS LA NUESTRA

Una de las cosas que más me llaman la atención es la facilidad con la que este escarnecedor critica a otros pastores por las dificultades que están enfrentando con sus hijos, sus matrimonios o sus ministerios. Critica las decisiones de los pastores. Critica la manera en que dirigen sus iglesias. Critica a sus hijos. Critica sus matrimonios; y en ocasiones mezcla situaciones verdaderas con interpretaciones y especulaciones que, desde mi perspectiva, no reflejan correctamente lo que está sucediendo.

Aquí es donde surge una pregunta que considero importante: ¿qué sucede con nuestra propia vida mientras estamos tan ocupados examinando la de los demás? Si una persona quiere aconsejarme acerca de cómo fortalecer mi matrimonio, naturalmente voy a prestar mucha atención a su propia experiencia matrimonial. Si alguien quiere enseñarme cómo criar a mis hijos, también voy a considerar el ejemplo que ha dado en su propia familia. Si alguien pretende corregirme acerca de cómo debo dirigir un ministerio, me interesará conocer cómo ha ejercido él mismo esas responsabilidades.

Esto no significa que solamente las personas con matrimonios perfectos, hijos perfectos o ministerios perfectos puedan dar un consejo bíblico. Ninguno de nosotros cumple con semejante condición. La verdad de las Escrituras no depende de que quien la comunica tenga una vida sin errores, pero sí considero que el ejemplo personal de quien nos aconseja tiene mucho que ver con la credibilidad de sus palabras.

El escarnecedor ya no se encuentra en el ministerio; lo perdió todo. Cuando observo esto, pienso que sería mucho más provechoso que dedicara sus esfuerzos a procurar fortalecer su propia vida espiritual y, hasta donde sea posible, restaurar sus relaciones familiares; porque una cosa es reconocer humildemente nuestros errores y, desde esa experiencia, procurar ayudar a otros, pero otra muy distinta es pasar nuestros días señalando las faltas ajenas mientras evitamos examinar las nuestras.

No estoy diciendo que sus experiencias personales lo descalifiquen para siempre de expresar una opinión o señalar un error verdadero, pero sí considero que debería reflexionar seriamente sobre la manera en que utiliza su tiempo y sus palabras. Es muy fácil señalar la paja que vemos en la vida de otros mientras ignoramos la viga que necesita atención en nuestra propia vida.

HASTA MI SOBREPESO SE HA CONVERTIDO EN MOTIVO DE CRÍTICA

Quiero mencionar algo que hasta cierto punto me resulta cómico. Este mismo escarnecedor también ha hecho comentarios acerca de mi sobrepeso. Si solamente supiera cuánto me río yo mismo de ese asunto. Una de las cosas que he aprendido en la vida es que debemos aprender a reírnos de nosotros mismos. Después de todo, probablemente alguien más ya lo está haciendo.

No tengo dificultad para reconocer que necesito cuidar mejor mi peso y mi salud. No necesito que alguien publique comentarios acerca de mi apariencia para saberlo, pero me resulta curioso que, entre tantas cosas importantes que una persona podría estar haciendo con su tiempo, decida dedicar parte de él a burlarse de la apariencia física de otro pastor.

Cuando observo las publicaciones de este escarnecedor, incluyendo el tiempo que dedica a mostrar sus rutinas de ejercicio y sus actividades personales, me pregunto si no sería más provechoso invertir parte de esa energía en servir a Dios dentro de una iglesia local y procurar fortalecer las relaciones importantes de su vida. Yo tengo una esposa, hijos y una iglesia que requieren mi atención. Tengo responsabilidades que cumplir, personas a quienes aconsejar, mensajes que preparar y una obra que continuar edificando. Y aun así, reconozco que debo procurar administrar mejor mi tiempo.

Por eso me parece triste observar a alguien que anteriormente estuvo en el ministerio dedicar tanto esfuerzo a criticar a otros pastores, cuando podría estar utilizando su experiencia y sus conocimientos para hacer algo que verdaderamente edifique. No sé cuánto tiempo libre tenga ni cuáles sean todas sus responsabilidades actuales, pero sí puedo observar el tiempo y la atención que dedica públicamente a estas controversias. Personalmente creo que existen maneras mucho más provechosas de utilizar nuestras vidas.

JESÚS NOS ADVIRTIÓ ACERCA DE LA PAJA Y LA VIGA

Nuestro Señor Jesucristo habló directamente acerca de esta tendencia humana.

¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? 4 ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? 5 ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.” Mateo 7:3-5

Hay personas que parecen tener una habilidad extraordinaria para descubrir los defectos de los demás. Pueden señalar las fallas de un pastor, los errores de una iglesia, las debilidades de un matrimonio o las equivocaciones de otros creyentes. Sin embargo, rara vez muestran la misma disposición para examinar sus propias actitudes, palabras y decisiones. Y aquí quiero señalar algo importante: Jesús no estaba enseñando que debemos ignorar los errores de nuestros hermanos. Observemos cuidadosamente sus palabras: “…saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano”.

Hay personas que parecen tener una habilidad extraordinaria para descubrir los defectos de los demás.

Jesús no dijo que nunca debíamos ayudar a nuestro hermano a sacar la paja de su ojo. Nos enseñó que primero debemos tratar con nuestros propios pecados para después estar en condiciones de ayudarlo. El problema no es reconocer que alguien está haciendo algo incorrecto. El problema es convertirnos en jueces arrogantes que condenan a otros mientras justificamos nuestros propios errores.

El problema es convertirnos en jueces arrogantes que condenan a otros mientras justificamos nuestros propios errores.

El apóstol Pablo también escribió en Romanos 2:1: “Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo”. Es posible condenar en otros las mismas actitudes que justificamos en nosotros.

Criticamos el orgullo ajeno mientras alimentamos el nuestro. Condenamos la falta de amor en otros mientras hablamos de ellos sin misericordia. Señalamos sus pecados mientras nos negamos a reconocer los nuestros. El problema no siempre es que no podamos ver los errores de otros; muchas veces es que no queremos ver los nuestros.

LAS TRES COSAS POR LAS QUE QUISIERA SER RECORDADO

Quiero compartir algo muy personal. Estoy corriendo una carrera que considero mucho más importante que cualquier reconocimiento que pudiera recibir por mi ministerio. Cuando mi vida termine, quisiera ser recordado principalmente por tres cosas.

Primero, quisiera ser conocido por haber sido un buen cristiano. Segundo, quisiera ser recordado por haber sido un buen esposo. Tercero, quisiera ser recordado por haber sido un buen padre. Estas tres cosas son más importantes para mí que cualquier reconocimiento que pudiera recibir como predicador, administrador o líder. Porque si algún día llegara a tener éxito en muchas otras áreas, pero fracasara en estas tres, sinceramente no consideraría que mi vida hubiera sido un verdadero éxito.

¿De qué me serviría ser admirado por miles de personas si mi esposa no pudiera admirar mi carácter? ¿De qué me serviría ser reconocido como un gran predicador si mis hijos no pudieran recordar que procuré ser un buen padre? ¿De qué me serviría tener un ministerio reconocido si mi propia vida espiritual estuviera descuidada?

No quiero pasar mi vida preocupado por los errores de otros mientras descuido las responsabilidades que Dios me ha dado. Esto es algo que también quisiera que comprendiera el escarnecedor. Más importante que demostrar que otros pastores tienen errores, es procurar ser fieles en nuestra propia vida. Más importante que desacreditar los matrimonios ajenos es procurar fortalecer nuestras propias relaciones familiares; y más importante que encontrar defectos en los ministerios de otros es procurar vivir una vida que verdaderamente honre al Señor.

No quiero pasar mi vida preocupado por los errores de otros mientras descuido las responsabilidades que Dios me ha dado

LA CORRECCIÓN BÍBLICA BUSCA AYUDAR; LA CRÍTICA DESTRUCTIVA BUSCA DESACREDITAR

La corrección bíblica tiene su lugar. La iglesia necesita personas que estén dispuestas a exhortar, corregir y restaurar con amor y verdad; pero existe una gran diferencia entre corregir con humildad y criticar con arrogancia. El propósito de la corrección bíblica es ayudar a nuestro hermano a mejorar. El propósito de la crítica destructiva es hacerlo quedar mal.

Antes de terminar este punto, quiero que recordemos algo: todos tenemos una viga que debemos examinar antes de señalar la paja de nuestros hermanos. No importa cuántos años tengamos en el ministerio. No importa cuánto conocimiento bíblico hayamos adquirido. No importa cuántas personas nos escuchen.

Todos necesitamos examinar nuestra propia vida delante de Dios. Es muy fácil convertirnos en expertos en los errores ajenos mientras permanecemos ignorantes de los nuestros. Que Dios nos ayude a tener la humildad de reconocer nuestras propias faltas antes de dedicarnos a señalar las de los demás.

6. NO TODO LO QUE SE DICE ES VERDAD, Y AUN CUANDO LO SEA, NO SIEMPRE HONRAMOS A DIOS AL DIVULGAR LOS ERRORES DE OTROS

“Al que responde palabra antes de oír, Le es fatuidad y oprobio.” Proverbios 18:13

Hay muchas características que los escarnecedores tienen en común. Una de ellas es su facilidad para criticar por criticar, muchas veces sin conocer todos los hechos. Esto es algo que he observado en las publicaciones del escarnecedor que recientemente ha dedicado parte de su tiempo a criticarme personalmente.

Una de las maneras en que acostumbra divulgar acusaciones es mediante preguntas. Por lo que he observado, recibe información que otras personas le envían desde diferentes lugares y posteriormente la convierte en publicaciones. En muchos de esos casos, no se trata de situaciones que él haya presenciado personalmente ni de hechos que necesariamente le consten de primera mano. Sin embargo, parece dar por hecho que quienes le proporcionan esa información le están contando toda la verdad. Aquí es donde encuentro un problema muy serio.

Una persona puede formular una pregunta que, aunque técnicamente no sea una afirmación directa, esté diseñada para provocar sospechas acerca de alguien. He visto algunas de las preguntas que este escarnecedor publica, y muchas veces me parece evidente que no están formuladas con el propósito sincero de encontrar una respuesta. Más bien, considero que buscan sembrar dudas, desacreditar a una persona y provocar que otros piensen mal de ella. Hoy puede ser un pastor. Mañana, la esposa de un pastor. Después, un joven de alguna iglesia. Y así, cualquier persona puede convertirse en el tema de una nueva publicación.

Una persona puede formular una pregunta que, aunque técnicamente no sea una afirmación directa, esté diseñada para provocar sospechas acerca de alguien.

Me pregunto si algunas de esas publicaciones no estarán satisfaciendo una necesidad personal de sentirse importante o superior a los demás. No puedo conocer completamente sus motivaciones, pero sí puedo observar el efecto que producen sus palabras.

Una pregunta también puede convertirse en una forma de difundir una acusación sin asumir abiertamente la responsabilidad de demostrarla. La Biblia claramente nos advierte acerca del peligro de responder a un asunto sin haber escuchado primero los hechos. Proverbios 18:13 dice que hacerlo es “fatuidad y oprobio”.

Vivimos en una época en la que las noticias, los rumores y las acusaciones pueden difundirse rápidamente. Basta con que alguien diga algo negativo acerca de otra persona para que muchos lo crean y comiencen a repetirlo sin siquiera comprobar si es verdad. Lamentablemente, esta actitud también puede encontrarse entre los cristianos.

Hay personas que escuchan una acusación y, sin conocer todos los hechos, inmediatamente comienzan a divulgarla. No preguntan si es verdad, no escuchan a la otra parte y tampoco consideran el daño que pueden causar. Quiero compartir un ejemplo personal que ilustra perfectamente este problema.

UNA ACUSACIÓN SOBRE MI VIAJE A DISNEYLANDIA

En una ocasión, este mismo escarnecedor me criticó públicamente por haber llevado a mi familia a Disneylandia. No solamente cuestionó que hubiera realizado ese viaje, también insinuó que había utilizado los diezmos y el dinero de los hermanos de nuestra iglesia para pagarlo. Me parece verdaderamente sorprendente la facilidad con la que alguien puede llegar a semejante conclusión sin conocer las finanzas personales de otra persona.

¿Acaso un pastor no puede ahorrar dinero de sus propios ingresos para llevar a su familia de vacaciones? ¿Acaso el hecho de que un pastor visite Disneylandia significa automáticamente que está utilizando incorrectamente el dinero de su iglesia? ¿Desde cuándo una fotografía de unas vacaciones constituye evidencia de un mal manejo de las finanzas de una congregación?

En mi caso, rechazo esa insinuación. Una persona puede trabajar, administrar sus recursos y ahorrar para disfrutar de unas vacaciones familiares sin necesidad de utilizar indebidamente las ofrendas de una iglesia. Aquí vuelve a mi mente el principio del lente que mencioné anteriormente. Cuando observo la facilidad con la que este escarnecedor sospecha que otros pastores están utilizando incorrectamente los recursos de sus iglesias, me pregunto por qué llega tan rápidamente a esa conclusión.

¿Será que está interpretando las decisiones de otros a través de su propia experiencia? ¿Será que está suponiendo que otros actúan como él pudo haber actuado cuando estaba en el ministerio?

No lo sé, y no tengo pruebas para afirmar que él haya manejado indebidamente los recursos de su iglesia, pero sí considero que sus insinuaciones acerca de mis finanzas carecen de fundamento, y me parece lamentable que presente sospechas como si fueran evidencias. Sin embargo, lo más interesante de esta historia no es solamente la acusación acerca del dinero, sino lo que sucedió con las fotografías que utilizó para criticarme.

Después de publicar acerca de mi viaje, este escarnecedor compartió una fotografía de algunos jóvenes de nuestra iglesia que estaban trabajando en una actividad de servicio. Su publicación daba a entender que, mientras yo me encontraba disfrutando de unas vacaciones en Disneylandia, los jóvenes de nuestra iglesia estaban trabajando. Y aquí es donde la historia se vuelve verdaderamente interesante.

¡En la fotografía de los jóvenes trabajando aparecía mi propio hijo! Mi hijo había participado en aquella jornada de trabajo. Estaba allí, junto con otros jóvenes, colaborando en la obra; pero el escarnecedor utilizó esa fotografía junto con la de nuestras vacaciones para presentar la idea de que ambas situaciones estaban sucediendo al mismo tiempo.

Yo me pregunto: ¿cómo podía estar mi hijo trabajando con los jóvenes de nuestra iglesia y, al mismo tiempo, encontrarse conmigo y con nuestra familia en Disneylandia? ¡A menos que mi hijo tenga el don de la omnipresencia! Por supuesto, sabemos que eso es imposible.

El problema es que las fotografías no demostraban lo que él pretendía insinuar. La presencia de mi hijo en ambas escenas dejaba al descubierto que la comparación presentada no correspondía a los hechos de la manera en que se estaba sugiriendo. Aquí está precisamente el peligro de publicar acusaciones sin investigar cuidadosamente. Una persona puede tomar dos fotografías verdaderas y, al presentarlas fuera de su contexto, producir una impresión completamente falsa.

Una persona puede tomar dos fotografías verdaderas y, al presentarlas fuera de su contexto, producir una impresión completamente falsa.

Las fotografías pueden ser auténticas y, aun así, la historia que se construye alrededor de ellas puede ser engañosa. Ahora bien, quiero detenerme para expresar algo que considero mucho más importante que la crítica de este hombre. ¡Gracias a Dios por los jóvenes de nuestra iglesia! Tenemos muchos jóvenes que aman al Señor y disfrutan servirle. Algunos de ellos trabajan silenciosamente, sin buscar reconocimiento, aplausos ni publicidad.

Las fotografías pueden ser auténticas y, aun así, la historia que se construye alrededor de ellas puede ser engañosa.

Para mí, muchos de esos jóvenes son verdaderos héroes. Son personas que dedican su tiempo y sus fuerzas a servir a Cristo porque lo aman. No necesitan que el pastor esté presente en cada actividad para continuar trabajando, y eso es algo que me produce mucha alegría. ¡Qué bendición es saber que la obra de Dios continúa avanzando aun cuando el pastor no está presente!

Puedo estar predicando en una conferencia, atendiendo alguna responsabilidad fuera de la ciudad o disfrutando de unas vacaciones con mi familia, y hay hermanos y jóvenes que continúan sirviendo fielmente al Señor. Eso no es motivo de vergüenza. ¡Es motivo de gratitud! Mi deseo como pastor no es que todo dependa de mi presencia, sino que nuestra iglesia esté llena de creyentes que amen a Dios y sirvan por convicción propia.

Por eso me parece tan absurda aquella crítica. Lo que este escarnecedor pretendía presentar como algo negativo era, en realidad, una muestra de la disposición de nuestros jóvenes para servir a Dios; pero regreso al asunto principal. Si alguien fue capaz de presentar de manera tan equivocada algo tan sencillo como dos fotografías de mi familia y de los jóvenes de nuestra iglesia, ¿cuántas otras publicaciones podrían contener información incompleta, conclusiones apresuradas o insinuaciones que no corresponden a los hechos?

Esta experiencia personal me ha dado razones para desconfiar de la manera en que presenta ciertas acusaciones, y considero que quienes leen sus publicaciones deberían tener mucho cuidado antes de aceptar como verdad todo lo que allí aparece.

TEN CUIDADO CON CREER TODO LO QUE LEES O ESCUCHAS

“Justo parece el primero que aboga por su causa; Pero viene su adversario, y le descubre.” Proverbios 18:17

Este proverbio nos recuerda que una historia puede parecer convincente hasta que escuchamos la otra parte. Muchas veces las personas cuentan solamente aquello que favorece su posición. Pueden omitir información importante, exagerar ciertos detalles o presentar los acontecimientos de una manera que los haga parecer inocentes; por eso es peligroso formar una opinión definitiva acerca de alguien basándonos únicamente en lo que otra persona nos ha contado. El hecho de que alguien cuente una historia con mucha seguridad no significa que sea verdadera, y el hecho de que una publicación tenga muchos comentarios o haya sido compartida cientos de veces tampoco la convierte en verdad. Proverbios 14:15 nos advierte: “El simple todo lo cree; Mas el avisado mira bien sus pasos”.

Me preocupa no solamente la persona que publica acusaciones sin comprobarlas, sino también quienes las reciben, las creen y las comparten sin examinar cuidadosamente los hechos. No sé cuál de las dos conductas debería preocuparnos más: la de quien presenta información engañosa para desacreditar a otros o la de quienes se sientan a escucharla y contribuyen a su difusión. Porque el escarnecedor puede comenzar una conversación, pero necesita personas dispuestas a escucharla para que esa conversación continúe extendiéndose. Y aquí quiero hablar directamente a los cristianos que siguen este tipo de publicaciones.

Si verdaderamente deseas que tu vida glorifique a Dios, ¿por qué dedicarías tu tiempo a consumir constantemente acusaciones, burlas e insinuaciones acerca de otros creyentes? ¿Qué beneficio espiritual estás recibiendo? ¿Te está ayudando a amar más a Cristo? ¿Te está animando a servir más fielmente en tu iglesia? ¿Te está produciendo mayor amor por tus hermanos? ¿O simplemente te estás acostumbrando a encontrar entretenimiento en los problemas de otras personas? Yo personalmente reconsideraría seguir una cuenta que constantemente utiliza las desgracias ajenas como tema de conversación.

No digo que seguir una cuenta signifique necesariamente estar de acuerdo con todo lo que publica, pero sí debemos reconocer que nuestras decisiones acerca de lo que consumimos y compartimos pueden contribuir a que determinadas publicaciones alcancen a más personas. No te sientes en la silla de los escarnecedores. Sé diferente. Dedica tu vida a edificar. Tenemos muy poco tiempo en esta tierra para desperdiciarlo participando en conversaciones que no producen ningún beneficio espiritual.

AUN CUANDO ALGO SEA VERDAD, NO SIEMPRE DEBEMOS DIVULGARLO

Ahora quiero mencionar otro principio bíblico que considero igualmente importante. Supongamos que la información que alguien está compartiendo es verdadera. ¿Significa eso que automáticamente tiene el derecho o la responsabilidad de divulgarla públicamente? Por supuesto que no. La Biblia dice

“El que anda en chismes descubre el secreto; Mas el de espíritu fiel lo guarda todo.” Proverbios 11:13

Una de las señales de la madurez espiritual es saber manejar correctamente la información que llega a nuestras manos. Hay personas que justifican sus chismes diciendo: “¡Pero es verdad lo que estoy contando!”. Sin embargo, debemos entender que la veracidad de una información no justifica automáticamente su divulgación. Podemos decir algo completamente verdadero y aun así pecar por la manera, la intención o las circunstancias en las que lo compartimos. No todos necesitan conocer los problemas matrimoniales de una familia. No todos necesitan enterarse de las faltas personales de un hermano. Y no todos necesitan conocer los detalles de una situación que está siendo tratada bíblicamente.

…debemos entender que la veracidad de una información no justifica automáticamente su divulgación.

El hecho de que tengas conocimiento de los errores de alguien no significa que tengas el derecho de divulgarlos. Por supuesto, existen situaciones en las que comunicar la verdad es una responsabilidad. Cuando hay víctimas de abuso, delitos, riesgos para otras personas o conductas que requieren intervención, debemos procurar que la información llegue a quienes pueden proteger, investigar y actuar. La discreción cristiana nunca debe convertirse en una excusa para encubrir el mal. Pero una cosa es comunicar responsablemente una situación para buscar justicia, protección o corrección, y otra muy distinta es utilizar información privada para ridiculizar públicamente a alguien.

Antes de divulgar una falta ajena, deberíamos preguntarnos: ¿es verdad lo que estoy contando? ¿Tengo todos los hechos? ¿Es necesario compartir esta información? ¿A quién estoy ayudando? ¿Estoy procurando resolver un problema o simplemente estoy alimentando una controversia? Porque no todo lo que es verdadero necesita ser divulgado, y no todo lo que se divulga es verdadero.

QUIERO TERMINAR MI CARRERA BIEN

Quiero terminar este punto expresando algo muy personal. Jamás en mi vida quisiera cambiar la vida que hoy disfruto por la vida de los Tobías y los Sanbalat que he encontrado en mi camino. No digo esto porque mi vida sea perfecta o porque no tenga dificultades. Las tengo, como cualquier otra persona, pero Dios me ha dado una familia que amo, una iglesia a la cual servir y una responsabilidad que deseo cumplir fielmente. No quiero desperdiciar esas bendiciones dedicando mi vida a responder a cada crítica o a participar en cada controversia.

Estoy dispuesto a esperar y dejar que Dios juzgue justamente lo que cada uno ha hecho. No necesito ganar todas las discusiones. No necesito responder a cada publicación. No necesito convencer a todas las personas de que tengo la razón. Quiero poner mis ojos en Cristo, continuar corriendo la carrera que Él ha puesto delante de mí y, cuando llegue al final, poder decir que terminé bien. Porque al final de nuestra vida, lo más importante no será cuántas discusiones ganamos ni cuántos errores descubrimos en los demás. Lo verdaderamente importante será si permanecimos fieles a Cristo y utilizamos nuestra vida para edificar en lugar de destruir.

7. ESTAMOS TODOS EN LA MISMA CARRERA, LUCHANDO CONTRA LA MISMA CARNE. ¡OREMOS UNOS POR OTROS!

Quisiera terminar este artículo animando a cada lector a tomar una decisión muy importante: en lugar de sentarnos en la silla de los escarnecedores, reconozcamos que todos estamos corriendo una carrera y que, mientras nuestra vida no haya terminado, debemos tener mucho cuidado de permanecer fieles al Señor. Ninguno de nosotros ha llegado todavía a la meta. Ninguno puede decir que ya ha vencido todas las tentaciones de la vida. Ninguno está tan firme que no necesite depender diariamente de la gracia de Dios. La Biblia nos advierte en 1 Corintios 10:12: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga”.

¡Qué importante es recordar estas palabras cuando escuchamos acerca de las caídas de otros creyentes! Es muy fácil observar los errores ajenos y pensar que nosotros jamás cometeríamos semejantes equivocaciones, pero debemos reconocer que todos tenemos una naturaleza pecaminosa y que todos necesitamos la ayuda de Dios para vivir correctamente. El apóstol Pablo escribió en Gálatas 5:17: “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis”.

Mientras estemos en esta tierra, tendremos que luchar contra nuestra carne, las tentaciones del mundo y las diferentes dificultades que enfrentamos en la vida cristiana. Por eso, cuando escuches que un hermano ha caído en pecado, no te apresures a criticarlo ni encuentres satisfacción en su desgracia.

Ora por él. Si necesita corrección, que la reciba bíblicamente. Si ha cometido un delito, que se haga justicia y se proteja a quienes hayan sido afectados. Pero no conviertas su caída en un motivo de entretenimiento. Muestra gracia a quien ha caído, porque quizás algún día tú también necesitarás que alguien te extienda esa misma gracia. Gálatas 6:1 nos enseña:

“Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”.

Me llama mucho la atención la última parte de este versículo: “considerándote a ti mismo”. ¡Qué diferente sería nuestra reacción ante los pecados de otros si siempre recordáramos estas palabras! Antes de señalar a alguien, deberíamos examinarnos a nosotros mismos. Antes de burlarnos de una caída, deberíamos reconocer nuestra propia debilidad. Y antes de alegrarnos por el fracaso de otra persona, deberíamos recordar que también nosotros necesitamos la misericordia de Dios. Cuando escuches que el hijo de algún pastor ha tomado malas decisiones, no te apresures a criticar a ese padre.

Ora por tus propios hijos, porque ellos también tendrán que tomar sus propias decisiones.

Ora por ese padre que quizás está pasando noches sin dormir, con el corazón quebrantado, preguntándose qué más pudo haber hecho para ayudar a su hijo o a su hija.

Ora por esa madre que tal vez está derramando lágrimas mientras le pide a Dios que su hijo regrese a los caminos del Señor.

No sabemos cuántas lágrimas se han derramado detrás de las puertas de un hogar. No sabemos cuántas conversaciones dolorosas ha tenido una familia ni cuántas veces unos padres han clamado a Dios por sus hijos. Y debemos recordar algo: quizás algún día nosotros también nos encontremos derramando esas mismas lágrimas. Cuando escuches que un matrimonio está atravesando dificultades, no conviertas sus problemas en un tema de conversación. Ora por ellos y procura fortalecer tu propio matrimonio.

Cuando escuches que un pastor está enfrentando una prueba, no te apresures a cuestionar todas sus decisiones. Ora por él y pide a Dios sabiduría para cumplir fielmente tus propias responsabilidades. Y cuando escuches que un hermano ha tenido que dejar el ministerio como consecuencia de sus errores, no lo trates como si ya no necesitara amistad, compasión o ayuda espiritual.

Tal vez ya no podrá ocupar nuevamente el pastorado, pero todavía necesita caminar con Dios. Todavía necesita buenos amigos. Todavía necesita que alguien lo anime a vivir correctamente. No todos los fracasos tienen las mismas consecuencias, pero todos necesitamos la gracia del Señor.

Santiago 4:6 dice: “Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes”. ¡Qué preciosa expresión: “Pero él da mayor gracia”! Necesitamos esa gracia para permanecer fieles. Necesitamos esa gracia cuando enfrentamos pruebas. La necesitamos para reconocer nuestros errores, arrepentirnos y corregir nuestro camino. Por eso, en lugar de alegrarnos cuando alguien atraviesa las consecuencias de sus malas decisiones, deberíamos pedir a Dios que nos ayude a permanecer humildes.

No te alegres de las caídas de otros cuando tú mismo todavía estás corriendo una carrera en la que también puedes tropezar. Quisiera que este artículo nos ayudara a examinar nuestra manera de pensar, nuestras conversaciones y especialmente nuestra participación en las redes sociales. Si te encuentras siendo criticado por algún escarnecedor, recuerda estos principios. No permitas que sus palabras te llenen de amargura ni te distraigan de las responsabilidades que Dios te ha dado. Hace tiempo escuché una expresión que, aunque un poco cómica, comunica una idea interesante: “Si alguien te da una patada por detrás, probablemente significa que vas adelante”.

No te alegres de las caídas de otros cuando tú mismo todavía estás corriendo una carrera en la que también puedes tropezar

NO TE SIENTES EN LA SILLA DE LOS ESCARNECEDORES, NI LES AYUDES A CONSEGUIR MÁS SILLAS.

Quisiera hacer una exhortación muy directa a quienes utilizan las redes sociales: deja de seguir a las personas que han convertido la crítica, la burla y las desgracias ajenas en su principal entretenimiento. No necesitas llenar tu mente con las publicaciones de quienes constantemente buscan desacreditar, ridiculizar y destruir la reputación de otros.

El Salmo 1:1 dice: “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado”.

Observa que el salmista no solamente nos advierte acerca de convertirnos en escarnecedores, sino también acerca de sentarnos en su compañía. En otras palabras, debemos tener cuidado no solamente con lo que decimos, sino también con las personas a quienes decidimos escuchar y con quienes escogemos identificarnos. Hoy, una de las maneras más fáciles de sentarse en la silla de los escarnecedores es convertirse en un seguidor habitual de quienes viven criticando a otros en las redes sociales.

Tal vez tú nunca hayas escrito una publicación burlándote de un pastor. Quizás nunca hayas grabado un video ridiculizando a una familia o difundido personalmente un rumor, pero ¿qué sucede cuando constantemente consumes ese contenido, lo compartes, lo celebras o participas en los comentarios de quienes encuentran satisfacción en las desgracias ajenas?

Debemos reconocer que no solamente podemos pecar haciendo lo malo, sino también participando voluntariamente en las malas obras de otros. Efesios 5:11 nos exhorta: “Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas”.

No estoy diciendo que seguir una cuenta automáticamente nos haga culpables de todo lo que su propietario publique. Tampoco estoy diciendo que debamos ignorar denuncias legítimas, encubrir pecados o dejar de escuchar a quienes han sido víctimas de injusticias. Existe una enorme diferencia entre denunciar responsablemente el pecado y convertir las desgracias de otros en un espectáculo para conseguir seguidores. Cuando una persona demuestra repetidamente que su propósito no es restaurar, corregir bíblicamente ni buscar justicia, sino burlarse, provocar contiendas y alimentar el desprecio hacia otros, ¿por qué seguir prestándole nuestra atención? Proverbios 22:10 dice: “Echa fuera al escarnecedor, y saldrá la contienda, Y cesará el pleito y la afrenta”.

Existe una enorme diferencia entre denunciar responsablemente el pecado y convertir las desgracias de otros en un espectáculo para conseguir seguidores.

Este principio también nos enseña la importancia de establecer límites con quienes continuamente promueven las contiendas. A veces, la decisión más sabia no es responderles, discutir con ellos ni tratar de convencerlos. A veces, lo más sabio es simplemente dejar de seguirlos. Deja de compartir sus publicaciones. Deja de alimentar sus discusiones. Deja de convertir sus videos en parte de tu entretenimiento diario. No permitas que la amargura de otra persona termine contaminando tu propio corazón. Recuerda que las redes sociales funcionan, en buena medida, gracias a la atención que reciben sus publicaciones. Cada vez que compartimos contenido de burla para entretener a otros, podemos contribuir a que ese mensaje llegue a más personas.

No te conviertas en parte del público que mantiene ocupado al escarnecedor. Antes de presionar el botón de compartir, pregúntate: ¿Esto edifica? ¿Esto honra a Dios? ¿Estoy ayudando a alguien o simplemente estoy contribuyendo a que más personas se enteren de una desgracia ajena?Primera a los Corintios 13:6 nos recuerda que el amor “no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad”. Si verdaderamente amamos la verdad, no deberíamos encontrar satisfacción en el fracaso de otros. Si verdaderamente deseamos honrar a Cristo, debemos aprender a apartarnos de las conversaciones que solamente producen desprecio, división y amargura.

No te conviertas en parte del público que mantiene ocupado al escarnecedor.

No basta con decir que nosotros no somos escarnecedores. También debemos decidir que no queremos sentarnos en su silla, participar de sus conversaciones ni contribuir a que sus burlas alcancen a más personas. Quizás una de las decisiones espirituales más saludables que puedas tomar hoy sea dejar de seguir algunas cuentas, apartarte de ciertas discusiones y comenzar a utilizar tus redes sociales para animar, edificar y compartir aquello que verdaderamente honra al Señor.

Por supuesto, no toda crítica significa que estamos haciendo lo correcto. A veces necesitamos escuchar una reprensión y corregir nuestros errores, pero también es cierto que hay personas que, en lugar de dedicar su vida a avanzar, parecen concentrar sus esfuerzos en estorbar a quienes están trabajando. No permitas que esas personas determinen la dirección de tu vida, y si alguien que anteriormente estuvo en el ministerio ahora dedica su tiempo a desacreditar a quienes continúan sirviendo a Dios, no permitas que su resentimiento se convierta también en el tuyo.

No necesitas responder a cada acusación. No necesitas participar en todas las discusiones. No necesitas dedicar tu vida a defenderte de cada persona que decide hablar mal de ti. Tenemos una carrera que correr y una obra que terminar. Hebreos 12:1–2 nos exhorta: “…despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe…”.

Me gusta mucho esta expresión: “puestos los ojos en Jesús”. No dice que debemos correr nuestra carrera con los ojos puestos en los errores de otros pastores. Tampoco nos manda dedicar nuestra vida a observar las caídas de nuestros hermanos. Nos manda poner los ojos en Jesús.

Personalmente, quiero continuar haciendo la obra que Dios me ha encomendado. Quiero amar a mi esposa, criar a mis hijos, servir a nuestra iglesia y procurar vivir una vida que honre al Señor. Sé que todavía tengo muchas áreas en las que necesito crecer. Sé que no soy perfecto y que necesito diariamente la gracia de Dios, pero también sé que no quiero desperdiciar los años que me quedan participando en contiendas innecesarias. Estoy dispuesto a esperar hasta el día en que el Señor Jesucristo ponga todas las cosas en orden. Él conoce la verdad de cada situación. Él conoce las motivaciones de nuestros corazones, y llegará el día en que cada uno de nosotros tendrá que rendir cuentas por la manera en que utilizó la vida que Dios le dio. Romanos 14:12 dice: “De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí”.

Ese día no tendremos que responder por lo que hicieron los demás, sino por nuestra propia fidelidad al Señor. Por eso, mi deseo no es terminar mi vida habiendo ganado todas las discusiones, sino habiendo terminado fielmente mi carrera. Quiero llegar al final y poder expresar las palabras del apóstol Pablo:

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”. 2 Timoteo 4:7

Quisiera dejarte con una última reflexión. Es muy fácil sentarse en la silla de los escarnecedores y observar los errores de quienes están corriendo. Lo difícil es levantarse, entrar en la carrera y permanecer fiel hasta el final. No desperdicies tu vida criticando a quienes todavía están luchando. Ora por ellos. Ayúdalos cuando puedas. Aprende de sus errores.

Examínate a ti mismo. Y continúa corriendo la carrera que Dios ha puesto delante de ti, porque cuando nuestra vida termine, lo importante no será cuántas desgracias ajenas conocimos ni cuántas faltas de otros logramos señalar. Lo importante será si permanecimos fieles a Cristo y terminamos bien nuestra propia carrera.

Que Dios nos ayude a no sentarnos jamás en la silla de los escarnecedores, sino a vivir humildemente, caminar en amor y permanecer fieles al Señor hasta el último día de nuestra vida.

Puedes bajar este articulo en formato de librito haciendo click abajo, si cree que esto sea de bendición aquellos que han tropezado por escarnecedores pásenselos.

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